Uncategorized

El Silencio estruendoso: Reflexiones desde el vértigo dominicano

COMPARTIR

La Semana Santa ya pasó. Guardamos, pues, la reflexión en una gaveta hasta el próximo año —con llave, por si acaso— y esperamos sentados las noticias sobre la acostumbrada hecatombe vial del éxodo pascual. Porque los números llegarán, retocados y maquillados con buena luz: menos muertos en el papel que en la realidad, menos heridos en la estadística que en las salas de emergencia. Ya el dominicano sabe leer entre líneas ese lenguaje peculiar de las cifras oficiales, esa aritmética piadosa que nos ha acompañado durante el último lustro con la puntualidad de un reloj suizo y la honestidad de un tramposo.

Pero más allá del recuento de víctimas de la carretera, hay una víctima que no aparece en ningún boletín: la serenidad. Esa capacidad —modesta, casi doméstica— de sentarse un momento con uno mismo y pensar. El dominicano de a pie ya no la tiene. Vive en estado de sobresalto perpetuo, sacudido por una inundación de noticias que se matan entre sí antes de que pueda digerirlas. Una tragedia entierra a otra. Un escándalo sepulta al anterior. El ruido ha dejado de ser accidental; es el sistema. Porque una ciudadanía que no tiene tiempo de reflexionar es, por definición, una ciudadanía que no puede rebelarse.

El escritor y filósofo británico Aldous Huxley lo describió en el siglo pasado con inquietante lucidez: “la mejor dictadura no es la que suprime la información, sino la que la multiplica hasta el ahogo”. Y ahí estamos. Ahogados.

Mientras tanto, el mundo exterior no ayuda a la calma. Vivimos lo que algunos llaman, con eufemismo diplomático, una «escalada de tensiones globales» —aunque sería más honesto llamarla por su nombre: la Primera Guerra Mundial Híbrida, librada en trincheras de algoritmos, sanciones, drones y desinformación, cuyos escenarios se tornan cada día más inciertos y menos predecibles.

En ese contexto de vértigo planetario, el dominicano regresa la mirada hacia su patio y descubre que tampoco allí hay suelo firme. Y es aquí donde la ironía alcanza su altura más elevada. Porque nos habían prometido justicia. No la justicia ciega de la mitología griega —esa que al menos tiene la decencia de no ver a nadie— sino una justicia independiente, adjetivo que en boca del poder suena cada vez más a una burla. Una justicia que debutó ante la opinión pública con bombos, platillos y ruedas de prensa con la solemnidad de un juicio final. El espectáculo era grandioso; el pueblo, subyugado.

Entonces se derrumbó el Jet Set.

El Jet Set no es solo una discoteca derrumbada. Se trata de (oficialmente) 236 ataúdes, dominicanos de cada rincón de la geografía nacional y de todos los estratos sociales. Son más de 130 niños huérfanos que antes del 8 de abril de 2025 tenían un futuro y hoy tienen una pregunta sin respuesta. Son al menos 180 cuerpos heridos, 346 querellantes, y una cronología judicial que se ha convertido en el retrato más fiel de cómo funciona la justicia cuando los imputados no son adversarios políticos sino socios del statu quo.

Desde aquella madrugada infame, el expediente acumula aplazamiento sobre aplazamiento. La audiencia preliminar va siendo empujada hacia adelante como un mueble incómodo que nadie quiere en el centro de la sala. Ya es una escena familiar que los dolientes de las víctimas esperen fuera del Palacio de Justicia, mientras los implicados entran más campantes que «Juancito el Caminador» y salen en sus potentes vehículos, acompañados de sus escoltas privadas, con aire de desprecio y en total libertad.

Frente a esta escandalosa dicotomía, Diógenes de Sínope no se sorprendería en absoluto. Él, que vivía en una barrica de madera, tenía ya una tesis clara sobre el poder: «La justicia aplicada solo a los débiles es una herramienta de dominación disfrazada de virtud».

La pregunta que queda en el aire es: ¿cuántos aplazamientos necesita una sociedad para dejar de llamarle justicia a esta farsa y empezar a llamarle por su nombre verdadero?

© 2026 Panorama
To top