Panorama Opinión. Hay momentos en la vida de las naciones en que el orden establecido de las cosas se suspende, no por la fuerza de las armas ni por el ímpetu de las revoluciones callejeras, sino por la lenta pero inexorable acumulación de una evidencia que los sistemas tradicionales de medición no alcanzan a procesar. Estos momentos no son anunciados por trompetas ni por comunicados de prensa; se filtran como el agua entre las grietas de un dique que nadie quiere reconocer como agrietado. La República Dominicana, esa pequeña porción del Caribe que ha hecho de la paradoja su principal recurso natural, atraviesa hoy uno de esos momentos, y el centro de la tormenta tiene el nombre de un hombre que aún no ha dicho que quiere ser presidente.
Lo que nos convoca aquí no es un análisis electoral, no es un sondeo de opinión ni una crónica de campaña. Es una reflexión sobre la naturaleza del poder en la era de la información líquida, sobre la manera en que las sociedades contemporáneas están rediseñando los mecanismos de selección de sus líderes sin pasar por las instituciones que durante siglos tuvieron el monopolio de esa función. Santiago Matías, conocido en el universo mediático como Alofoke, es apenas el síntoma visible de una mutación más profunda que afecta no solo a la política dominicana sino a la política global: el tránsito de la democracia representativa a una suerte de democracia de la inmediatez, donde la legitimidad no la otorgan los partidos ni las urnas, sino la conexión emocional que establece un individuo con las masas a través de los canales que estas mismas masas han construido.
Para entender este fenómeno, hay que despojarse de los anteojos de la tradición política y atreverse a mirar la realidad con la misma frialdad con que un epidemiólogo observa la propagación de un virus. Porque lo que está ocurriendo alrededor de Alofoke no es un brote espontáneo de entusiasmo juvenil; es la manifestación de una falla sistémica que los partidos políticos han alimentado durante décadas con su progresivo divorcio de las bases, su conversión en maquinarias de reparto de prebendas, y su alianza estratégica con los sectores empresariales que han visto en el Estado no un instrumento de bien común sino una extensión de sus balances financieros. Los mega casos de corrupción que hoy pueblan los expedientes de la Procuraduría General de la República no son anomalías; son la consecuencia lógica de un modelo que hizo de la impunidad su principal herramienta de gobernabilidad.
Y es precisamente en ese contexto de desencanto cristalizado donde emerge la figura de Alofoke con una potencia que desborda todas las categorías analíticas disponibles. No es un político porque no proviene de las estructuras partidarias. No es un empresario convencional porque su negocio no es la producción de bienes tangibles sino la producción de subjetividades, de afectos colectivos, de pertenencias simbólicas. No es un líder carismático en el sentido weberiano clásico porque su carisma no se ejerce desde el podio ni desde la tribuna; se ejerce desde la intimidad de las pantallas, desde la conversación cotidiana que sostiene con millones de personas que han hecho de él no un referente político sino un acompañante existencial. Alofoke ha logrado lo que ningún politólogo hubiera previsto: ser parte de la vida de la gente sin haber pedido permiso para serlo.
La data, ese nuevo oráculo que los estrategas políticos consultan con la devoción de los antiguos romanos ante los augurios, no hace más que confirmar esta intuición. Los estudios de redes de sentimiento, las curvas de aprendizaje automático, los mapas de calor de la conversación digital, todos convergen en el mismo punto: Santiago Matías concentra una adhesión que no se explica por los mecanismos tradicionales de la propaganda electoral. No hay pauta pagada que pueda generar el nivel de evangelización espontánea que los jóvenes de 18 a 40 años están ejerciendo en su favor. No hay estrategia de comunicación que pueda fabricar la disposición militante de quienes están dispuestos a salir a convencer a otros de que voten por él. Esto no es campaña; es profecía autocumplida.
