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Entre la poligamia y la infidelidad: el poder de las palabras

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Por: Rosa María Checo Germán

Panorama Nacional.   La serie sudafricana The Polygamist, disponible en Netflix desde junio de 2026, ha generado conversación por su trama melodramática y, sobre todo, por la palabra que la presenta ante el público. Netflix Tudum la describe como una producción basada en la novela homónima de Sue Nyathi, adaptada por Akin Omotoso, y centrada en la caída de un hombre marcada por la codicia, la lujuria y el impacto emocional sobre su familia. La propia página oficial de Netflix resume la historia como una en la que las conquistas de un esposo infiel provocan un escándalo emocional.

El interés de la serie no reside únicamente en su argumento. También está en la pregunta que deja abierta: ¿estamos llamando poligamia a lo que, en realidad, opera como infidelidad, doble vida o ruptura de acuerdos?

La pregunta importa porque las palabras no son inocentes. Una palabra puede iluminar una realidad o cubrirla con una sombra más cómoda. Puede ordenar la conversación o desviarla. Puede ayudarnos a comprender lo ocurrido o trasladar la atención hacia un lugar menos incómodo.

Cuando se llama “poligamia” a cualquier vínculo paralelo, el centro del debate puede moverse del engaño hacia la cantidad de relaciones. Y ese desplazamiento no es menor. Ya no se discute la mentira, la manipulación o la asimetría de información, sino el número de personas involucradas. Allí donde debía examinarse una fractura de la confianza, aparece una categoría que puede sonar cultural, alternativa o incluso exótica.

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La palabra no sustituye al hecho

Desde una mirada antropológica, la poligamia no equivale automáticamente a infidelidad. Altman y Ginat (1996) la estudian como una estructura familiar y social organizada, con normas, jerarquías, roles y reconocimiento interno. Puede ser objeto de crítica desde perspectivas éticas, jurídicas, religiosas o de género; pero, en términos conceptuales, no se define por el ocultamiento.

La monogamia, por su parte, suele entenderse como un acuerdo de exclusividad afectiva y/o sexual entre dos personas. Sin embargo, Vasallo (2018) plantea que la monogamia también funciona como un modelo cultural que organiza ideas sobre amor, pertenencia, fidelidad, legitimidad y posesión afectiva. No se trata solamente de “estar con una sola persona”, sino de un marco simbólico que moldea expectativas sociales y formas de reconocimiento.

El poliamor y otras formas de no monogamia consensuada se ubican en otro registro. Easton y Hardy (2017), Sheff (2014), así como Barker y Langdridge (2010), coinciden en situar estas formas relacionales alrededor del consentimiento, la comunicación, la transparencia y los acuerdos explícitos. Su dimensión ética no descansa en la cantidad de personas, sino en la claridad con que las partes conocen, negocian y aceptan el tipo de relación que están construyendo.

La infidelidad pertenece a otra categoría. No se define únicamente por la aparición de una tercera persona, sino por la ruptura de un acuerdo relacional. Moller y Vossler (2015) advierten que la definición de infidelidad es relevante tanto para la investigación como para el acompañamiento terapéutico, precisamente porque no siempre se limita al contacto sexual. Involucra significados, expectativas y pactos, muchas veces implícitos, pero afectivamente decisivos.

Hay infidelidad cuando una persona promete una realidad afectiva y vive otra. Cuando oculta información relevante. Cuando impide que la otra parte decida libremente porque no conoce el escenario completo.

La confianza no se rompe solo por una tercera persona

El daño de una doble vida no suele residir únicamente en el acto sexual o romántico externo. Muchas veces el golpe más profundo ocurre cuando se fractura la confianza.

Quien descubre que vivía dentro de una narrativa incompleta no enfrenta solo una pérdida amorosa. También enfrenta una crisis de sentido: ¿qué era verdad?, ¿desde cuándo?, ¿qué decisiones tomé sobre una información que me fue negada?

