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Llaman a reconocer, respetar y a promover la dignidad de la mujer

El Reverendo Diacono José Ricardo Rosado de la Parroquia San José de Calasanz.
El Reverendo Diacono José Ricardo Rosado de la Parroquia San José de Calasanz pronunció la Tercera Palaba en defensa de la dignidad de la mujer dominicana. (Panorama).
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  • La mujer dominicana es el rostro concreto del dolor y reflejo de María al pie de la cruz, dijo en la tercera palabra del Sermón de las Sietes Palabras de Jesús .
  • El Reverendo Diacono recomienda hacer presencia cercana, a acompañar y a no abandonar, la cruz se convierte en esperanza, aunque nace en el dolor.

Panorama Nacional.  “Mujer, ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre”, es el llamado litúrgico como parte de la Tercera Palabra del Sermón de los Siete Palabras ubicado en el libro de Juan, capítulo 19 y versículo 26, a cargo del Reverendo Diacono José Ricardo Rosado de la Parroquia San José de Calasanz.

Desde el Sermón de las Siete Palabras compartido este Viernes Santo desde la Catedral Primada de América el mensaje central de la tercera palabra se enmarcó al reconocimiento de la mujer dominicana que sostiene en sus manos y hombros la carga del trabajo duro, del mantenimiento del hogar, el peso familiar y la incertidumbre y heridas profundas.

“Algunas viven el abandono, la soledad, la violencia y el sufrimiento silencioso, son rostros concretos de dolor y muchas veces son el reflejo de María al pie de la cruz. Mujeres que sufren, pero, permanecen. Ante esta realidad la palabra de Jesús adquiere un valor urgente, ¡Eh ahí a tu madre!. No es solo consuelo espiritual”, aclaró el párroco.

En este tercer mensaje del Sermón de las Sietes Palabras, Jesús, no solo pronuncia unas que sellan su entrega, sino que crean algo nuevo, una relación, una familia y una comunidad nacida del amor en medio del dolor.

Ante el dolor compartido de María, madre de Jesús, y el amor redentor de Jesús, enmarcada en el misterio del Calvario en la Tercera Palabra de Jesús, “se inscribe en una secuencia progresiva de amor. Las dos primeras palabras nos habían revelado un Jesús, profundamente, humano, y profundamente, divino. Un Cristo que perdona y un Cristo que nos ayuda a entender cómo sufrir y acoge, incluso, a aquellos que sienten culpables”.

“En la escena del Evangelio de San Juan, el hijo agoniza, suspendido entre cielo y tierra, a su lado, fiel y silenciosa, está María. Allí, el sufrimiento de una madre alcanza una hondura indescriptible. Contemplar a una madre ante la muerte de su hijo es observar el dolor humano en su forma más pura. Es el quiebre del vínculo más vital”, explicó el Reverendo Diacono.

Del amor de madre resaltó en María que no huyó ni se encerró, simplemente, permaneció y no se trata de ausencia de dolor, es profundidad de amor, desde una mirada humana se podría decir que, “María vive un dolor que desgarra, pero, que no se queda en papel, sino que se abre a un amor mucho más grande”.

Este segmento redefine la relación humana a la luz de la fe. La maternidad de María se ensancha y el discípulo recibe una misión de cuidado, de cuidar a la madre y el hijo, cuidar a la madre, “es la misión en la cual todos estamos llamados a seguir inmersos”.

María es la madre de la humanidad que acompaña a sus hijos, constantemente, en la fe y encarna una profunda fortalece interior, y permanece de pies junto a la cruz, “no por falta de dolor, sino porque su fe le da raíces profundas, está presente y no huye, responde con amor y se mantiene involucrada, en ella vemos no solo a la madre doliente, sino a la mujer que en medio del sufrimiento sigue eligiendo el amor”.

Por medio de este gesto y sacrificio de María madre, Jesús más que una despedida familiar, revela que, “una verdad profunda, la salvación se vive en relación, Dios no se da destruyendo vínculos, Dios se da creando comunión. María deja de ser solo la madre biológica de Jesús, para ser entregada como madre espiritual de cada uno de los creyentes”.

En esas palabras desde la cruz, el Señor asegura a la humanidad que nadie está llamado a vivir en soledad, como madre, María se convierte en la presencia de la ternura de Dios que acompaña a cada historia de herida, a cada vida cansada y a cada corazón que sufre.

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