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El verdadero “Rey del Pop”: Primera parte

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Panorama Opinión. Acabo de salir del cine de ver la película de Michael Jackson junto a Juliett, de 10 años. Y debo confesar algo: en varios momentos de la película, de la emoción, se me salieron las lágrimas.

Fue ella quien me habló de la película y quien me pidió que la llevara al cine a verla. Y vivir esa experiencia tuvo un significado todavía más especial. Yo siempre he sido seguidor de Michael Jackson, de la buena música, del arte verdadero y de esos artistas que no solamente cantan, sino que dejan una huella en la historia.

La película me llevó a mi juventud. Me llevó a recordar una época donde la música tenía alma, donde el artista tenía disciplina, donde el espectáculo no era improvisación, sino visión, trabajo, sacrificio y grandeza.

La interpretación de Jaafar Jackson merece una mención especial. Jaafar es sobrino directo de Michael Jackson, hijo de su hermano Jermaine Jackson, y en la película logra una actuación excelente, con un parecido físico, gestual y artístico verdaderamente impresionante.

Uno de los momentos que más me impactó fue ver cómo Michael convirtió la calle, el baile y la música en arte inmortal. Ahí aparece la esencia de “Beat It” y luego la grandeza de “Thriller”, junto al coreógrafo Michael Peters.

También me impactó la escena que recuerda la resistencia inicial de MTV a difundir “Billie Jean”, hasta que Walter Yetnikoff, presidente de CBS Records, presionó con firmeza para que el video fuera transmitido. Ahí Michael no solo abrió una puerta: ayudó a romper una barrera cultural.

Michael no veía simples pasos de baile. Veía historia. Veía impacto. Veía eternidad.

Por eso recomiendo esta película a los jóvenes, a las familias y a todos aquellos que hoy, por desconocimiento o ligereza, se atreven a comparar cualquier fenómeno musical de moda con Michael Jackson.

¿Cómo puede compararse a Michael Jackson con Bad Bunny? No se trata de gustos musicales, se trata de dimensión artística, trayectoria, disciplina, legado y grandeza histórica. Para mí, la simple comparación es una gran ignorancia y una ofensa al verdadero Rey del Pop.

Y por eso hago este escrito y digo en voz alta: No, señores. Eso no es así.

Michael Jackson no fue simplemente un cantante famoso. Fue una escuela completa. Cantaba, bailaba, interpretaba, dominó la cultura mundial, el cine, escribía, creaba, estudiaba, ensayaba y visualizaba cada detalle. Era disciplina, sacrificio, talento, dolor, sensibilidad y determinación.

Una cosa es pegar canciones. Otra cosa muy distinta es construir un legado.

La película muestra a un Michael niño, marcado por la presión, por la exigencia de su padre, por una infancia que muchas veces le fue arrebatada. Joe Jackson aparece como una figura dura, ambiciosa y muchas veces cruel. Eso no se puede justificar. Pero tampoco se puede negar que aquella disciplina, aunque dolorosa, formó parte del camino que empujó a Michael hacia la grandeza.

Esa parte de la película me hizo recordar también la historia de Luis Miguel con su padre, Luisito Rey. Dos historias distintas, pero con un punto común: padres severos, ambiciosos y dominantes, que dejaron heridas profundas, pero también empujaron, desde la presión y el conflicto, carreras extraordinarias. Luis Miguel también cargó frustraciones, dolores y ausencias, pero terminó convirtiéndose en uno de los grandes cantantes de habla hispana.

A veces el dolor destruye. Pero otras veces empuja.

Michael convirtió su vacío en música. Su soledad en baile. Su tristeza en arte. Y su niñez perdida en una búsqueda eterna de inocencia.

Por eso su amor por los animales, por la naturaleza y por los niños no puede verse de forma superficial. Quizás en ellos encontraba lo que el mundo adulto, la fama y la dureza de su infancia le quitaron demasiado temprano: paz, ternura, pureza y compañía sincera.

