Panorama Cultura. En la madrugada del 14 de julio de 2002, a la edad de 95 años, falleció el expresidente Joaquín Antonio Balaguer Ricardo a causa de un paro cardíaco.
Con su partida en la clínica Abreu de la capital, la República Dominicana cerró uno de los capítulos más complejos, prolongados y apasionantes de su historia republicana.
El Poder Ejecutivo declaró tres días de duelo nacional para despedir al hombre que gobernó el país durante 22 años divididos en tres épocas distintas.

Nació en el Municipio de Navarrete, hoy Villa Bisonó, el 1ero. de septiembre de 1906. Desde muy temprana edad se advierte en el joven Balaguer su inclinación al estudio y su vocación por la literatura. A los 15 años de edad publicó Salmos Paganos, su primer libro de poesías. En 1922 entrega Claros de Luna y en 1923 publica Tebaida Lírica. Ese mismo año, con apenas 17 años de edad, entra a laborar como redactor literario en el periódico La Información.
En 1924 se gradúa de Bachiller, y obtiene el primer premio de los Juegos Florales de La Vega por su estudio acerca de la personalidad literaria de Federico García Godoy. Ese mismo año ingresa a la Universidad de Santo Domingo, en la carrera de Derecho, como estudiante libre, mientras continuaba su trabajo como redactor en la Información, medio en el que tiempo después fue promovido a redactor general y a editorialista. El 8 de junio de 1929 obtiene el título de Licenciado en Derecho y hace su pasantía como abogado en el bufete de Jaffet D. Hernández.
La figura de Balaguer no puede ser descrita bajo una sola etiqueta. Su vida transitó de forma indisoluble entre cuatro grandes pasiones y facetas:
El estadista y constructor
Para sus seguidores, fue el «padre de la democracia moderna» y el constructor del Estado desarrollista; para sus detractores, un pragmático heredero del trujillato que gobernó con mano de hierro durante los turbulentos «Doce Años» (1966-1978).
Balaguer transformó la fisonomía urbana del país a golpe de hormigón y varilla: grandes avenidas, presas, proyectos de vivienda social y el monumental Faro a Colón. Manejó el erario con una mística de austeridad franciscana en lo personal, pero con un control centralizado y clientelar del presupuesto nacional.

Antes de ser el caudillo reformista, Balaguer fue un hombre de letras. Su vasta producción bibliográfica abarca la poesía (como su célebre Huerto sellado), el ensayo histórico y la crítica literaria, un relicario de amor.
Obras como El Cristo de la Libertad (sobre Juan Pablo Duarte) o la controvertida pieza La isla al revés revelan un profundo —y a menudo debatido— entendimiento de la identidad, la geopolítica y las flaquezas de la sociedad hispaniola.
Su oratoria no era la de los gritos enérgicos, sino la de la cadencia clásica, la pausa dramática y el uso magistral del lenguaje. Con una voz pausada pero firme, Balaguer lograba hipnotizar a grandes masas campesinas y urbanas.
Podía citar de memoria a los clásicos latinos en medio de un mitin político bajo el sol del Caribe. Sin embargo, su mayor arma de oratoria fue, paradójicamente, el silencio. El Dr. Balaguer dominaba el arte de no decir, de sugerir y de dejar que sus rivales se desgastaran interpretando sus silencios sepulcrales.
Analizar la República Dominicana contemporánea sin Balaguer es una tarea imposible. Su herencia sigue viva en tres ejes fundamentales:
La cultura política del «presidencialismo fuerte»: el estilo centralizado de tomar decisiones y la figura del presidente como el gran benefactor nacional siguen muy arraigados en el ADN del sistema partidario dominicano.

La infraestructura como política de Estado: la máxima balaguerista de que «el progreso se mide en obras» continúa gobernando la agenda pública de los sucesivos gobiernos.
La transición democrática: a pesar de las sombras de fraude en diversos procesos electorales, Balaguer fue el gran árbitro y puente de la transición hacia el sistema democrático de finales de los noventa, pactando y cediendo el poder cuando la presión histórica lo hizo inevitable.
Joaquín Balaguer inmortalizó frases que hoy forman parte de la cultura popular y del argot político dominicano. Sus sentencias mezclaban el pragmatismo político, la ironía y el desapego por el poder formal, adaptaciones de grandes pensadores y personajes mundiales:
“La Constitución es un pedazo de papel”.
(Quizás su frase más polémica, pronunciada para justificar decisiones ejecutivas pragmáticas por encima de la rigidez de la Carta Magna).
“El poder no se comparte con nadie”.
(Un reflejo de su concepción vertical y personalista del mando político).
“El camino es largo y escabroso…”.

(Fórmula lírica y casi mística que utilizaba frecuentemente en sus discursos de campaña para templar las expectativas de las masas).
“La corrupción se detiene en la puerta de mi despacho”.
(Su famosa defensa personal ante las constantes denuncias de dolo y desvío de fondos públicos que empañaron a sus colaboradores de gobierno).
El deceso del Dr. Joaquín Balaguer no solo marcó el fin de su existencia física; también el ocaso de la era de los caudillos tradicionales en el Caribe, dejando un país moderno que todavía camina bajo la larga sombra de su herencia.
A Joaquín Balaguer se le conoció popularmente bajo varios motes y apodos políticos que reflejaban su estilo de gobernar, su astucia y su longevidad en el poder. Los más célebres son:

«El Doctor»: Era la forma más común y respetuosa en la que se le llamaba, tanto por sus seguidores como por la prensa. Hacía referencia a su título de Doctor en Derecho y a su aura de intelectual impecable.
«El Caudillo»: Debido a su liderazgo indiscutible, absoluto y vertical dentro del Partido Reformista y el Estado dominicano.
«El Zorro»: Un apodo utilizado para describir su legendaria astucia política. Balaguer era un maestro de la estrategia, del silencio oportuno y de anticiparse a los movimientos de sus adversarios.
«El Líder»: Usado de forma reverente por la militancia de su partido (el PRSC) para identificarlo como el guía espiritual y político de la organización.
En el lenguaje popular y de la oposición, también se usaba la frase «El Viejo» en sus últimos años de vida, debido a que continuaba siendo el gran árbitro de la política dominicana a pesar de su avanzada edad y su ceguera.