Como las encuestas están de moda, a boca de jarro, a boca de urna, de grandes firmas, que dan ganadores a unos, ponen empate a otros, a mí se me ocurrió hacer una encuesta a boca de barrio.
Por lo que pasó, casi me desmayé. Al abordar un carro del transporte público (carros de concho), lo primero que digo es el saludo de rigor. ¡Buenos días!, responde el pasajero al lado de quien me senté en el asiento trasero. Delante iba un joven, mochila al hombro y termo en ristre, lleno de trencitas y un tatuaje en el cuello como en forma de serpiente, culebra, ¡qué sé yo!
Repito, ¡buenos días, saludo! Y vuelve el señor a responder, silencio sepulcral delante. En ese momento, se me ocurre hacer una encuesta. Toco al joven que va delante y le digo: jovencito, usted sabe qué es la urbanidad, me mira como si fuera una idiota, y responde, ¡claro! Es donde viven personas en el barrio. ¡lo confundió con urbanización! Tosí, me atraganté y el señor que estaba a mi lado sonríe y comenta, “esa es la juventud de hoy”.
No conforme, llego a mi destino, una entidad financiera del Estado. Repito el saludo, solo responden cinco envejecientes, el resto, como si no conocieran el respeto y los saludos. Peor, en la fila para entrar al cajero automático, llega un joven con el mismo peinado de trenzas por todo el cráneo y casi me mata del susto, cuando, oigo palabras impublicables que está reproduciendo en su teléfono móvil. Me volteo y le digo de frente, joven, es que ¿usted no sabe lo que es urbanidad?, se rasca la cabeza, y me enfrenta, desafiante, ¿con qué se come eso?
Me quise volver loca, y decidí hacer una encuesta en la calle donde vivo. No me dio un “soponcio” porque respiré hondo y me calmé un poco. Fui al grupo de los jóvenes, que día tras día, impiden el sueño de los vecinos con música estridente y otras cosas peores, indecencias por aquí y más indecencias por allá.
Me acerco al grupito, que ya estaba “artillado” con bebidas alcohólicas, y otras sustancias desconocidas, el olor delata. Y muy cautelosamente, digo, mis hijos, ¿pueden bajar el volumen de la música? Váyase al diablo, y si no le gusta, múdese. Subió la bilirrubina, el mal genio y todo lo oculto, y les increpo: ¿Es que ustedes no saben lo que es el respeto y la urbanidad? Y uno se ríe a carcajadas para indicar, “¡Ah!, a ella le gusta el género urbano, dale bocina a tó. ¿Cuál quiere que le pongan?
Esto es parte de la infracultura, pérdida de valores, aculturación y otro síndrome que ataca cada vez más a la juventud de nuestro país. Sacar del currículo de enseñanza, la materia de moral y cívica, respeto a los valores patrios y la urbanidad, han vuelto este pedazo de isla en un verdadero estercolero.
En el banquillo de los acusados deberían estar la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), las autoridades de Educación, y finalmente, no por eso menos importante, el inculcar los valores cotidianos, tarea que corresponde a las familias, pero como siempre, hasta tanto no se demuestre culpabilidad, el procesado es INOCENTE.
Para no hacer un escándalo, decidí ir a mi casa, cerrarme a cal y canto, mientras esperaba la llegada de la Unidad Antirruidos de la Policía Nacional, que nunca apareció por ningún lado. Así terminó esta encuesta, con más desesperanza que otra cosa. ¡Dios nos guarde y nos proteja! Amén.