Los animales no juzgan. No traicionan. No exigen máscaras. Solo acompañan.

Y hubo otra escena más de la película que también me llamó profundamente la atención y me hizo de nuevo reflexionar, y es cuando Michael llega a su casa con una llama, mientras algunos vecinos lo observan sorprendidos y hasta se miran entre ellos como pensando que él estaba loco.

Pero tal vez el problema no era Michael.

Tal vez el problema era que muchos no podían comprender la dimensión emocional, artística y humana en la que él vivía. Porque los genios muchas veces son incomprendidos. No porque estén vacíos, sino porque van adelantados a su tiempo. Porque sienten distinto, piensan distinto y observan la vida desde un lugar que el común de las personas muchas veces no alcanza a entender.

Esa escena me hizo recordar también una frase célebre que leí en un libro, la cual años más tarde, en medio de una conversación, se la dije a Barbarita Bosch, hija del expresidente Juan Bosch, y al escucharla entró en pánico y me dijo: “¿Qué fue lo que tú dijiste?”. Hubo un silencio y de nuevo me dijo: “Por favor, Jeffrin, repite lo que tú dijiste de nuevo: ‘Solo los niños y los artistas ven la vida tal y como es’”.

Y es que Michael Jackson era un joven especial. Un artista fuera de lo común. Y quizás por eso hacía cosas que para algunos parecían extrañas, pero que en el fondo reflejaban sensibilidad, inocencia y una manera distinta de conectarse con el mundo.

¿Cómo puede alguien comprender plenamente aquello que está fuera del alcance de su propia dimensión emocional o artística?

Hoy el mundo entiende muchas cosas de Michael que antes criticaba o se burlaba. Y precisamente por eso su figura sigue viva décadas después. Porque si Michael hubiese sido un artista común, hoy no seguiríamos hablando de él como seguimos hablando.

Los artistas normales entretienen. Los extraordinarios trascienden.

Y tal vez por eso Michael se refugiaba en ellos. Porque mientras el mundo veía al ídolo, él seguía siendo un niño buscando comprensión.

Esta película también enseña lo que ocurre cuando una persona nace con talento, pero además desarrolla visión y determinación. Michael no caminaba detrás de la fama; caminaba detrás de una idea. Él quería hacer algo que nadie hubiera hecho antes.

Esa es la diferencia entre un artista común y un artista extraordinario.

El común quiere aplausos. El extraordinario quiere trascender.

Michael Jackson no fue grande porque lo llamaron Rey del Pop.

Lo llamaron Rey del Pop porque fue grande.

También está el episodio de Pepsi, aquella quemadura sufrida en 1984 durante la filmación de un comercial. De ese accidente salió una herida física, pero también una acción humana: Michael destinó dinero para ayudar a crear un centro de quemados.

Eso también habla de su sensibilidad. Porque un verdadero artista no solo entretiene. También conmueve, inspira y transforma su propio dolor en ayuda para otros.

Por eso esta película debe llegar a muchos jóvenes. Para que entiendan que el éxito verdadero no nace del relajo, del escándalo ni de la moda pasajera. Nace de la disciplina, del sacrificio, de la visión y de una determinación que no se compra ni se improvisa.

Hay artistas que pertenecen a una temporada. Michael pertenece a la historia.

Hay artistas que hacen ruido. Michael hizo escuela.

Hay artistas que llenan escenarios. Michael transformó el escenario.

Esta es apenas mi primera reflexión. La película también tendrá una segunda parte, y cuando llegue ese momento, habrá que analizar otras etapas de su vida, sus batallas, sus controversias, sus silencios y el peso inmenso de ser Michael Jackson.

Por ahora me quedo con esta conclusión:

Michael Jackson no fue uno más.

Fue talento, dolor, disciplina, visión y legado.

Fue un niño herido que convirtió su vida en arte.

Fue un hombre que bailó por encima de sus propias cicatrices.

Fue, es y seguirá siendo, el verdadero Rey del Pop.

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