Panorama Opinión. _ Desde que el Derecho penal dominicano comenzó a absorber, a veces sin entender del todo, la influencia del Tribunal Constitucional, la sociología y la política criminal moderna, dejó de ser simplemente un instrumento del poder punitivo. Pasó a reconvertirse en algo más complejo: una red de protección de bienes jurídicos y de los derechos constitucionales que los sostienen. Pero ese tránsito, esa mutación del Derecho penal hacia una dimensión científica, crítica y verdaderamente moderna, tiene en la República Dominicana un antes y un después: el pensamiento escrito, dicho y enseñado por el doctor Ricardo Nieves.
En cada encuentro internacional al que asisto, cuando menciono mi dominicanidad, surgen los elogios inevitables hacia él. Su nombre funciona como una carta de presentación de la seriedad con la que en este país comenzamos a discutir teoría del delito. Y no es para menos: él transformó la conversación penal en un espacio de rigor, neurociencia, filosofía y antropología jurídica.
¿Cómo se encarna Ricardo Nieves para la próxima generación?
Como amigo, como discípulo, como actor dentro del escenario en que se debaten sus prosas densas, complejas y a veces incómodas, lo veo —como diría Bauman— como un pensamiento prolijo que entiende al ser humano desde la neurociencia y lo proyecta casi como un organismo predecible. Su aporte permitió que en la República Dominicana empezáramos a abordar seriamente la teoría del delito, no desde la mecánica de sus elementos constitutivos, sino desde la comprensión de la conducta humana y su contexto.
Formó a tantos, y yo fui parte de ese equipo, en la tarea de llevar a las academias las corrientes más avanzadas: Roxin, Habermas, Tiedemann, Hegel, Welzel, von Liszt, Binding, y todo el pensamiento que inspiró los códigos prusianos del siglo XIX. Todo ese bagaje, traducido y adaptado por él, permitió mover el eje: del sujeto como simple receptor de garantías procesales, al hombre colocado en el centro antropológico de la legalidad.
Fue una de las voces más firmes contra la positivización indiscriminada de derechos en la Constitución de 2010, anticipando los riesgos para la política criminal. Y, a la vez, fue quien más empujó el adelanto de la barrera punitiva como mecanismo de protección de los bienes jurídicos supraindividuales. Su defensa del medio ambiente lo consolidó como un referente incómodo —en el mejor sentido— para quienes depredan la tierra y buscan impunidad; por eso acumuló tantos enemigos como aliados.
Ricardo Nieves ha defendido siempre una idea radicalmente simple:
“ningún hombre puede ser culpable sin juicio pleno y garantías reales.”
Y en esa insistencia se volvió la brújula ética de un sistema que muchas veces se enreda en su propio espectáculo.
Él entendió primero que nadie que la política criminal no se ejerce en los tribunales, sino en la conflictivación primaria: identificar la conducta, prevenirla, y solo luego sancionarla. Que la gramática del delito debe tener sentido crítico, no para debilitar la sanción, sino para evitar la arbitrariedad. Fue también quien más claro introdujo, desde las aulas a principios de los 2000, que el delito no se explica en la sentencia, sino en la sociedad que lo produce.
En materia de corrupción, desigualdad económica y lucha contra la arbitrariedad estatal, su voz sigue siendo una de las más escuchadas y, sin duda, una de las más temidas, porque donde hay pensamiento crítico, siempre hay resistencia.
Ricardo Nieves ha llevado el Derecho penal dominicano a pensarse como una modernidad líquida: un espacio tenso entre el poder y el perseguido, donde la legitimidad ya no se presume, se construye.
Hoy por hoy, él es el derecho penal del siglo XXI en la República Dominicana.
Su cátedra, su pensamiento y su método deben ser reconocidos y estudiados en todas las aulas universitarias del país.
Saludos, profesor.
De quien más lo admira entre sus discípulos.