Panorama Opinión. Anoche, un amigo invitó a varios de nosotros al Country Club. Nos montamos en su vehículo y, durante el trayecto, hizo sonar una canción interpretada por una voz femenina extraordinaria: potente, sensual y con una cubanía tan auténtica que parecía salir de las entrañas mismas de La Habana.
Le pregunté quién cantaba eso.
Mi amigo sonrió y me respondió que había sido creado con inteligencia artificial.
Confieso que sentí un escalofrío.
No podía creer que aquella voz, aquel ritmo y aquella interpretación no provinieran de una mujer de carne y hueso.
Si alguien cree que exagero, busque “Candela en la piel”, de Elvira López. Escúchela con atención y luego saque sus propias conclusiones.
Durante años escuché hablar sobre la inteligencia artificial. Pero una cosa es oír hablar de ella y otra muy distinta es escucharla cantar y convencerte de que detrás del micrófono existe un ser humano.
En ese instante pensé: se jodió la creatividad. Se jodió la inspiración. Se jodió la composición. Se jodió la imaginación. Se jodió hasta la poesía. Lo barrió todo.
Entonces recordé al filósofo y semiólogo francés Roland Barthes y su ensayo La muerte del autor. Nunca imaginé que, décadas después, la inteligencia artificial me llevaría a preguntarme: ¿se murieron los autores?
También recordé una entrevista al maestro Ramón Orlando. Contó que fue a Rusia a ofrecer un concierto y que allí le hicieron escuchar un merengue. Sorprendido, preguntó dónde estaban los músicos. Le respondieron que aquella pieza había sido creada con inteligencia artificial. Si un maestro de su trayectoria quedó impactado, imaginemos lo que apenas estamos comenzando a vivir.
Pero esto no ocurre solo en la música.
Antes se necesitaban decenas de personas para producir una cosecha; hoy una máquina hace gran parte del trabajo. Antes muchos obreros ensamblaban un vehículo; hoy lo hacen brazos robóticos. En la seguridad, donde antes se requerían numerosos vigilantes de seguridad, ahora cámaras inteligentes y sistemas automatizados supervisan grandes áreas.
Todo eso puede llamarse progreso. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué pasará con las personas que están siendo desplazadas?
¿Qué hará el agricultor, el obrero, el vigilante de seguridad, el músico, el escritor o el compositor cuando una máquina pueda realizar su trabajo en segundos y por una fracción del costo?
Ese, para mí, es el verdadero debate.
No niego los beneficios de la inteligencia artificial. Puede revolucionar la medicina, la educación y la investigación. Lo que me preocupa es que la tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad para adaptarnos a sus consecuencias.
Cuando escuché aquella voz que nunca respiró, nunca sufrió y nunca amó, pero que fue capaz de transmitir emociones como si tuviera alma, comprendí que estamos entrando en una nueva era para la que, quizás, la humanidad todavía no está preparada.
Y si no reaccionamos a tiempo, quizá no solo se jodió la música.
Quizá también se jodió la humanidad.