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El poder que se arrodilla: la lección del Jueves Santo sobre la verdadera autoridad

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Por: Pablo Ulloa, Defensor del Pueblo

Panorama Opinión. En el siglo I, el poder tenía una forma clara: quien mandaba, no servía. En el mundo romano, la autoridad se expresaba en jerarquía, distancia y control. El que tenía poder se elevaba; los demás obedecían. Ese era el orden. Y nadie lo cuestionaba.

Es en ese contexto donde ocurre uno de los gestos más desconcertantes de la historia: Jesús, reconocido como Maestro, se inclina y lava los pies de sus discípulos. “Si yo, el Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Evangelio de Juan 13:14). No es un gesto simbólico en sentido superficial. En la cultura de la época, lavar los pies era una tarea reservada a los siervos. Era el nivel más bajo del servicio. No era cortesía. Era humillación social. Y es precisamente ese gesto el que Jesús coloca en el centro de su enseñanza sobre la autoridad.

Aquí se produce una de las inversiones más radicales del pensamiento humano: el poder no se afirma elevándose, sino inclinándose. No se demuestra dominando, sino sirviendo.

El Jueves Santo no solo recuerda la institución de la Eucaristía. Recuerda algo más exigente: que la autoridad, si no se traduce en servicio concreto, pierde su sentido. Juan Pablo II lo expresó con claridad: la Iglesia vive de la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistia, 2003). Pero esa afirmación no puede separarse del gesto que la acompaña. Porque el mismo que se entrega es el que se inclina. No hay autoridad sin servicio. Y, sin embargo, esta lógica sigue siendo incómoda. Porque contradice una idea profundamente arraigada: que el poder es para imponerse, para decidir sin rendir cuentas, para mantener distancia. El servicio, en cambio, exige cercanía, escucha y responsabilidad.

En una comunidad alguien lo dijo con claridad: “no necesitamos que nos manden más… necesitamos que nos atiendan mejor”. No hablaba de teología. Hablaba de experiencia. Hoy, esa tensión sigue presente. Cuando el poder se ejerce sin vocación de servicio, se vuelve distante. Cuando las decisiones no se conectan con la vida de la gente, pierden legitimidad. Y cuando la autoridad se entiende como privilegio y no como responsabilidad, se vacía de contenido.

El gesto de Jesús no elimina la autoridad. La redefine. No niega el liderazgo. Lo orienta. Porque servir no es renunciar al poder; es darle sentido. Aquí hay una clave esencial para comprender la vida pública: el poder no se justifica por su capacidad de imponer, sino por su capacidad de responder. No se mide solo en decisiones, sino en impacto real. Porque, al final, la pregunta no es quién manda. La pregunta es quién sirve. Y la respuesta —ayer como ahora— no está en quien acumula autoridad, sino en quien la ejerce con verdad, reconoce la dignidad y actúa con vocación de bien común.

Por eso, más que concentrar poder, el desafío es ejercerlo con sentido de servicio. Porque un Estado que funcione para la gente no se construye desde la distancia, sino desde la capacidad de escuchar, responder y acompañar. Y donde el poder no se impone, sino que sirve, el bien común deja de ser una aspiración y se convierte en una práctica cotidiana.

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