Panorama Opinión. La corrupción no se circunscribe solo a las ramificaciones gubernamentales; como pulpo, extiende sus tentáculos hacia los demás poderes del Estado, siendo la Justicia históricamente uno de sus principales nichos. Cuando el sistema judicial se percibe politizado o dividido, la figura del juez se debilita ante presiones externas.
Los conflictos internos en el Consejo del Poder Judicial no son simples rencillas administrativas, sino una fractura en el órgano constitucional llamado a garantizar la independencia y la disciplina de la judicatura. Inmerso en luchas de intereses, el mensaje proyectado es de fragilidad institucional.
Los expedientes de corrupción se dilatan por años, usando recursos legales como estrategias para ganar tiempo; lo que no solo genera impunidad, sino que desvirtúa la función esencial de los tribunales: dictar sentencias rápidas y justas.
Para avanzar, se hace urgente una reforma real en el sistema de justicia.
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