Panorama Opinión. Vivimos en tiempos en los que muchas veces pareciera que lo malo hace más ruido que lo bueno. Las noticias, las redes sociales, los comentarios y hasta la propia cotidianidad nos empujan con frecuencia a pensar que el egoísmo se ha impuesto, que la indiferencia ha ganado terreno y que cada vez quedan menos personas capaces de hacer algo bueno por otro sin esperar nada a cambio.
Sin embargo, a veces la vida, en medio de su prisa, de su cansancio y de sus días grises, nos regala pequeños episodios que nos obligan a detenernos, a pensar y a reconocer que no todo está perdido; que, a pesar de tanto ruido, todavía existe gente buena.
Digo esto porque tenía exactamente un año sin correr. Siempre he sido más de caminar, de ir a mi ritmo, de respirar, de observar. Pero la última vez que corrí había sido precisamente en la carrera de Claro, esa actividad que se realiza cada año y que reúne a tantas personas con el deseo de superarse, de compartir y de retarse a sí mismas. Ayer domingo volví a hacerlo en el Malecón, en una carrera de 10 kilómetros.
La mañana estaba hermosa. La noche anterior había llovido bastante. Apenas clareaba. Eran alrededor de las 7:25 de la mañana, y el sol empezaba a salir con esa magia especial que solo el Malecón sabe regalar, como si naciera desde el mismo mar. Yo iba junto a mi esposa, compartiendo no solo el esfuerzo físico de la carrera, sino también ese instante de vida que, sin uno saberlo, se convertiría luego en un recuerdo digno de guardar.
Ya cuando veníamos de regreso, en la parte final, casi acercándonos a la meta, una joven se nos acercó y nos preguntó con mucha amabilidad:
“¿Ustedes son pareja?”
Le respondimos que sí. Entonces sonrió y nos dijo que quería hacernos un videíto, porque con ese sol de fondo nos veíamos muy bonitos. Fue algo tan espontáneo, tan sencillo y tan natural que desarmó cualquier sospecha y nos conectó de inmediato con la nobleza de su intención.
Le dijimos que sí, pero también le aclaramos que no teníamos el teléfono a mano para grabarlo. Y entonces vino lo más bonito de todo: ella nos dijo que no importaba, que lo haría con su propio teléfono y que luego nos lo enviaría.
Y así fue.
Nos hizo el video con dedicación, con buena voluntad, con una sensibilidad que hoy escasea. Luego anotó nuestro número y, tal como dijo, nos envió un video hermoso, uno de esos detalles que uno no espera, pero que termina guardando con aprecio porque no solo captura una imagen, sino también un momento y una emoción. Para mí, esa imagen nos hizo la mañana y será un recuerdo que perdurará en el tiempo.
De ese video hice una toma de pantalla, una imagen que quiero conservar y que también comparto en este artículo, porque no se trata solamente de una foto o de un recuerdo visual, sino de un bonito gesto y, al mismo tiempo, de un testimonio de humanidad.
Ese gesto me hizo reflexionar que no todo está perdido y que todavía existen personas de bien. Personas que, con un simple acto de generosidad, nos recuerdan que la bondad no ha desaparecido, que la empatía sigue viva y que, en medio de este mundo a veces tan acelerado, todavía hay quienes se detienen a ofrecer un gesto amable.
Yo mismo lo hago cuando puedo: ceder mi lugar en un restaurante, salir rápido de un parqueo para que otro lo use, o simplemente ofrecerme a tomar una foto para alguien que quiera guardar un recuerdo.
Porque esos pequeños actos, de una forma u otra, nos hacen ver que hay gente de bien, que hay gente buena.
Y es por eso que quise escribir esto. Para recordar que, en medio de todo, esos gestos sencillos y genuinos nos devuelven la fe en los demás.
En un mundo donde muchas veces parece imponerse la indiferencia, basta un gesto sencillo para recordarnos que la bondad no ha desaparecido. Y mientras exista una sola persona capaz de hacer algo bueno por otro sin esperar nada a cambio, todavía habrá esperanza para la humanidad.