Actualidad Opinión

Wander Franco: entre el castigo, la doble moral y el derecho a una segunda oportunidad

COMPARTIR

Panorama Opinión. El caso de Wander Franco nos obliga a una reflexión que va mucho más allá de un jugador de béisbol.

Antes de cualquier argumento, hay que dejar algo claro: nadie debe justificar una relación entre un adulto y una menor de edad. Es una conducta reprochable, que debe ser sancionada y que como sociedad tenemos la responsabilidad de combatir.

Como padre de dos niñas, jamás podría minimizar un hecho de esa naturaleza. La protección de nuestros niños y niñas debe estar por encima de cualquier nombre, fama o talento deportivo.

La tormenta perfecta

 

Pero una cosa es reconocer la gravedad de un error, aceptar las consecuencias y respetar la justicia; y otra muy distinta es pretender que una persona quede condenada de por vida, sin posibilidad de reconstruirse.

Y ahí comienza el verdadero debate.

Wander Franco no ha salido ileso de este proceso.

Un joven que con apenas 21 años estaba llamado a convertirse en una de las grandes figuras del béisbol mundial perdió un contrato de más de 200 millones de dólares, perdió su carrera en las Grandes Ligas, perdió un presente extraordinario y comprometió un futuro que parecía brillante.

Además, enfrentó la justicia dominicana, fue declarado culpable y recibió una condena moral enorme de una sociedad que, en muchos casos, decidió convertirlo en un ejemplo permanente de castigo.

Posteriormente, el tribunal valoró las circunstancias del caso y las atenuantes correspondientes dentro de su decisión.

Es decir, Wander Franco enfrentó consecuencias económicas, deportivas, legales y sociales.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿cuándo una persona ha pagado suficiente por sus errores? ¿Cuándo una sociedad debe dejar de castigar y permitir que alguien intente reconstruirse?

Porque hay una realidad que nadie puede negar: Wander Franco sabe hacer una sola cosa profesionalmente. Sabe jugar béisbol.

Ese es su talento, su oficio y la herramienta con la que puede ganarse la vida de manera digna.

¿Por qué cerrarle esa puerta?

¿Por qué impedirle volver al terreno de juego cuando precisamente el deporte puede ser el escenario donde demuestre disciplina, madurez, responsabilidad y un cambio de conducta?

Nadie está pidiendo borrar lo ocurrido. Nadie está diciendo que no hubo una falta grave. Lo que se plantea es si una persona que enfrentó la justicia, perdió prácticamente todo lo que había construido y asumió consecuencias enormes debe quedar excluida para siempre.

República Dominicana debe hacer una reflexión profunda sobre la manera en que históricamente hemos manejado estos temas.

Durante décadas existió una cultura donde relaciones entre hombres adultos y jovencitas menores de edad fueron normalizadas en distintos sectores sociales: campos, barrios y ciudades, sin importar clases económicas, educativas o sociales.

Esa práctica es reprochable y precisamente por eso como sociedad hemos hecho esfuerzos para dejarla atrás. Debemos seguir trabajando para proteger a nuestros menores y erradicar cualquier conducta que vulnere sus derechos.

Pero también debemos ser honestos: esa realidad existió durante años y muchas figuras de distintos sectores, políticos, empresarios, militares y personas con poder e influencia, han estado vinculadas a situaciones de esa naturaleza sin recibir siempre el mismo nivel de rechazo público ni las mismas consecuencias sociales.

Por eso surge una pregunta incómoda:

¿Por qué con Wander Franco la condena parece querer ser eterna?

¿Por qué a un joven pelotero se le pretende cerrar toda posibilidad de volver a trabajar, mientras otras personas que han protagonizado situaciones extremadamente graves han logrado, con el paso del tiempo, recuperar espacios de reconocimiento?

En República Dominicana hemos visto cómo figuras públicas vinculadas a hechos sumamente graves han logrado volver a ocupar posiciones de liderazgo, recibir reconocimientos y recuperar aceptación social.

