Por el Dr. Victor L. Figueroa A. Médico-Psiquiatra.
Inicio de una herida colectiva
La madrugada del 8 de abril de 2025, nos estremecimos con una tragedia sin precedentes recientes en la historia de la nación. El colapso del techo del Jet Set, probablemente, la discoteca más insigne y emblemática de la vida nocturna en Santo Domingo, cobró, al momento de la redacción de este artículo, la vida de 234 personas y dejó a más de un centenar de heridos.
Lamentablemente, la devastación no terminó en los escombros: desde entonces, el país entero lidia con un dolor mucho más difícil de cuantificar, pero igualmente real, que atraviesa a sobrevivientes, familias, rescatistas y a la sociedad en su conjunto.
Lo que ocurre con los sobrevivientes y familias de las víctimas fatales
Para quienes vivieron la tragedia en primera persona, porque se encontraban disfrutando de la fiesta la noche del colapso, la sensación de peligro no desapareció cuando fueron rescatados. Muchos están experimentando síntomas propios de una reacción aguda al estrés, como insomnio, hipervigilancia y miedo a espacios cerrados. Esto forma parte de una respuesta inmediata y esperada del cerebro ante un evento tan extremo como este.
Sin embargo, en unos días comenzaremos a ver cómo, en algunas víctimas, estos síntomas lejos de cesar se intensificarán, evolucionando hacia un trastorno de estrés postraumático (TEPT) caracterizado por episodios de reexperimentación del suceso, estados prolongados de alerta, y pesadillas, con una afectación importante en la vida diaria.
Las familias de las víctimas enfrentan su propio calvario. La pérdida repentina y violenta de uno o más seres puede llevar a una complicación del duelo. Especialmente porque la situación no permitió una adecuada despedida y para la mayoría hubo un período de espera prolongado, lleno de incertidumbre y sobreinformación a través de los medios de comunicación y redes sociales.
Todo esto convierte el duelo en un proceso más complejo y no será extraño encontrarnos con personas que además de experimentar tristeza y la necesidad de encontrar un sentido (totalmente esperado), presenten ansiedad, rabia y síntomas depresivos que requerirán tratamiento.
Reconocer estas manifestaciones será fundamental para intervenir a tiempo y prevenir complicaciones mayores.
Los huérfanos, protagonistas silenciosos de la tragedia
Seguramente, muchos coincidirán en que las secuelas más dolorosas de la tragedia son las que sufrirán los 135 niños, niñas y adolescentes (NNA) que quedaron huérfanos: 25 de ambos padres, 57 de madre y 53 de padre, según reportes oficiales recientes. Esta cifra, estremecedora por sí sola, adquiere dimensiones aún más grandes cuando se analiza en el contexto dominicano.
Estos NNA quedan en una situación de altísima vulnerabilidad. Muchos dependerán de la voluntad de familiares, afectados también por la pérdida, como abuelos, tíos o padrinos para su cuidado y manutención.
El impacto de la orfandad temprana no se limita a la tristeza inmediata (que ya es mucha). Afecta el desarrollo emocional, la estabilidad escolar, el acceso a oportunidades y la construcción de vínculos seguros.
Sin el apoyo adecuado, existe un riesgo alto y muy real de que estos NNA desarrollen trastornos de ansiedad, depresivos, problemas de apego o dificultades para integrarse de manera sana en su entorno social.
La tragedia del Jet Set plantea, en este sentido, un desafío urgente: cómo vamos a garantizar que estos jóvenes no queden atrapados en el duelo, en la pobreza, la desprotección y el olvido.
Los héroes de la escena
Los rescatistas del COE, bomberos, médicos, psicólogos, policías y voluntarios desempeñaron un papel heroico en los días posteriores al colapso. Sin embargo, no estuvieron exentos de las complejidades emocionales y sociales de la tragedia.
La labor de rescate en República Dominicana, a menudo realizada en condiciones difíciles, fue particularmente extenuante. Muchos rescatistas trabajaron jornadas largas y emocionalmente devastadoras, removiendo escombros bajo un intenso calor, buscando sobrevivientes entre cadáveres, enfrentando la desesperación de los familiares en el lugar.
Por su parte, periodistas, reporteros y camarógrafos pasaron días en el lugar de los hechos, cubriendo los avances, narrando cada hallazgo y acompañando a familias en su búsqueda. La presión por informar rápidamente, por conseguir imágenes exclusivas, los colocó en un dilema ético permanente entre el deber de informar y el riesgo de revictimizar a quienes sufrían.
El impacto emocional sobre estos trabajadores es real. Muchos han descrito sentimientos de impotencia, insomnio, angustia y tristeza prolongada tras cubrir la tragedia. ¡Es natural! estuvieron expuestos al dolor humano de manera continua, sin que necesariamente contaran con las herramientas o espacios para procesar sus emociones de forma adecuada.