Panorama Opinión. Cada vez que Argentina llega a un Mundial de fútbol, especialmente a las instancias decisivas, es inevitable que una vieja herida vuelva a abrirse. No ocurre únicamente por la pasión que despierta la selección albiceleste, sino porque en la memoria colectiva de ese país sigue viva una guerra que marcó a toda una generación: el conflicto de las Islas Malvinas.
El 2 de abril de 1982, la junta militar encabezada por Leopoldo Galtieri ordenó el desembarco de tropas argentinas en las Malvinas, un archipiélago bajo administración británica que Argentina reclama como parte de su territorio desde el siglo XIX. La respuesta del Reino Unido fue inmediata. La primera ministra Margaret Thatcher movilizó una poderosa fuerza naval que recorrió miles de kilómetros para recuperar las islas. Apenas 74 días después, el 14 de junio, Argentina se rindió. El saldo fue devastador: 649 militares argentinos y 255 británicos perdieron la vida, además de tres civiles isleños.
La derrota precipitó el fin de la dictadura militar argentina, pero no acabó con el sentimiento nacional sobre las Malvinas. Al contrario, el reclamo de soberanía quedó incorporado a la identidad política y cultural del país. Desde entonces, cada gobierno argentino, sin importar su orientación ideológica, ha mantenido viva esa reivindicación en los foros internacionales.
Cuatro años después de la guerra llegó el Mundial de México 1986. Allí ocurrió uno de los episodios más recordados en la historia del deporte. En los cuartos de final, Argentina enfrentó a Inglaterra. Diego Armando Maradona anotó dos goles inmortales: el primero, con la célebre “Mano de Dios”, y el segundo, una obra maestra tras dejar atrás a medio equipo inglés. Aquella victoria por 2-1 fue interpretada por millones de argentinos como una reivindicación simbólica frente al país que los había derrotado en el campo de batalla.
El Mundial de 2026 vuelve a despertar ese sentimiento. Argentina, campeona del mundo en Catar 2022, ha llegado nuevamente a la final con la posibilidad de conquistar otro título. Para muchos aficionados, el torneo representa únicamente una competencia deportiva. Para otros, también constituye una oportunidad para reafirmar una identidad nacional profundamente marcada por la historia, donde las Malvinas siguen siendo una causa presente en la memoria colectiva.
El fútbol no gana guerras ni modifica las fronteras. Tampoco reemplaza la diplomacia ni el derecho internacional. Sin embargo, posee una capacidad extraordinaria para reconstruir la autoestima de los pueblos, fortalecer el sentido de pertenencia y convertir una victoria deportiva en un símbolo nacional. Argentina lo ha vivido durante más de cuatro décadas.
Quizá por eso, cada vez que la camiseta albiceleste pisa un Mundial, millones de argentinos sienten que no solo juegan once futbolistas. También entra al campo una parte de su historia, de sus derrotas, de sus sueños y de una causa que, para ellos, sigue pendiente. Las Malvinas permanecen en el Atlántico Sur; el fútbol, mientras tanto, continúa siendo el escenario donde una nación expresa, una y otra vez, su orgullo y su memoria.