Hemos visto personas relacionadas con episodios que dejaron profundas heridas en la sociedad que, años después, fueron nuevamente integradas a espacios de poder, dirigieron instituciones importantes, recibieron homenajes y hasta fueron beneficiadas con pensiones privilegiadas del Estado.

Incluso en el ámbito deportivo hemos visto cómo personas con pasados controversiales han presidido organismos, han recibido aplausos y reconocimientos, mientras hoy algunos pretenden que un joven pelotero quede condenado al aislamiento profesional y social.

La pregunta de fondo es:

¿Quién decide quién merece una segunda oportunidad?

¿Por qué algunos tienen derecho a reconstruir su imagen y otros deben quedar enterrados para siempre?

No se trata de comparar delitos ni de justificar conductas incorrectas. Cada caso tiene sus particularidades.

Se trata de exigir coherencia.

Una sociedad justa no puede aplicar una vara para unos y otra para otros dependiendo del poder, la influencia, la posición económica o la facilidad con la que una persona pueda ser convertida en símbolo de castigo.

El deporte siempre ha sido un espacio de segundas oportunidades.

Atletas alrededor del mundo han cometido errores, han enfrentado sanciones, han perdido contratos y han tenido que reconstruir sus carreras. Algunos han demostrado que una persona puede aprender, cambiar y volver a aportar.

¿Por qué negarle esa posibilidad a Wander Franco?

El deporte puede ser una herramienta de transformación. Puede ser el lugar donde una persona demuestre que es capaz de asumir responsabilidades y actuar de manera diferente.

Porque el objetivo de una sociedad no debería ser destruir personas, sino corregir conductas.

Castigar no puede significar eliminar para siempre cualquier posibilidad de reinserción.

La discusión tomó una nueva dimensión cuando la Federación Dominicana de Béisbol mostró interés en evaluar la posibilidad de que Wander Franco formara parte del equipo que representará al país en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026.

Según se ha conocido, se realizaron gestiones técnicas ante los organismos correspondientes para analizar esa posibilidad.

El director técnico de los Juegos, Tony Mesa, explicó públicamente que el caso pudo haber tenido una solución si se hubiese manejado oportunamente por la vía institucional y dentro de los plazos establecidos.

Mesa sostuvo que, por la condición de país sede, existían mecanismos que podían ser explorados en situaciones excepcionales.

La pregunta que queda abierta es: si existía un margen para analizar alternativas, ¿no era mejor que las instituciones agotaran todas las posibilidades antes de cerrar definitivamente esa puerta?

Según versiones conocidas sobre el proceso, hubo acercamientos para buscar una salida, pero esas gestiones no prosperaron y, una vez el caso llegó al debate público, el margen para encontrar una solución institucional se redujo considerablemente.

Lo lamentable es que el debate terminó alejándose de la posibilidad de una evaluación técnica y pasó a convertirse en una discusión pública donde las posiciones se hicieron más difíciles de conciliar.

Que las Grandes Ligas hayan tomado distancia de Wander Franco puede entenderse desde su perspectiva institucional.

Que él haya enfrentado consecuencias por sus decisiones también es parte de la realidad.

Pero duele pensar que la exclusión más fuerte pueda venir precisamente desde su propio país.

República Dominicana debe ser firme en la defensa de sus niños y niñas. Debe sancionar las conductas incorrectas. Debe educar para evitar que estos hechos vuelvan a ocurrir.

Pero también debe ser una sociedad capaz de creer en la transformación.

Wander Franco tendrá que vivir con las consecuencias de sus decisiones. Su nombre estará ligado para siempre a este episodio.

Pero la pregunta final no es si lo ocurrido estuvo mal. Eso está claro.

La pregunta es otra:

¿Queremos una sociedad que castiga para siempre o una sociedad que exige responsabilidad, pero permite que una persona pueda levantarse después de haber caído?

Porque una nación madura no se mide solamente por cómo sanciona a quien falla.

También se mide por su capacidad de permitir que quien ha enfrentado las consecuencias pueda demostrar que puede ser mejor.

© 2026 Panorama
To top