Opinión

Noviembres Negros

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Por Cosme Peña

Panorama Opinión. Sábado 18 de noviembre. Minutos antes de las 4:00 p.m. arropados por el incesante aguacero, nos dirigíamos por la calle Guarocuya hacia la avenida Núñez de Cáceres. Íbamos justo a tiempo al acto de investidura de nuestra hija. Debíamos llegar antes de las 4:00 p.m. al auditorio de la Casa San Pablo. La graduanda planificó reunirse una hora antes con sus compañeros para la sesión de fotos, mientras este servidor ajeno al pertinaz chubasco echaba su “pavita” en ‘los brazos de Morfeo’.

A pocos metros dos socorristas empíricos, nos indicaron dar la vuelta ante el peligro inminente de la inundación. El parque de Las Praderas junto a su laguna de hormigón armado se había desbordado a niveles inimaginables. Estos jóvenes de manos arrugadas por la lluvia nos contaron como hicieron añicos el cristal delantero de la Ford-150, el rescate a su conductor, y como otro chofer, venezolano, pudo salir a nado en la mejor versión del criollo Marcos Díaz de su jeepeta, antes de hundirse en la ocre laguna. Sin imaginar lo acontecido en las inmediaciones, no tuvimos de otra que obedecer a los dos empapados samaritanos. Retornamos a la calle P en dirección al Colegio Serafín de Asís, para bordear el parque y su laguna rebosada. Tampoco fue posible. A la distancia, tristemente observábamos como el techo de un Sonata naranja se hundía delante de nuestros ojos.

– ¡Dios mío! y ¿de dónde ha salido tanta agua? ¿estamos en alerta roja? Inquirí a los demás miembros de la familia. Otra vez retrocedimos. Esta vez, por la calle 27 a la avenida Gustavo Mejía Ricart. Justo en la intersección del Jumbo con la “Gutavo” se presentaba otra escena inquietante, una 4Runner corría la misma suerte del malogrado Sonata Naranja. Me preocupé por vez primera. Poco a poco el diluvio mostraba su rostro aterrador. Reculamos a la Guarocuya, navegamos medio a medio por el “río Rosmil”, esta corriente embravecida golpeaba furiosa el bonete (sí, leyó bien, bonete) del todoterreno, intimidaba avanzar hasta la Luperón. En medio de esta titánica lucha pensé en la decisión atinada de nuestra hija de salir una hora antes. Pero ¿cómo era posible un cambio de clima tan acentuado en tan poco tiempo? Resistimos las corrientes iracundas; los limpiavidrios reñían contra los goterones violentos.

El trayecto a la Casa San Pablo inicialmente calculado por Maps en diez minutos se alargaba a más de una hora. Analogía del retorno de Ulises a Ítaca, un mes extendido a diez años. Penélope esperó ¡diez largos años!

El “Pasaje Luperón” emulo del Estrecho de Drake y sus aguas turbulentas desafiaban la travesía sureña.  Doblamos contrario, al norte, no sin antes recibir una cachetada en el lateral izquierdo, recordatorio de lo arriesgada de nuestra misión. Giramos a la Olof Palme (asesinado ex primer ministro sueco, entrañable amigo del Dr. Peña Gómez, donante de camiones compactadores a la alcaldía, conscientes de que íbamos a las antípodas de la casa paulina, pero ¿a dónde iríamos? Regresar al hogar no era una opción.  -Tal vez la Núñez de Cáceres estaría menos inundada- pensé-. Mientras las aguas diluvianas arrasaban con severidad todo a su paso, se avecinaba una tragedia de dimensiones descomunales. Decenas de vehículos ahogados en la confluencia de la “Núñez con la Mejía Ricart”. Cronos marchaba inexorable lacerando nuestro propósito. Sentí desfallecer en el intento.  Anclados en la Núñez visualizamos por YouTube el acto de investidura, cuatro años de carrera universitaria, trasnoches incluidos, esfuerzo económico, sintetizados en este acto, donde el graduando recibe el diploma acreditador de sus saberes, trampolín al ejercicio profesional. La lluvia nos aguó nuestra fiesta. La pantallita catalizadora de emociones produjo otras corrientes prístinas deslizarse por nuestras mejillas. Olvidamos por instantes, la intensa lluvia, vaticinio a los bípedos pensantes de las consecuencias, por su depredación contra Natura.

