Panorama Nacional. En la tercera palabra del Sermón de las Siete Palabras de este año, “Mujer ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre”, el reverendo Luis Cabrera Martínez de la Parroquia Espíritu Santo, manifestó que en María se reflejan los sufrimientos más profundos de la humanidad como las injusticias, las pérdidas y la traición.
Martínez indica que el dolor de una madre que ve morir a su hijo injustamente, es también el dolor de nuestras comunidades golpeadas por la inseguridad ciudadana; precisa que la espada que atravesó el alma de Jesús, es la misma que atraviesa la sociedad ante la violencia sin freno.
Resaltó que hoy, detrás de cada estadística de muerte, hay familias destrozadas y que, como María al pie de la cruz, muchas madres viven el mismo dolor en un mundo donde el miedo ha ocupado el lugar de la esperanza.
“La violencia nos ha robado la paz y vivir lo cotidiano se ha vuelto un acto de valentía, ya no hay libertad, solo miedo, caminar usar el transporte o salir de noche, es un riesgo real; las autoridades muchas veces ausentes o atrapadas en la corrupción repiten promesas vacías, la justicia no llega y la ciudadanía sigue esperando respuestas concretas que puedan devolver la tranquilidad a nuestro pueblo”, manifestó.
Criticó que la delincuencia crezca muchas veces alimentada por la pobreza y la falta de oportunidades; se trata de un ciclo cruel que hunde aún más a los más vulnerables.
“Como María al pie de la cruz, la sociedad clama justicia, pero solo recibimos el silencio, los gritos del pueblo se estrellan contra las estructuras de poder más centradas en conflictos políticos que en proteger a quienes deberían de servir”, subrayó el religioso.
Abogó por políticas públicas integrales que puedan recuperar la confianza del pueblo en el país.
“Necesitamos más que policías, más libros, más talleres, más oportunidades, la educación y el trabajo son claves para romper este ciclo de violencia y construir un ciclo de esperanza”, señaló.
María fue una espectadora del profundo sufrimiento de su hijo, al pie de la cruz contempló con amor y dolor el martirio de su hijo sintiendo en el alma cada golpe, cada gota de sangre, su compasión no fue solo emocional sino una autentica participación espiritual. Su amor materno hizo que sintiera en el alma cada uno de los tormentos de su hijo.
“Aunque en los relatos de la resurrección no menciona a María, su silencio es una presencia fiel y serena, está en el corazón de la comunidad, orando con los discípulos, sosteniéndolos en su fe mientras esperan la promesa del hijo. No necesita estar en el centro para ser esencial, ella es madre intercesora, guía y teje con esperanza los inicios de la Iglesia”.