Ahí la herida se vuelve más compleja. No se trata únicamente de celos, rivalidad o decepción. Se trata de haber construido proyectos, expectativas y decisiones personales sobre una versión parcial de la realidad.

Por eso, reducir la discusión a “hombres infieles” o “mujeres engañadas” empobrece el análisis. Las heridas relacionales no tienen un solo rostro ni una única dirección. Hay mujeres y hombres que han sido lastimados por promesas incumplidas, silencios prolongados o verdades administradas a medias. También hay mujeres y hombres que han causado daño desde la evasión, la inmadurez afectiva, el miedo a decidir o la necesidad de validación.

Esto atraviesa relaciones heterosexuales, homosexuales y diversas formas de vínculo. Allí donde existen acuerdos, confianza y expectativas compartidas, también puede haber responsabilidad, ruptura y posibilidad de reparación.

El derecho regula vínculos; la verdad sostiene relaciones

La dimensión jurídica ayuda a precisar el debate. En muchos sistemas legales, la poligamia no tiene reconocimiento como forma matrimonial e incluso puede estar prohibida. Pero no es lo mismo discutir la legalidad de múltiples matrimonios que analizar la ética de los acuerdos afectivos.

El derecho regula la validez de ciertos vínculos. La psicología y la educación emocional ayudan a comprender las consecuencias subjetivas de la mentira, la manipulación y el incumplimiento de pactos.

Esa diferencia es importante. Una relación puede no estar jurídicamente reconocida y, aun así, sostenerse sobre acuerdos claros. Del mismo modo, una relación formalmente legítima puede estar atravesada por ocultamientos que dañan la confianza y debilitan la libertad emocional de quienes la integran.

El problema, entonces, no se resuelve únicamente con categorías legales ni con etiquetas morales. Requiere una pregunta más fina: ¿las personas involucradas conocen la verdad suficiente para decidir?

Cuando el lenguaje suaviza el daño

La confusión conceptual no es inocente. Cuando una práctica de engaño se nombra con una categoría cultural o relacional más amplia, puede producirse una forma de suavización simbólica.

No es lo mismo decir “vive una relación polígama” que decir “sostuvo vínculos paralelos ocultos”. La primera expresión puede desplazar la mirada hacia la diversidad relacional. La segunda obliga a detenerse en el consentimiento informado.

La diferencia no es semántica. Es ética.

Tampoco se trata de imponer un único modelo de relación. Cada sociedad, cada cultura y cada persona construye sus formas de entender el amor, la pareja y la familia. Pero cualquier modelo relacional que aspire a ser ético necesita una base mínima: verdad, consentimiento, responsabilidad y coherencia entre lo que se promete y lo que se practica.

Comprender no significa justificar. Precisar no significa condenar. Pero llamar “poligamia” a lo que funciona como engaño puede invisibilizar el daño emocional de quienes fueron llevados a vivir dentro de una realidad incompleta.

Una conversación pendiente sobre alfabetización afectiva

Quizá el mayor aporte de una serie como The Polygamist no sea únicamente entretener, sino abrir una conversación necesaria sobre alfabetización afectiva.

Necesitamos aprender a distinguir entre deseo y compromiso, libertad y evasión, intimidad y manipulación, diversidad relacional y deslealtad. No para vigilar la vida privada de las personas, sino para comprender mejor las consecuencias de aquello que se promete, se oculta o se nombra de manera conveniente.

El problema no siempre es amar de una manera distinta. Muchas veces el verdadero daño aparece cuando alguien promete una relación, vive otra y permite que su pareja -o las personas involucradas- construyan decisiones, proyectos y expectativas sobre una verdad administrada a medias.

Nombrar con honestidad lo vivido puede ser una forma de cuidado. Para quien fue herido y necesita comprender lo ocurrido sin cargar culpas que no le corresponden. Para quien causó daño y necesita asumirlo sin disfraces. Y para quien todavía está a tiempo de revisar su historia, cambiar el rumbo y honrar con mayor verdad el camino que tiene por delante.

 

 

 

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