El aguacero furioso golpeaba los cristales delanteros, estos golpazos irrefutables ponían al descubierto nuestras debilidades. Otra vez, como aquel perro arrepentido del Chavo del 8, retornamos a la calle del finado ministro sueco, sin prontitudes cortamos por la parroquia Divino Niño hasta la Av. 27 de febrero; el reloj marcaba las 5:20, doblamos a siniestra por la Privada. Un lago invadeable nos desafiaba en la Monclús. Preferíamos morir en el intento a devolvernos. No dejaríamos de felicitar y abrazar a nuestra niña (con eso de que nuestros hijos siempre son niños).

A las 5:45, extenuados por la travesía, arribamos al auditorio bautizado con el nombre del último de los apóstoles. Asientos vacíos aguardaban a los que nunca llegaron. La investidura concluía, ajena a la tragedia circundante, los moceríos risueños contrastaban a las jetas consternadas del aforo. Goteras en medio del escenario disputaban la atención de las pantallas de los móviles. La caída de la pared del paso a desnivel de la Av. 27 de febrero con Gómez y las inundaciones de Herrera espantarían hasta al incrédulo Tomás. La joven rectora recitaba un discurso impecable al que pocos prestaban atención, ¿por qué el acto de graduación no fue suspendido? Esta pregunta nos hacíamos los prisioneros en aquellas paredes paulinas, mientras a la distancia, la insigne y juvenil rectora impávida pronunciaba su discurso. La audiencia cancelaba bufetes, cenas; devolvían llamadas apocalípticas. Reo en este recinto sagrado, meditaba la desgracia en curso. Sentimientos impotentes debatían sobre los millones de pesos desaguados en imbornales, en la falta de educación en cuanto al manejo, clasificación y reciclado de los residuos sólidos, en las botellitas plásticas transportadas por las corrientes turbias, en la expansión díscola de rascacielos del primer mundo en una isla tercermundista, en los vertederos a cielos abiertos, en las cáscaras de plátanos y otras inmundicias arrojadas en las aceras por los propietarios de los picapollos orientales.

Algo debió enseñarnos los 266 milímetros caídos el 4 de noviembre del 2022. Al parecer poco. Justo un año después, la madre naturaleza ignorante del capricho gregoriano descargó 431 mm de agua, o sea, 166 mm más. ¿Qué aprenderemos de las catastróficas lluvias de los últimos dos noviembres? ¿continuaremos de espaldas al cambio climático? ¿seguiremos ignorando la lista de los diez países con mayor riesgo climático? (Por cierto, ocupamos el segundo lugar). La codicia humana, causante de las mayores devastaciones ambientales auguran aumentos considerables de la temperatura del planeta. Justo el 2023 fue el más caluroso de la historia. Tal vez, ahora que estas inclemencias destructoras, irreverentes a fronteras políticas, motiven a los países ricos a comprometerse seriamente con el Protocolo de Kioto. Todavía estamos a tiempo -dicen los científicos-. Todavía hay espacio para el arrepentimiento -dirán los líderes espirituales-. Nadie escapará de este globo. Nadie saldrá ileso del agravio permanente al medio ambiente. Ni los que mal viven a orillas de Guajimía ni los que habitan en lujosas torres. Aterroriza la exigua respuesta de las autoridades a los desastres. Treinta y pico de muertos (siempre mal contados) en las lluvias de noviembre y aún seguimos en análisis.  

Paso desnivel 27 con Gómez

Nuestra cena fue cancelada; el festejo era inapropiado. En el cómodo asiento paulino, me ahogaba la tristeza por aquellos aplastados bajo las paredes del paso a desnivel y las otras víctimas no contadas, por sus sueños truncados, por sus risas silenciadas para siempre, por sus familiares aún ignorantes de sus  víctimas, por los ajuares perdidos, por los vehículos ahogados, por los ascensores averiados, por la incompetencia de las autoridades; en conclusión andamos mal como sociedad; sentí ahogarme en el dolor del prójimo y en las sonrisas truncadas por el diluvio. ¿Valdrá la pena continuar la lucha en esta aldea global?  Mientras estas interrogantes taladraban mi conciencia, la diva, irreconocible por el abuso de maquillaje, sonreía a la distancia, ¿sería conmigo? Mira que, nunca he sido de esos que responden provocaciones; volteé la mirada. Tocó mi hombro, desarraigó mi soliloquio. Explotó una risotada. Me abrazó. Exclamó: – ¡Papi felicítame, soy abogada! – Definitivamente, sí, vale la pena continuar.

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