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La esclavitud del deseo

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Panorama Opinión. El hombre moderno vive rodeado de ofertas, promesas, vitrinas y pantallas. Le hablan desde todas partes. Le dicen que aún le falta algo. Que todavía no ha llegado. Que puede verse mejor, vivir mejor, tener más, exhibir más, comprar más, cambiar más. Y así, casi sin darse cuenta, termina atrapado en una carrera cuyo premio nunca aparece del todo. Y en esa carrera, nosotros, los seres humanos, no nos fijamos en lo que ya tenemos, porque pensando en lo que podemos tener, se nos escapa el valor de lo que poseemos.

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Arthur Schopenhauer comprendió, mucho antes de esta era de redes, anuncios y consumo instantáneo, una de las tragedias más profundas del ser humano: que la vida está gobernada por una voluntad ciega, un querer incesante que no sabe detenerse. Para él, el hombre no desea una vez y descansa. Desea, obtiene, se acostumbra, se vacía, y vuelve a desear. Ese es el círculo. Esa es la rueda. Esa es la tortura. La satisfacción no dura, porque apenas una meta cae, otra nace. Y cuando el deseo se cumple, no siempre llega la paz; muchas veces llega el aburrimiento.

Qué visión tan estremecedora, y qué vigente resulta hoy.

Porque eso que él describió en términos filosóficos, hoy tiene maquinaria, presupuesto, estrategia y algoritmos. El capitalismo contemporáneo ha perfeccionado el arte de excitar el deseo. Ya no vende solamente productos, vende insatisfacción. No se limita a ofrecer cosas, fabrica carencias. Hace sentir al individuo que su vida está incompleta si no adquiere lo nuevo, si no exhibe lo último, si no entra a tiempo en la tendencia del momento. El mercado ya no espera una necesidad real, ahora la produce. Y las redes sociales, en muchos casos, se han convertido en el gran escaparate de esa ansiedad colectiva, donde cada imagen parece decirnos: mira lo que te falta, mira lo que otros tienen, mira lo lejos que todavía estás.

Pero sería un error pensar que la culpa está solamente afuera. El deseo es parte de nuestra condición. No cesa. Es natural. Sin embargo, la verdadera libertad empieza cuando uno se conquista a sí mismo. Como dice el Tao Te Ching, dominarse es la verdadera fuerza. O como decía San Francisco de Asís, repetido por Facundo Cabral: “Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco”. Es en esa conquista interior donde el hombre deja de ser esclavo del tener, del poseer, del querer más, del compararse, del vivir persiguiendo lo que siempre parece estar un paso más adelante.

Ahí, justo ahí, comienza otra forma de vida. Una en la que el hombre deja de medirse por lo que acumula y empieza a reconocerse por lo que es. Porque no es el que más tiene el que más posee, sino el que menos necesita.

Y es entonces cuando uno comprende algo que no enseñan ni las vitrinas ni los algoritmos: que el tiempo también se nos va deseando. Que mientras imaginamos lo que podríamos tener, se nos escapa lo que ya está en nuestras manos. Que la vida no se vive en lo que falta, sino en lo que está.

Tal vez la mayor conquista del ser humano no sea acumular riquezas, ni alcanzar posiciones, ni imponerse sobre otros. Tal vez sea, sencillamente, aprender a detener el impulso, a mirarse hacia adentro, y decir: basta.

Porque cuando el deseo deja de gobernar, el hombre deja de ser esclavo.

Y cuando el hombre deja de ser esclavo del deseo… empieza, por fin, a ser libre.

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