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Murió en su prime time (mejor momento) …

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Panorama Opinión. El sábado pasado asistí a una fiesta de cumpleaños. Risas, música, fotografías, selfies, abrazos efusivos. A la hora de servir la comida, un amigo —empresario exitoso, de esos que miden el tiempo en proyectos y resultados— soltó una noticia que congeló la mesa: don Juan había fallecido cinco días antes.

Lo conocía y, sorprendido, pregunté qué había ocurrido. “Un infarto fulminante… murió en su prime time”, respondió con tristeza. Aquella frase me desconcertó. ¿Prime time? Nos explicó que los negocios de don Juan generaban más de 1.5 millones de dólares mensuales. Una potente maquinaria empresarial en plena expansión. Todo lo que el mundo suele llamar éxito.

Y, sin embargo, don Juan murió.

En el Evangelio de Lucas, Jesús relata la parábola del hombre rico que, al ver abundantes sus cosechas, decidió derribar sus graneros para construir otros más grandes y guardar allí toda su riqueza. Confiado, se dijo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; descansa, come, bebe y regocíjate”. Pero Dios le respondió: “¡Necio! Esta misma noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Lucas 12:20).

Cuántas veces confundimos el prime time económico con lo verdaderamente trascendente. Cuántas veces creemos que el punto más alto de la vida coincide con balances financieros, contratos firmados o cuentas rebosantes. Mientras tanto, postergamos la llamada a un ser querido, el abrazo pendiente, el “te quiero” que suponemos obvio.

Tal vez el verdadero prime time no se mide en ingresos mensuales, sino en afectos acumulados. No en empresas, sino en personas. No en patrimonio, sino en presencia. Porque al final —como advierten las Escrituras— alguien más disfrutará lo acumulado, pero solo nosotros podremos llevarnos lo que dimos.

Quiera Dios que, cuando llegue nuestra hora —inevitable, silenciosa e inesperada—, nuestro prime time esté lleno de besos, de manos apretadas, de memorias compartidas. Porque al final de la existencia no nos acompañarán los estados de cuenta ni los proyectos en curso, sino aquellos ángeles cotidianos a quienes sí les importamos.

Nuestro prime time, sin duda, no está en el reloj ni en el mercado.

Está en el corazón de quienes nos aman… y en la memoria de quienes llorarán nuestra ausencia.

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