Hay un tipo de político que confunde la agenda internacional con el álbum de fotos. Está en todas las cumbres, abraza a todos los líderes y al final nadie sabe qué posición defiende su país. Luis Abinader lleva casi dos períodos perfeccionando ese arte.
En marzo voló a Miami a sumarse al Escudo de las Américas con Trump, Milei y Bukele. Alineación clara con Washington. Semanas después, su ministro de Justicia aparecía en Barcelona estrechando la mano de Sánchez en una cumbre progresista con Lula, Petro y Sheinbaum. El gobierno aclaró que no firmó nada. La embajadora Francis Leah Campos no esperó más: publicó en Instagram el versículo de Apocalipsis 3:16 —“porque eres tibio, y no eres ni frío ni caliente, te voy a vomitar de mi boca”— y quedó dicho todo sin decir nada diplomáticamente.
Ese mismo marzo voló a París al Foro Anticorrupción de la OCDE, prácticamente el único jefe de Estado presente además del anfitrión Macron. Un foro técnico no suele requerir presidentes en persona, pero ahí estaba. Volar a París no lo acerca ni remotamente a Talleyrand —el maestro del doble juego que navegaba la Revolución, el Imperio y la Restauración con una coherencia que jamás sacrificó por una foto. Talleyrand sabía exactamente por qué estaba en cada salón. Aquí la pregunta sigue sin respuesta. Como también sigue sin respuesta si en la bilateral con Macron se abordó el asunto de los pilotos Fauret y Odos, condenados a 20 años por narcotráfico y fugados en lancha rápida hacia las Antillas francesas en 2015. Macron, por cierto, también colecciona cumbres: su popularidad está en mínimos y su afán de aparecer como árbitro global le ha costado credibilidad interna. Dos presencialistas en el mismo salón no hacen política: hacen una sesión de fotos.
En febrero había viajado a Dubái, donde la presencia dominicana encajaba con la misma lógica que un paraguas en el desierto. Y antes aún, el gobierno había organizado con bombos y platillos la X Cumbre de las Américas en Punta Cana, para luego posponerla porque los mismos países que aplaudieron en Barcelona no tenían intención de aparecer en una foto con Washington. La cumbre fracasó antes de comenzar y nadie rindió cuentas. Esperemos que el personal de Cancillería no engorde para que no haya que comprar otras chacabanas. Flotando sobre todo esto, el Caso Koldo: la UCO española documentó que Aldama presionó a Koldo García para que Ábalos llamara a Abinader —recién electo en 2020— con el propósito de abrir contratos Covid. El gobierno negó haber contratado con las empresas implicadas, pero no negó la llamada. ¿Habló Ábalos con Abinader? ¿De qué? De las decenas de vuelos del Falcon español a nuestro país y de las naturalizaciones privilegiadas de miembros del PSOE, ni hablemos.
El tema haitiano —la verdadera prueba de fuego— revela quiénes son los aliados reales. Con Trump la presión para acoger migrantes ha disminuido. Chile deporta. Bukele se ofrece a combatir pandillas. Son los socios del Escudo quienes actúan. Los que no han movido un dedo son los mismos que aplaudieron en Barcelona. Y Francia, responsable histórica de las desgracias de Haití, es todo menos aliada de Santo Domingo: lo recuerda el caso de los pilotos fugados y lo confirma su silencio cómplice ante el infinito drama de su excolonia.
Decía Ortega y Gasset que el político sin convicción es un actor sin papel. El Primer Mandatario dominicano ha sido el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Ha estado en todas las fotos y en ninguna posición. Cuando más se necesita una política exterior coherente, selectiva y estratégica, lo que tenemos es un presidente que recibe un versículo del Apocalipsis de su propia embajadora aliada. Eso no es ambigüedad estratégica. Es extravío.