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Venezuela puede aprender de las transiciones democráticas dominicanas

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Panorama Opinión. Dos experiencias dominicanas, vividas entre 1961 y 1966, ofrecen enseñanzas valiosas para lo que hoy se debate en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos y el incierto rumbo político que enfrenta ese país sudamericano.

La primera transición dominicana ocurrió en diciembre de 1962. Tras el asesinato del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1961, la República Dominicana celebró elecciones libres organizadas por un gobierno de transición colegiado, conocido como el Consejo de Estado, presidido por Rafael F. Bonnelly y conformado por civiles y representantes militares con la misión expresa de restaurar la democracia. Ese proceso condujo a la elección del profesor Juan Bosch, símbolo de la esperanza democrática dominicana en ese momento.

Sin embargo, esa primera experiencia fue efímera, Bosch fue derrocado siete meses después por sectores conservadores y militares, reflejando la fragilidad institucional de una democracia aún por consolidar.

Una segunda ruta, otra transición, ocurrió en 1966. La caída del gobierno Bosch y la crisis política que siguió desembocaron en una Guerra Civil en 1965. Tras la intervención internacional, se estableció un gobierno provisional de reconstrucción nacional encabezado por Héctor García-Godoy, con el mandato de pacificar el país y organizar nuevas elecciones. Ese proceso culminó con la victoria de Joaquín Balaguer en 1966, marcando el fin de la secuencia de transiciones. 

Aunque Balaguer gobernó con un estilo autoritario moderado, modelado por la Guerra Fría, durante 12 años, la transición condujo a un restablecimiento formal de mecanismos electorales y una senda institucional, que décadas después permitió nuevas alternancias, incluyendo periodos mucho más democráticos del propio doctor Balaguer y de los gobiernos de Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, Leonel Fernández, Hipolito Mejía, Danilo Medina y el actual de Luis Abinader.

Venezuela vive hoy un momento de inflexión que podría aprovechar para iniciar un proceso de transición hacia la democracia, similar a esos que vivió la República Dominicana.

Tras años de crisis política, represión y aislamiento económico, la captura de Nicolás Maduro la madrugada del 3 de enero del 2026, por tropas de EEUU, ha reactivado el debate sobre la posibilidad real de una transición democrática en Venezuela. Aunque personajes como Delcy Rodríguez han surgido como figuras de poder interino, analistas subrayan que la simple caída de un dictador no garantiza por sí misma una transición democrática genuina. Las estructuras autoritarias, la represión y la debilidad institucional siguen presentes. 

Este momento representa una oportunidad histórica —no una transición automática— para construir una hoja de ruta democrática si se toma con decisión. Es lógico pensar que si no se aprovecha este momento para una transición constitucional fundada en derechos humanos, el viejo régimen podría persistir bajo nuevas formas o consolidarse con los remanentes actuales de chavismo.

Las experiencias dominicanas de 1962 y 1966 muestran que una transición sostenible no comienza en las urnas, sino con estructuras de consenso que permitan, llámese gobierno provisional que garantice orden social y seguridad jurídica, que incluya a actores civiles, militares y sociales dispuestos a renunciar al autoritarismo y que trace un cronograma consensuado de elecciones libres y retorno de la ciudadanía al ejercicio de sus derechos.

En República Dominicana, los gobiernos interinos fueron instrumentales para abrir espacios electorales que, con defectos y virtudes, habilitaron la posibilidad de alternancia y eventual consolidación democrática.

Ese enfoque, un gobierno provisional de notables y sectores dispuestos a transitar hacia la democracia, podría ser una pieza central en Venezuela, donde hoy persisten altos niveles de fragilidad institucional y división social.

Así como en 1965 la intervención de Estados Unidos y la OEA tuvo un papel decisivo en facilitar la transición dominicana, hoy la administración estadounidense y otros actores globales enfrentan un dilema similar: ¿priorizar solo la estabilidad o empujar activamente por una agenda democrática? 

Venezuela se encuentra en un punto de inflexión que podría reconfigurar su historia política por décadas. La captura de Maduro, por sí sola, no es sinónimo de democracia, la experiencia dominicana de los años 60 enseña que un gobierno provisional, plural y orientado a una ruta democrática coherente es indispensable para que las elecciones no sean solo un acto ritual, sino un verdadero paso hacia una democracia inclusiva, respetuosa de los derechos humanos y capaz de abordar las profundas necesidades sociales que enfrenta esa nación.

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