Por: Pablo Ulloa
Panorama Opinión._ En el siglo I, Jerusalén durante la Pascua no era solo un centro religioso: era un punto de alta tensión política. La ciudad podía multiplicar su población con la llegada de peregrinos, mientras el poder romano reforzaba su presencia militar para prevenir disturbios. La memoria de la liberación de Egipto —celebrada en la Pascua— convivía con la realidad de una ocupación extranjera. Era, en esencia, un tiempo donde la fe y la política se cruzaban de forma inevitable. Y es en ese escenario, cargado de historia y expectativa, donde Jesús entra en Jerusalén.
Los evangelios coinciden en un detalle que no es menor: Jesús entra montado en un asno. No es un gesto casual ni decorativo. Es un acto deliberado que remite a una profecía conocida: “He aquí tu rey viene a ti, humilde, montado sobre un asno” (Libro de Zacarías 9:9). En una cultura donde los símbolos eran comprendidos con precisión, esta escena era inequívoca: se estaba proclamando la llegada de un rey. Pero no de un rey conforme a las expectativas dominantes.
La multitud responde con entusiasmo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor” (Evangelio de Marcos 11:9). “Hosanna” —“sálvanos”— no era solo una expresión litúrgica; era una súplica cargada de contenido histórico y político. La multitud no solo celebraba: proyectaba. Esperaba un líder que enfrentara a Roma, que restaurara la soberanía, que encarnara una liberación visible y rápida.
Aquí se revela una de las constantes más profundas de la vida social: la crisis de las expectativas colectivas. Jesús no rechaza la esperanza de su pueblo, pero la redefine. No entra como conquistador armado, sino como un rey que transforma el poder desde la humildad. No se impone; se ofrece. No moviliza desde la fuerza; interpela desde la verdad.
Francisco lo ha señalado con claridad: el estilo de Jesús rompe la lógica del poder entendido como dominación y propone una autoridad fundada en el servicio (Evangelii Gaudium, 2013). Esta inversión no es solo espiritual; tiene implicaciones directas en la vida pública. Porque allí donde el poder se separa del servicio, pierde legitimidad. Y allí donde se desconecta de la verdad, se convierte en imposición.
El Domingo de Ramos, leído en su contexto, no es solo una escena de entusiasmo religioso. Es un momento de alta intensidad social donde una multitud deposita sus expectativas en una figura que no responde según sus esquemas. Y esa tensión —entre lo que se espera y lo que la verdad exige— atraviesa toda la historia.
¿Qué ocurre cuando las expectativas colectivas se construyen sobre una idea equivocada del poder? ¿Qué sucede cuando se espera imposición donde se propone servicio, o resultados inmediatos donde se plantea transformación profunda? La historia muestra que esa distancia no solo genera frustración: puede transformarse en rechazo. La misma multitud que aclama puede, días después, apartarse. No necesariamente por maldad, sino por desajuste entre expectativa y realidad.
Por eso, el Domingo de Ramos no es solo el inicio de la Semana Santa; es una advertencia permanente. Nos recuerda que las sociedades también pueden equivocarse en lo que esperan de sus líderes. Y que el verdadero liderazgo no siempre coincide con el aplauso inmediato, sino con la capacidad de sostener la verdad cuando no coincide con la emoción del momento.
Porque, al final, la pregunta no es qué ocurrió en Jerusalén. La pregunta es qué tipo de liderazgo estamos esperando hoy. Y la respuesta —ayer como ahora— no está en quien promete dominar, sino en quien es capaz de servir con verdad, reconocer la dignidad humana y orientar el poder hacia el bien común.