Y sin embargo, hay en este fenómeno una dimensión perturbadora que los intelectuales de la política no pueden eludir sin caer en el más craso de los reduccionismos. Porque si bien es cierto que Alofoke representa una respuesta orgánica al hartazgo popular, también lo es que su irrupción en el escenario político plantea preguntas incómodas sobre la relación entre capacidad de gobierno y popularidad mediática. ¿Es posible gobernar un país con la misma inmediatez con que se comenta un partido de béisbol? ¿Puede la inteligencia emocional de quien ha construido un imperio desde cero compensar la ausencia de los andamiajes técnicos y académicos que tradicionalmente han sido considerados necesarios para la gestión estatal? ¿O estamos asistiendo al nacimiento de una nueva categoría de liderazgo donde el conocimiento experto es menos relevante que la capacidad de interpretar y canalizar los deseos colectivos?
Estas preguntas no tienen respuesta fácil, y quienes pretenden despacharlas con el desdén del intelectual que mira por encima del hombro al populista están cometiendo el mismo error de cálculo que cometieron los partidos tradicionales cuando subestimaron el poder de la calle en el 2020. La debilidad intelectual que algunos le atribuyen a Alofoke puede ser, desde la perspectiva de la juventud que lo apoya, su principal fortaleza: la prueba de que no pertenece a la casta de los que han fracasado en la gestión del país, la garantía de que no llegará al poder con la mochila de los compromisos adquiridos con los poderes fácticos, la certeza de que su lenguaje, por más descompuesto que parezca a los oídos finos, es el lenguaje de quienes no han tenido voz en las decisiones que han moldeado sus vidas.
Lo que estamos presenciando, en definitiva, es un proceso de desintermediación política comparable a lo que ocurrió en el ámbito comercial con la llegada del comercio electrónico. Así como los consumidores encontraron la manera de prescindir de los intermediarios para acceder directamente a los productos, los ciudadanos están encontrando la manera de prescindir de los partidos para acceder directamente al poder. Santiago Matías es el Amazon de la política dominicana: un fenómeno que no pidió permiso para existir y que, sin embargo, ha redefinido las reglas del juego con la simple contundencia de su existencia.
El 2028, quieran los partidos o no quieran, reconocerlo o no, tiene nombre y apellido. Los datos están ahí, las redes están ahí, los jóvenes están ahí. Y Washington, con su mirada larga y su pragmatismo sin concesiones, ya ha comenzado a ajustar sus fichas, como lo demuestran los movimientos de la embajadora Campos y su antecesora interina Patricia Aguilera, que no son cortesías protocolares sino lecturas geopolíticas de un escenario que ya se está configurando. Cuando el río suena, algo trae, pero la verdadera pregunta no es qué trae el río, sino qué hemos hecho nosotros para que el río tenga que sonar tan fuerte para ser escuchado.
En esta hora de definiciones, quizás lo más sabio sea recordar que los fenómenos sociológicos no se juzgan con los criterios de la estética académica ni con los estándares de la corrección política. Se juzgan por su capacidad de interpretar y movilizar las energías de una época. Y si hay algo que la época está diciendo con claridad meridiana es que la política tradicional ha agotado su crédito y que algo nuevo está naciendo en sus escombros. Que ese algo tenga el rostro de un hombre nacido en Capotillo, que hable con la sintaxis de la calle y que haya construido su imperio rompiendo récords Guinness, no es un accidente. Es el signo de los tiempos.
Y mientras los académicos discuten, los partidos se reúnen y los estrategas recalibran sus modelos, el fenómeno Alofoke sigue su curso imparable, alimentado por la convicción de millones de jóvenes que han decidido que su voto no será prestado sino entregado, que su apoyo no será negociado sino ofrecido, que su futuro no será decidido por otros sino construido por ellos mismos. Que el cielo nos tenga en su memoria, como reza la vieja expresión, no porque el fin del mundo esté cerca, sino porque el comienzo de algo nuevo ya está aquí, y no todos están preparados para verlo.