Panorama Opinión. El telón se abrió y, entre luces y sombras, apareció el Tártaro de la salsa, Franklin Ruiz: delgado, tembloroso, con el sudor perlado en la frente… pero con los ojos encendidos, como si supiera que aquella presentación sería su última batalla.
Músico, cantante, compositor y director musical. Puertorriqueño de alma caribeña y voz de terciopelo. Ícono de la salsa romántica la llamada “salsa erótica” que marcó las décadas de 1970, 1980 y 1990. Un hombre que enamoró al mundo con boleros vestidos de trompetas y timbales.
Corría 1997. Su cuerpo estaba devastado por una cirrosis hepática, consecuencia de años de excesos con el alcohol y las drogas. Los médicos le pedían reposo, su familia le rogaba… pero Franklin no estaba hecho para despedirse en silencio. Su esposa reveló que fue él quien pidió subir al escenario del Coliseo Roberto Clemente. No quería reposar: quería cantar.
Y así lo hizo. Caminó hasta el micrófono con paso incierto, pero cuando tomó aire, su voz salió entera, como si el alma hubiera decidido prestarle fuerzas al cuerpo. Eligió Viajera. Aquella noche dejó de ser solo una canción. Cuando entonó:
“Ni la sombra te pareces
De lo que fuiste un día
Hoy te tengo compasión
Óyeme, mi amor…
Viajera, hoy siento por ti gran pena,
Flor marchita y desdichada,
Que has perdido tu belleza, viajera.”
El coliseo entero se quebró. Nadie pudo contener las lágrimas. Si analizamos en su justa dimensión las letras y el momento que vivía Franklin, nos daremos cuenta que él no le cantaba a una mujer: le cantaba a la vida que se le escapaba, a su público que lo amaba, a un futuro que ya no vería. Le cantaba a su propio final.
Un día como ayer, 10 de agosto de 1998, murió en el hospital de Paterson, New Jersey, ciudad donde nació. Con apenas 40 años, Franklin Ruiz partió. En su honor, la bandera de la ciudad se izó a media asta.
Su última presentación fue su carta de despedida, su testamento cantado.
Por eso, desde hoy, cuando escuchen Viajera, recuerden que no es, ni será jamás, una simple canción: es la fotografía sonora de un hombre que eligió morir de pie… que, incluso después de bajar del escenario y ser hospitalizado, con sondas y sueros, seguía cantando, con el alma en carne viva y el corazón latiendo salsa… hasta el último momento.
La vida.