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Por qué el juego es clave en la infancia: seis recomendaciones para las familias

La libertad de jugar sin sentirse evaluado convierte al juego en una experiencia enriquecedora para el crecimiento
La libertad de jugar sin sentirse evaluado convierte al juego en una experiencia enriquecedora para el crecimiento
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Panorama Estilo de Vida.   Una caja puede convertirse en una nave espacial, un almohadón en una montaña y dos muñecos en protagonistas de una historia que cambia a medida que avanza. Aunque para los niños jugar parece una actividad simple y espontánea, durante esos momentos su cerebro pone en marcha procesos fundamentales para su desarrollo.

Mientras juegan, los chicos imaginan, planifican, toman decisiones, resuelven problemas, negocian reglas, ensayan distintos roles y aprenden a manejar sus emociones. Estas experiencias permiten ejercitar desde edades tempranas habilidades cognitivas, sociales y emocionales que serán necesarias a lo largo de la vida.

En una infancia atravesada cada vez más por agendas organizadas, actividades extracurriculares y pantallas, recuperar el valor del juego libre representa un desafío para las familias. La doctora Andrea Abadi, directora del Departamento Infanto Juvenil de INECO, sostiene que jugar no es solamente entretenimiento, sino una de las principales formas en que los niños conocen el mundo y desarrollan sus capacidades.

El juego activa simultáneamente diferentes procesos cerebrales, especialmente cuando el niño debe inventar una historia, construir con bloques o seguir las reglas de una actividad. En esas situaciones necesita mantener información en mente, planificar acciones, adaptarse a los cambios y controlar impulsos, capacidades relacionadas con las llamadas funciones ejecutivas.

El juego también permite desarrollar habilidades sociales y emocionales, sobre todo cuando se comparte con hermanos, amigos o compañeros. Esperar turnos, interpretar intenciones, expresar ideas, negociar reglas, tolerar perder y resolver desacuerdos son aprendizajes que surgen de manera natural durante estas experiencias.

La doctora Juliana Nieva, médica psiquiatra y miembro del Departamento Infantojuvenil de INECO, explica que cada situación de juego plantea desafíos que obligan a los chicos a tomar decisiones y modificar sus estrategias cuando algo no funciona. De esta manera, el juego se convierte en un laboratorio cotidiano donde pueden probar, equivocarse, volver a intentar y aprender dentro de un entorno seguro.

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La primera recomendación para las familias es reservar momentos de juego libre, sin una actividad previamente pautada ni objetivos determinados por los adultos. Permitir que los propios niños decidan qué hacer, inventen reglas y cambien sus propuestas favorece la creatividad, la planificación, la toma de decisiones y la autonomía.

La segunda consiste en aprovechar objetos cotidianos y no depender de juguetes sofisticados para estimular la imaginación. Bloques, lápices, cajas, telas, disfraces y otros elementos pueden transformarse en escenarios, personajes u objetos diferentes, y cuanto menos predeterminado sea su uso, mayores pueden ser las posibilidades de crear.

La tercera recomendación es promover el juego compartido, porque jugar con otras personas ofrece oportunidades concretas para aprender a relacionarse. Escuchar, esperar turnos, compartir ideas, aceptar reglas, negociar y resolver desacuerdos son habilidades que luego pueden trasladarse a otros ámbitos de la vida.

La cuarta es evitar intervenir de inmediato ante cada dificultad que aparece durante el juego, siempre que la situación lo permita. Cuando una torre se derrumba, alguien pierde una partida o surge un desacuerdo, darles tiempo para buscar sus propias soluciones ayuda a desarrollar la flexibilidad cognitiva, la tolerancia a la frustración y la capacidad de resolver problemas.

La quinta recomendación es acompañar el juego sin dirigirlo constantemente ni imponer una manera considerada como correcta. Seguir la iniciativa del niño, mostrar interés por sus propuestas y permitirle conducir la actividad favorece su autonomía y le ofrece un espacio donde puede explorar sus ideas sin sentirse evaluado.

La sexta consiste en reconocer que jugar también es aprender y que darle más espacio no significa quitarle tiempo al desarrollo educativo. Construir una torre permite explorar relaciones espaciales, inventar historias estimula el lenguaje y la imaginación, mientras que los juegos de reglas y las actividades compartidas ejercitan la memoria, la atención, el autocontrol y la comunicación.

Recuperar el juego no implica rechazar la tecnología, las actividades extracurriculares ni el aprendizaje formal, sino buscar un equilibrio que incluya momentos sin una finalidad productiva inmediata. En una vida cotidiana cada vez más organizada, proteger esos espacios permite que los niños tengan tiempo para inventar, moverse, compartir, equivocarse y comenzar de nuevo.

Cuando un niño juega puede parecer que simplemente está pasando el tiempo, pero para su cerebro ocurren muchas cosas al mismo tiempo. Jugar le permite aprender a pensar, relacionarse con los demás, comprender sus emociones y descubrir cómo funciona el mundo, por lo que garantizar ese espacio constituye una tarea fundamental para las familias.

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