Ellos nos criaron. Ellos nos formaron. Con su sudor, regaron los caminos de nuestra sociedad. Ellos forman la experiencia, la sabiduría.
Encarnación del trabajo esforzado, del amor sin límites, ellos, esos mismos, hoy son vejados y humillados por la soberbia de muchos y la ignorancia de otros.
Ellos, ellas, esos, esas, se mantienen a fuerza de sol y agua, pero nadie los respeta. Desde las instituciones del Estado hasta la base de la sociedad que, en medio de su olvido anodino, olvida el sacrificio de esos envejecientes, que también merecen ser parte de las políticas de inclusión tan manoseadas y exhibidas.
A raíz de la promulgación, el 9 de mayo de 2001, del mamotreto legal denominado Ley de Seguridad Social, son muchas las voces que se han elevado para que se haga una reformulación y reforma a esta legislación, que ha caído en un estado de marasmo por la infuncionalidad de su aplicación.
Un ejemplo palpable es la desprotección en que se encuentran los casi dos millones de envejecientes en el país, que sufren día a día el abuso e irracionalidad de una población que no los respeta, envolviendo en una especie de nube de humo espesa y oscura sus existencias.
Pero también existe una entidad legal, el Consejo Nacional de la Persona Envejeciente (CONAPE), que a no ser por las esporádicas publicaciones que reporta en su portal web, no se deja sentir en ningún sentido. Ni al norte, ni al sur, ni al este y mucho menos al oeste.
¿Es posible, que desde un órgano del Estado tan importante y que recibe beneficios a granel de este segmento poblacional, se obligue a envejecientes con problemas de discapacidad a simple vista, a hacer una fila en medio de un sol candente o una pertinaz llovizna para que puedan acceder a cobrar sus exiguas pensiones? Es el día a día en cualquier lugar donde opera un Banco de Reservas, que se lucra con el sudor de esas personas que al final de sus vidas, tampoco reciben las muestras de consideración y respeto que merecen.
Es indignante ver cómo un envejeciente –me gusta más el término persona de mayor edad–, es menos denigrante, al cruzar una calle o avenida, se le vocea y grita todo tipo de improperios porque no puede caminar rápido y entorpece el tránsito, como si esos que hoy insultan, no llegarán algún día a ser personas mayores.
Peor en los supermercados, solitarios, hacen filas, recorren pasillos sin nadie que les oriente, pero tampoco reciben ayuda de cajeras y cajeros que ante la lentitud de sus movimientos se incomodan. ¿Y el CONAPE? Debe estar muy bien, gracias, tratando de implementar políticas que nadie conoce y no dando cumplimiento a la Ley 352-98 que lo crea y estatuye los derechos de esa población, que se convierte cada día en mayoritaria. Ojalá ninguno llegue a ser envejeciente, porque las culpas pesarán sobre sus conciencias, si es que la tienen.
Por Claudia Fernández