Opinión

Un pueblo sin historia…es un pueblo sin memoria

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Cien años de soledad, soledad histórica, soledad del olvido y el ostracismo cultural, presente, pasado y quizá futuro, imperante en nuestra historia.

Duele, molesta, incomoda, ver cómo, poco a poco, se va diluyendo la epopeya de un pueblo bajo capas del polvo de la desmemoria y las complicidades foráneas y propias. Todo se diluye, nada se recuerda.

A grandes rasgos, los últimos cien años de nuestra historia reciente han sido eliminados de escuelas y colegios, dejando al desgaire ese interesante y problemático jirón de nuestra historia. Peor aún, lo poco que se enseña, se hace al calor de intereses poderosos, ya que se desdibuja y disfraza una realidad centenaria.

¿Qué se busca? ¿qué se quiere? ¿qué se pretende? Episodios que han marcado la huella del camino de un pueblo heroico, se van dejando de lado, se borran, al calor de la desidia y la inoperancia.

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¿Ejemplos? Sobran. Iniciando por la primera intervención norteamericana de 1916, ocho años de oprobioso mandato de la Gran Nación del Norte, dejó al país desgastado, erosionado, y algo más. Pero nadie sale al rescate de esos momentos que dejaron su huella indeleble y nefasta.

Ocho años de intervencionismo militar, imponiendo sus reglas en esta nación, y, haciendo galas de ingenio, crean la Guardia Nacional, un cuerpo civil armado, que hoy se denomina Policía Nacional, cuyo líder, cabeza o caudillo, como prefiera llamársele, fue el ahijado de Estados Unidos para que, en 1930 se alzara con el poder.

Su nombre, Rafael Leonidas Trujillo Molina, quien gobernó y robó los tesoros estatales, durante 31 años de oprobiosa tiranía. Un baldón en la historia nacional.

Cárceles de tortura, persecución, asesinatos, detenciones a desafectos al régimen, apropiación del Estado y sus riquezas, dejando en la más abyecta miseria y degradación a un pueblo heroico, y casi, casi, abandonado.

Tres expediciones desde el exterior, financiadas por el héroe desconocido y relegado al olvido, Juancito Rodríguez, dieron pie a una serie de episodios que culminaron en fracaso. Cayo Confites en 1947, el desembarco de Luperón, 1949 y finalmente, la gesta del 14 de junio de 1959, todo por la patria, sin dejar de lado, el vil asesinato, en 1960, de las tres hermanas Mirabal y el chofer Rufino de la Cruz, cuando iban a visitar a sus esposos en la cárcel de Puerto Plata, todo en pro de devolver la democracia y la paz a República Dominicana. Pero esa historia no se conoce o se tergiversa.

Llega el 30 de mayo de 1961, Trujillo, el hombre metódico, rompió su rutina el día en que ocurrió su muerte. El tiranicidio. Asume, interinamente, Joaquín Balaguer, al frente de un Consejo de Estado, que dejó la misma situación, hasta que la Organización de Estados Americanos (OEA), decidió enviar al exilio al entonces gobernante, quedando Rafael Filiberto Bonelly, quien era el vicepresidente de dicho gobierno, al frente de los destinos de la nación.

Fue a él a quien correspondió organizar las primeras elecciones libres del pueblo dominicano, después de innumerables luchas, y al fin, surge un nuevo líder, el profesor Juan Bosch, derrocado siete meses después por un golpe de Estado orquestado por la oligarquía, el clero y el gobierno norteamericano. Y surge el Triunvirato en diciembre de 1963. En principio, este gobierno estuvo formado por Emilio de los Santos, Manuel Tavárez Espaillat y Ramón Tapia Espinal.

Otra figura insigne, ignorada por buena parte de los dominicanos, se ha esfumado en la desmemoria intencional y nada ni nadie va a rescatarla. Manuel Aurelio Tavares Justo (Manolo), luchador sin descanso por la democracia, se atrevió a enfrentar la tiranía, sufrió torturas, vejámenes y marginación social. Fundador del Movimiento 14 de Junio (1J4) personifica al héroe mítico que sin recursos ni prodigios, con el simple hechizo de su discurso, desafió los regímenes de turno, para caer abatido en “las escarpadas lomas de Quisqueya”.

Siguen los militares en el poder, bajo el manto oculto y cómplice del Triunvirato, pero a raíz del asesinato de Manolo, el 21 de diciembre de 1963, el triunvirato se divide al renunciar don Emilio de los Santos, compungido y alterado por el asesinato del guerrillero. El caos surge, como emerge la funesta figura de Donald Reid Cabral, quien sustituye a don Emilio y desplaza a los otros miembros del gobierno, convirtiéndose, de golpe y porrazo en el Univirato. Todavía no puedo entender por qué se le sigue llamando triunviro, cuando, de facto, asumió el poder de la mano del coronel Elías Wessin y Wessin, hasta el 24 de abril de 1965, cuando el hartazgo nacional rayaba en los límites de lo indescriptible.

De la Revolución de Abril, se ha escrito y hablado mucho, pero en las aulas dominicanas no aparece una referencia a este episodio histórico de una sublevación nacional y otra intervención norteamericana. Lo sucedido después con el exilio de los principales líderes de la revolución, el gobierno de reconstrucción nacional, liderado por Héctor García Godoy y las posteriores elecciones “libres” celebradas en 1966, ponen de nuevo en el ajedrez político a Joaquín Amparo Balaguer Ricardo, quien gobernó con mano de hierro el país durante 12 largos años, utilizando las triquiñuelas aprendidas durante su relación directa con el tirano Trujillo.

Se mantuvo a base de sembrar la división, la envidia y el recelo entre la cúpula del poder militar y ¡vaya que le resultó!

Para no alargar mucho la historia, los doce años de gobierno del doctor Balaguer, 1966-1978, no se cuentan entre las paginas dolorosas de nuestra historia.

Cual Macondo, la vida pasa haciendo remolinos de recuerdos, que se pierden en el fragor de la actualidad. La memoria quemada al sol, se va desdibujando, nadie sale al rescate de una epopeya nacional, encerrada en cien años de historia. Ciertamente, un pueblo sin memoria, es un pueblo sin historia. Sin dolientes, ni parientes. El funeral histórico nacional, ha sido velado en la capilla del no recuerdo y sepultado en la memoria generacional.

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