Panorama Opinión._ Hay recuerdos que llegan sin avisar. A veces vienen en una fotografía, en una canción o en una fecha especial. A mí me llegaron hoy en unos mangos banilejos.
Mi madre tenía en su casa una mata de mango banilejo. Cada año, cuando llegaba esta temporada, me llamaba para decirme que me tenía guardados mis mangos, porque ella sabía cuánto me gustaban. Era una costumbre sencilla, pero cargada de amor.
Hoy recibí una llamada de María, una persona a quien le guardo un inmenso cariño y un profundo agradecimiento por haber acompañado a mi madre durante sus últimos años y hasta el final de su jornada. Ella aún permanece en la casa y me envió unos mangos de aquella misma mata.
Al verlos, y aquí les dejo la imagen de ellos, no vi solamente unos mangos. Vi a mi madre.
Escuché nuevamente su voz, recordé sus llamadas y su manera de estar pendiente de mí. Mi madre y yo hablábamos todos los días. No recuerdo, en más de veinte años y hasta el día de su partida, un solo día en el que no habláramos. Yo podía estar donde fuera y siempre encontrábamos la forma de comunicarnos, aunque fuera mediante una llamada o un mensaje de WhatsApp.
Todavía conservo todos sus mensajes, audios, videos y escritos. Son tesoros que guardo como parte de mi vida.
Siempre digo que mami y yo necesitábamos saber el uno del otro. Queríamos asegurarnos de que todo marchara bien. Incluso, ya entrada la noche, me avisaba si iba a llover, porque sabía que me levanto a las 5:15 de la mañana para caminar.
¿Cómo no recordarte, mami?
Desde que partiste, no ha existido un solo instante en que no piense en ti. Y lo mismo ocurre con papi. Los recuerdo a ambos todos los días.
Con el paso de los años, uno entiende cosas que antes no comprendía. Hoy valoro cada sacrificio que hicieron por mí y por mis hermanos. Valoro los colegios que pagaron, la ropa que nos compraban, las medicinas, los seguros médicos, el dinero para el recreo, los campamentos, las salidas al cine, los consejos, las preocupaciones y hasta los sacrificios silenciosos que en aquel momento no éramos capaces de ver.
Hoy comprendo el esfuerzo que representaba para ellos mantener un hogar, pagar los estudios, cubrir los gastos de la casa y hasta sostener el servicio de una trabajadora para que nosotros pudiéramos crecer en un ambiente digno y organizado. Lo que para nosotros parecía normal, para ellos representaba largas jornadas de trabajo, preocupaciones y renuncias personales que hicieron con amor.
También recuerdo una frase que mi padre repetía cuando yo no le hacía caso:
“Cuando seas grande y tengas hijos, me vas a entender”.
Cuánta razón tenía.
Hoy, cuando le hablo a mi hijo y siento que la juventud no siempre escucha, descubro que mi padre estaba sembrando lecciones que solo el tiempo podía enseñarme.
Por eso, estos mangos significan mucho más que una fruta de temporada. Son un recuerdo vivo. Son una llamada que ya no puede hacerme mi madre, pero que de alguna manera llegó hasta mí.
Gracias, María, por ese gesto tan hermoso. Usted no me envió solamente unos mangos; me envió un pedazo de mi madre.
Y a ustedes, mami y papi, solo puedo decirles que los amo, que los extraño y que viviré eternamente agradecido por todo lo que hicieron por mí y por mis hermanos.
Porque mientras exista memoria, ustedes seguirán viviendo en mi corazón.
Y mientras mi corazón siga latiendo, jamás dejaré de recordarlos.