Panorama Opinión. En la República Dominicana vivimos atrapados entre dos extremos: la grandilocuencia del discurso oficial y la precariedad de la vida diaria. Es un estilo que podríamos llamar megalómano: el del orgullo permanente, el del “rabo alzao y el ano fuera”, una cultura de exhibición que celebra anuncios y promesas mientras los problemas estructurales permanecen intactos.
En apenas tres meses hemos experimentado dos apagones nacionales. Sin embargo, al mismo tiempo, se promueve con entusiasmo la posibilidad de vender energía a Puerto Rico. ¿Cómo podemos aspirar a exportar electricidad cuando ni siquiera garantizamos un servicio estable y de calidad a nuestros propios ciudadanos?
De igual manera, se anuncian proyectos de modernidad tecnológica como un “Puerto Digital” vinculado a Google. La innovación y la digitalización son necesarias, sin duda. Pero resulta contradictorio hablar de transformación digital cuando todavía hay comunidades sin agua potable constante, sin calles asfaltadas y sin servicios básicos dignos.
La contradicción se repite en el ámbito institucional. Mientras se promueve el discurso de una justicia moderna y abierta, se reconoce públicamente la precariedad del sistema judicial, carente de recursos esenciales para operar con eficiencia. No se puede estar a la vanguardia si la estructura que sostiene el sistema está debilitada.
En materia de salud ocurre algo similar. Somos promovidos como destino atractivo para el turismo de salud, con clínicas privadas de alto nivel orientadas a la clase media alta y a visitantes extranjeros. Sin embargo, la salud pública sigue sin capacidad suficiente para atender con dignidad y prontitud a los más vulnerables. La brecha entre el servicio privado de excelencia y el hospital público limitado es una herida social que no puede maquillarse con campañas de promoción internacional.
El mercadeo internacional es importante. La inversión extranjera y el turismo generan capital y dinamizan la economía. Pero el desarrollo no puede medirse únicamente en cifras de crecimiento o en anuncios de proyectos estratégicos. También debe medirse en agua potable en cada hogar, en electricidad estable, en unidades de atención primaria equipadas, en calles asfaltadas en comunidades como Ureña, Campo Lindo, La Caleta o Andrés, poblaciones que por décadas han esperado respuestas concretas.
Es momento de despertar del espejismo. El verdadero progreso comienza por reparar los déficits estructurales: fortalecer la producción nacional antes que depender excesivamente de la importación, priorizar los servicios básicos y revisar políticas públicas con enfoque en equidad y sostenibilidad.
Los dominicanos no solo merecen titulares optimistas; merecen dignidad. Y la dignidad no se construye con anuncios, sino con soluciones reales y sostenidas en el tiempo.