Actualidad Opinión

El Caminante de Nazaret: cuando la fe se convierte en arte inmortal

COMPARTIR

Panorama_Opinión._ Volvimos, una vez más, a ocupar un asiento en primera fila para presenciar El Caminante de Nazaret, ópera prima del maestro Danilo Grullón. Y, como si fuera la primera vez, salimos con el alma removida. Ahora, 30 años después de su estreno, con la libertad interpretativa de sus cantores, la obra alcanzó una dimensión superior.

Una ópera es, en esencia, teatro cantado. Pero esta pieza va más allá de la definición académica. Según los registros disponibles, El Caminante de Nazaret es la primera ópera sacra de autor dominicano, fruto de 25 años —no continuos— de trabajo. El resultado: una obra excelsa, en constante evolución. Quien la ha visto una vez, inevitablemente regresa. Cada entrega supera la anterior, y la del domingo 29 de marzo, hasta ahora, parece insuperable.

Detrás de este logro artístico hay también una voluntad firme y sostenida de sus productores Moisés Almonte y David Berg. Ellos han demostrado un compromiso incansable por traer una y otra vez esta obra a escena, cuidando la visión original del autor. Este esfuerzo no es menor: es la columna silenciosa que permite que esta experiencia toque vidas.

Concebida en cuatro actos, la obra inicia con la Entrada Triunfal. Allí, la soprano Paola González, en el papel de María Magdalena, despliega las cualidades de una voz de primer nivel: potencia controlada, amplitud de registro, proyección limpia y una expresividad capaz de atravesar la escena y alojarse en el pecho del espectador.

Lavatorio de pies.

En el segundo acto, el tenor José Heredia interpreta “Amaos los unos a los otros” Heredia posee un timbre brillante, dominio del fraseo y una sensibilidad que equilibra técnica y emoción. Sin embargo, es el barítono Mario Martínez quien logra una de las conexiones más profundas con el público. Su interpretación de “aunque todos te negaren, yo no te negaré” queda grabada en la memoria colectiva. No es solo canto: es actuación pura. Su desgarrador “No lo conozco” desató lágrimas y aplausos en una misma respiración. A esto se suma la nota pícara de Judas, interpretado con acierto por José Medina.

El tercer acto es, sin reservas, el corazón emocional de la obra. Claudia Sierra, como María, madre de Jesús, logra lo que pocos artistas alcanzan: romper al público desde la verdad. Sus lágrimas no son interpretadas, son vividas. Y cuando aún no terminamos de recomponernos, las lágrimas de Jesús —nuevamente en la voz de Heredia— nos obliga a confrontarnos.

A este despliegue vocal se suma un reparto de alto nivel que enriquece cada cuadro escénico: Carlos Alfredo, Dorka Quezada, Verónica Rodríguez, Ruth Fermín, Modesto Acosta y Eddison Feliz, quienes aportan solidez, matices y una presencia escénica que sostiene la grandeza de la obra en cada intervención.

El respaldo coral de Arpa Evangélica, voces invitadas y miembros del Coro de la Catedral Primada de América— junto a una imponente orquesta sinfónica, magistralmente dirigida por el maestro Elioenai Medina, construyen un andamiaje sonoro de altísima factura. No es acompañamiento: es una experiencia envolvente donde cada instrumento y voz respiran al ritmo del drama.

En la crucifixión, la voz e interpretación de Paola González estremece: “Esa cruz no era para Él”. Y en ese instante, la obra trasciende el escenario. Nos interpela. Nos hace sentir que esa cruz era nuestra. Porque el sacrificio de Jesús no es un hecho distante: es la representación máxima del amor que se entrega por la humanidad, incluso cuando esta no lo comprende, incluso cuando responde con negación, duda o silencio.

El cuarto acto, nos conduce del duelo a la esperanza. La duda de Tomás, interpretado con solvencia por el tenor Emmanuel Vargas, aporta matices profundos, afinación precisa, proyección segura y una interpretación que oscila entre la incredulidad y la revelación. El epílogo —“El Señor resucitó”— cierra la obra con una fuerza espiritual trascendente a lo escénico.

El Caminante de Nazaret es, sin exagerar, una experiencia adictiva. Después de verla, no es posible olvidarla. Debería convertirse en tradición nacional previa a Semana Santa. El Ministerio de Cultura está llamado a respaldarla y proyectarla como patrimonio artístico dominicano. Acroarte tiene en esta obra un candidato indiscutible a Espectáculo del Año.

Porque lo vivido aquella tarde del 29 de marzo en el Teatro Nacional Eduardo Brito no fue solo una función. Fue un acontecimiento. Uno de esos momentos en los que el arte deja de ser entretenimiento y se convierte en memoria colectiva.

Y cuando eso ocurre, no hay aplauso suficiente… solo gratitud. Gracias Grullón, gracias Jesús.

© 2026 Panorama
To top