Panorama Opinión. Emilio Prud’Homme plasmó estas palabras proféticas hace ya 144 años, describiendo a Quisqueya como indómita, con la frente en alto, capaz de liberarse mil veces de cualquier yugo si fuere necesario. Al parecer la clase gobernante actual no ha reparado en nuestro Himno Nacional con la debida atención. Los acontecimientos de la semana recién transcurrida lo confirman: el pueblo dominicano, que tan alto precio ha pagado por su libertad de expresión, no permitirá que se le amordace, especialmente por aquellos que llegaron al poder usando y abusando de esas mismas libertades.
La colectividad ha decidido expresar su descontento e indignación frente a una gestión que en pocos días cumple su sexto año en el poder. Los «cacerolacitos», como los definió el presidente de la Cámara de Diputados, honorable Alfredo Pacheco, en realidad no le quitan el sueño al PRM. Pero deberían. Ante la inminente entrada en vigor del nuevo Código Penal y sus polémicos artículos que cercenan la libertad de expresión, la orquesta sinfónica popular del pueblo dominicano ha vuelto a entonar una maravillosa sinfonía, recurriendo a calderos, sartenes y cacerolas. Esta vez hasta en el Club Naco y en los sectores más privilegiados del Distrito Nacional. El hartazgo popular es palpable y amenaza con desahuciar —por primera vez en la historia— a un inquilino que firmó por cuatro años más de alquiler.
La memoria selectiva del inquilino
En 2020, siendo candidato opositor, el propio Luis Abinader celebró en redes ese mismo repique de ollas y calderos como el más bello concierto de la orquesta sinfónica popular en defensa de la democracia. Seis años después, con la calle sonando otra vez —esta vez contra su propio gobierno—, el Palacio ha optado por el silencio oficial durante los primeros días de protesta, mientras voceros aliados salían a calificar de «política» la indignación de la clase media. La música, resulta, solo suena bonita cuando toca contra el vecino.
Faride desaparecida, el país sangrando
La muerte de Darlin Mercado Reyes, de apenas diecinueve años, a manos de un cabo policial en la cañada de Guajimía, encendió la mecha que la ley mordaza y la reforma fiscal ya tenían preparada. La otrora combativa Faride Raful, ministra de Interior y Policía, respondió con un mensaje en redes y luego se ausentó de su propia rueda de prensa semanal, delegando la vocería mientras crecen las voces —incluso dentro del propio Congreso— que piden su destitución.
El silencio ensordecedor de los emblemáticos
Y mientras la ley amenaza el derecho de cualquier ciudadano a fiscalizar al poder, sorprende el mutismo de tantas voces con enorme exposición mediática: Felipe Polanco (Boruga), Juan Luis Guerra, Bartolomé Pujols, Huchi Lora, Altagracia Salazar, Edith Febles, Milagros Germán, Mariasela Álvarez, Claudio Caamaño, Milagros Ortiz Bosch, Juan Bolívar Díaz, Alfonso Rodríguez, Andrés L. Mateo, y un largo etcétera de figuras que hoy callan lo que mañana podría costarles la libertad de opinar.
Dieciséis años de oposición experta, seis de gobierno decepcionante
A la crisis de institucionalidad se suma la presión fiscal creciente, la corrupción, la impunidad y la sensación generalizada de que, tras seis años en el poder, este gobierno domina el arte de oponerse, pero no el de gobernar.
Cuando el ojo debe arrancarse
Dice el Evangelio (Mateo 18:9) que si tu ojo te es ocasión de caer, más te vale arrancarlo. Para la salud de la democracia dominicana y la confianza de la inversión extranjera, lo ideal sería pacificar el país sin sobresaltos. Pero cuando se prolonga la agonía de un gobierno sin soluciones, el remedio drástico —que el presidente ceda el paso hasta llegar al 2028— no es herejía: en Islandia, en 2016, el primer ministro Sigmundur Gunnlaugsson renunció ante decenas de miles de manifestantes tras los Panama Papers (sí, esos mismos); en Brasil, en 1992, Fernando Collor de Mello cayó bajo la presión de los «caras pintadas» en las calles. No sería la primera vez que un pueblo decide que ya fue suficiente.
El protagonista negativo
Y en medio de todo esto, Alfredo Pacheco se consolidó como el villano de la semana: quien llamó «cacerolacitos» a la indignación de un país es el mismo que hace apenas días se ofendió de que lo llamaran tíguere —él, que asumió por primera vez la presidencia de la Cámara en 2003 en medio de un tiroteo legislativo, y cuyo nombre rozó el expediente Odebrecht antes de ser excluido por falta de pruebas.
Una pequeña chispa puede encender el barril de pólvora, y este país está arropado por mil pólvoras: la pérdida de soberanía ante la suplantación étnica haitiana, el costo de la vida, el caos del tránsito, los apagones, la desesperanza. ¿Cuánto más cree este gobierno que puede seguir tocando su propia melodía, mientras el pueblo, cacerola en mano, ensaya la suya?