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Cacerolazos y Plaza de la Bandera, 6 años después

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Por: Sussy Aquino

Panorama opinión.  Todo en la vida es cíclico. Aún en los momentos más oscuros debemos mantener la calma porque al final, hasta lo que aparenta imposible, encuentra su tiempo para salir. Los cacerolazos y protestas no son la excepción.

Ahora veo estas manifestaciones y escucho estos golpes musicales desde la calma y no desde la incertidumbre. Ya puedo distanciarme de esos hechos y verlos en su justa dimensión. Debemos ser capaces de internalizar que las protestas no son personales, sino que representan el disgusto de los ciudadanos ante ciertas situaciones. No es una afrenta a alguien en particular sino a las carencias que vive el protestante. Los toques de cacerolas luego del cambio llegaron antes de lo previsto.

No es que los estábamos esperando, todo lo contrario. Personalmente hubiese preferido que no fuesen necesarios ni en el 2020 ni en este 2026 pero las circunstancias son las que mueven a la acción a las personas.

Hoy quienes reciben el sonido de las cucharas golpeando las ollas son quienes en su momento las tocaron. Y muchos que odiaban esa peculiar percusión ahora la aman, promueven y ejecutan. Pero también hay quienes las tocaron hace 6 años y las tocan ahora, que siempre se mantienen fieles a una causa. Esta fidelidad genera descontento y rabia en algunos dirigentes políticos que pensaban estas posiciones no como una rebelión ante lo que parecía incorrecto sino como una adhesión sin cuestionamientos a su propuesta electoral.

La ley debe proteger al pueblo, no oprimirlo

Hace 6 años hubo un momentum que fue aprovechado para lograr un cambio. Esto fue producto del hartazgo de un pueblo que sentía que el manejo del Estado estaba lejos de ser lo que esperaban. En la coyuntura actual hay una decepción propia del que entra en una relación amorosa con demasiadas expectativas.

Ya no se tolera en la misma medida y se está cosechando lo que se sembró en materia de empatía. Pero también se aprecia un egoísmo que es capaz de desconocer todo lo que aprendió y enarboló durante su paso por la administración pública con tal de pagar con la misma moneda a las autoridades actuales. Eso es una incoherencia.

Y lo es porque si corren con la suerte de que su trabajo rinda los frutos anhelados, les tocaría gobernar con una población saturada y desesperanzada. Gente que tendrá una animadversión acumulada producto no solo de sus reclamos de años sino también de quienes por intereses de turno le echan leña o agua al fuego según convenga.

Cuando pongamos en primer lugar el trabajo técnico, planes y legado que desde el Estado hemos construido podremos pensar y actuar con mayor neutralidad. Apostáremos al éxito, aunque no nos favorezca a nivel partidario. Las elecciones son un momento, no obstante, sus resultados marcan el ritmo que debemos bailar todos: gobernantes y gobernados.

Apostar a las estrategias a largo plazo es lo que demostrará el nivel de madurez de nuestra democracia y del sistema de partidos junto a sus miembros. Esto se traduciría en una administración pública que mantenga sus estándares, eficiencia y credibilidad.

 

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