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Dios, perdona mi duda

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Panorama Opinión. Hay tragedias que no solo rompen el corazón; también estremecen la fe.

La muerte de la esposa y los hijos del futbolista argentino Lucas Trejo, tras el terremoto que sacudió a Venezuela, es una de esas noticias que dejan al ser humano sin palabras. Una familia sepultada, una búsqueda desesperada durante horas y una esperanza que poco a poco se fue apagando, hasta terminar en el silencio más cruel.

Pero lo que más golpea no es solo la tragedia. Es el contraste.

Tiempo antes, Lucas Trejo había publicado un mensaje desde La Guaira, con el Mar Caribe de fondo, hablando de Dios, de la belleza de Venezuela, del cariño de su pueblo y de un pasaje bíblico que marcó profundamente su vida: Éxodo 34:10. Hablaba de un pacto con Dios, de maravillas y de una obra extraordinaria que, según su fe, el Señor haría con él.

Y entonces uno se pregunta, con respeto, con dolor y hasta con vergüenza de dudar: ¿dónde está Dios cuando una esposa y unos niños mueren bajo los escombros? ¿Dónde está Dios cuando una familia completa no vuelve a casa? ¿Dónde está Dios cuando una guerra destruye hospitales, cuando un misil cae sobre inocentes o cuando niños que no conocen el odio terminan pagando la perversidad de los adultos?

Dios, perdona mi duda.

CMD Luis Núñez y el CP y artículos.

El escritor uruguayo Mario Benedetti expresó una reflexión que siempre me ha parecido profundamente humana: «Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda». Es una idea sobre la sinceridad y la búsqueda de sentido. Porque hay preguntas que no nacen de la soberbia ni de la incredulidad, sino del dolor. A veces, la duda no es el final de la fe; puede ser el comienzo de una búsqueda más profunda.

Pero si existe la fe verdadera, también debe existir el derecho humano a preguntar. Porque hasta los discípulos dudaron. Tomás, uno de los doce, no creyó hasta ver las heridas de Jesús. Y Jesús tuvo que aparecérsele para que dejara de dudar. Entonces, si uno de los suyos dudó estando tan cerca de Él, ¿cómo no va a dudar, en medio del dolor, un simple mortal que solo intenta entender lo incomprensible? Porque el dolor, cuando es demasiado grande, no siempre reza; a veces grita. A veces mira al cielo y pregunta por qué.

José Luis Perales convirtió en canción algunas de las preguntas más profundas que el ser humano se ha hecho a lo largo de la historia: ¿por qué existe tanto dolor?, ¿por qué las guerras?, ¿por qué los niños sufren?, ¿dónde se encuentra la verdad? Hoy, al contemplar la tragedia de Lucas Trejo y de tantas familias que han perdido a sus seres queridos en terremotos, guerras y desastres, esas preguntas cobran una fuerza aún mayor. Son interrogantes que nacen de la impotencia, del sufrimiento y de esa necesidad profundamente humana de encontrar sentido cuando la vida parece romperse para siempre.

Lucas Trejo no es solo un futbolista golpeado por el destino. Es el rostro visible de miles de familias anónimas destruidas por la tragedia. Personas con sueños, con trabajo, con proyectos, con abrazos pendientes y promesas por cumplir. Gente que salió de su casa pensando volver. Gente que tenía una mesa esperándola, hijos esperándola y padres esperándola. Y, de pronto, nada.

La historia de la humanidad parece repetirse una y otra vez. Desde las guerras de la antigüedad hasta los conflictos modernos, desde los terremotos hasta las epidemias, desde la crueldad del hombre hasta la fuerza implacable de la naturaleza, siempre encontramos el mismo denominador común: el sufrimiento de los inocentes.

Entonces la pregunta deja de ser individual y se convierte en universal.

¿Qué somos realmente? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué el mal parece avanzar con tanta facilidad? ¿Por qué la humanidad, con todo su progreso científico y tecnológico, sigue siendo incapaz de convivir en paz y de proteger lo más sagrado: la vida?

Quizá nunca encontremos todas las respuestas. Quizá la fe no consista en comprenderlo todo, sino en seguir caminando aun cuando el camino parezca oscurecerse. Pero también creo que no existe una fe madura sin preguntas profundas. Dudar no siempre significa negar a Dios; muchas veces significa buscarlo con más desesperación.

Hoy, frente a la tragedia de Lucas Trejo y de tantas familias que cada día pierden a sus seres queridos en guerras, terremotos, inundaciones, enfermedades y desastres, no hay discurso suficiente. Solo queda el silencio, la solidaridad y una reflexión que debería acompañarnos siempre: la vida es demasiado frágil.

En un segundo se pierde lo que tomó años construir. En un instante desaparecen hogares, familias e historias enteras. Hay hijos que quedan huérfanos, padres que jamás volverán a abrazar a sus hijos, esposos que nunca más escucharán la voz de quien amaban. Personas con sueños, con planes para el día siguiente, con ilusiones sencillas, que jamás regresarán a casa.

Por eso hay que amar más, perdonar más, abrazar más y odiar menos. Porque nadie sabe cuándo será la última llamada, la última fotografía, el último mensaje, el último beso o el último “nos vemos mañana”.

Porque mientras sigan muriendo inocentes, mientras continúen las guerras, mientras el odio siga imponiéndose sobre la compasión y el sufrimiento de tantos permanezca sin respuesta, la misma pregunta seguirá recorriendo el corazón del ser humano:

¿Dios, perdóname también por mi duda, pero yo también quiero saber dónde se encuentra, al final, toda la verdad?

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