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La piedra que nos une: Cuando el juicio ajeno ciega nuestra humanidad

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Panorama Opinión. _ Hay momentos en los que el griterío del mundo se apaga y solo queda el sonido frágil de un corazón luchando contra la tormenta. Estos días, ese sonido tiene nombre y apellido: Pablo Ross. Un hombre, un hermano, un amigo, que enfrenta el doble yugo de la enfermedad y el fallo judicial con una fe que no se dobla, sino que se recalibra en el fuego de la adversidad. Mientras muchos extienden sus manos en oración y solidaridad, una minoría vociferante parece encontrar en su dolor un espectáculo moral, una validación de su propia justicia imaginaria. A esta minoría, y a todos nosotros en nuestro silencio cómplice, debemos recordar una verdad incómoda y eterna: la condición humana es una frágil línea que compartimos, no un pedestal desde el cual lanzar condenas.

La historia de Pablo no es un caso aislado; es un espejo. Refleja nuestra propia vulnerabilidad y pone a prueba nuestro concepto de comunidad. El filósofo ruso Fiódor Dostoievski escribió en Los hermanos Karamázov: “Cada uno de nosotros es culpable por todo y ante todos”. Esta afirmación no es una carga de culpa colectiva, sino un recordatorio radical de nuestra interconexión. El sufrimiento de uno es una fractura en el cuerpo común de la humanidad. Celebrarlo o minimizarlo es automutilación social.

Frente a esta tentación de juzgar, las voces más sabias de la historia nos llaman a la pausa y a la misericordia. El dramaturgo William Shakespeare, en El mercader de Venecia, puso en boca de Porcia un alegato inmortal: “La misericordia se bendice dos veces: bendice al que la da y al que la recibe. Es más poderosa que la corona de un rey… Es un atributo de Dios mismo”. Esta es la antítesis de la piedra lista en la mano. Es el reconocimiento de que nuestra autoridad moral no nace de la impecabilidad, sino de la consciente aceptación de nuestra propia falibilidad.

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Esta es precisamente la piedra angular que Jesucristo colocó en el centro de la ética universal. Ante la turba iracunda que preparaba sus piedras para la mujer sorprendida en adulterio, Él no desestimó la ley, pero trascendió su aplicación letal con una pregunta que resuena a través de los siglos: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Este no fue un permiso para la anarquía moral, sino un demoledor dispositivo de introspección. La ley quedó intacta, pero la mirada de los acusadores tuvo que volverse hacia sus propias almas. Uno a uno, comenzando por los más viejos —los más conscientes de su propio historial—, se fueron retirando. Cristo no dijo “no hay pecado”, dijo “reconozcan primero el suyo propio”. La justicia que no está templada por la autoconciencia de la gracia recibida es simple brutalidad.

El mensaje es claro y se repite a lo largo de las Escrituras: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados” (Mateo 7:1-2). Y más adelante, en un mandato activo: “Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:36-37). La misericordia no es la suspensión de la justicia, sino su culminación más alta y humana. Es lo que separa una sociedad civilizada de una turba vengativa.

Pablo Ross, en su combate contra el cáncer y en su aceptación de una sentencia, no pide lástima. Su actitud, según lo que transmiten quienes lo acompañan, es de una fe que busca el propósito aún en el valle de sombra. Su caso nos interpela: ¿Somos la turba que busca una cabeza en la que descargar su frustración y su miedo a la caída? ¿O somos aquellos que, reconociendo la piedra en nuestra propia mano, la soltamos para extender, en su lugar, una mano de apoyo?

El poeta inglés John Donne lo expresó de manera definitiva en sus Meditaciones: “Ningún hombre es una isla… La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. La radioterapia de Pablo, la angustia de su familia, la frialdad de un fallo judicial, son campanadas que nos llaman a despertar nuestra empatía dormida.

La vida, en efecto, es una tómbola. La salud, la libertad, la estabilidad, son dones precarios. Hoy la prueba es para Pablo; mañana, con otro nombre y otro rostro, podría ser para cualquiera de nosotros. ¿Qué memoria queremos que tenga la comunidad de nuestro paso por el valle? ¿La de la piedra lanzada o la de la compasión ofrecida?

Este artículo no es una defensa legal; es un clamor por un acto de humanidad. Es una invitación a construir una cultura donde la solidaridad no sea un hashtag efímero, sino un hábito del corazón. Donde podamos disentir, incluso condenar actos, sin deificar nuestra propia justicia ni deshumanizar al que yerra. Porque, como bien resume el apóstol Pablo: “Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Este “todos” no nos iguala en la falta de responsabilidad, pero sí nos nivela en la necesidad de gracia.

Oremos, pues. Por la plena recuperación de Pablo Ross. Por la paz de su familia. Por la sabiduría de las autoridades. Y también, fervientemente, por nuestros propios corazones: que se ablanden, que recuerden, que elijan siempre la misericordia. Porque en ese acto, nos salvamos a nosotros mismos de lo peor que podemos ser.

Hoy, la piedra que no lanzamos es el cimiento de la comunidad que anhelamos.

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