Panorama Opinión. Dicen que somos impertinentes, que preguntamos demasiado, que llegamos cuando nadie quiere cámaras, cuando el silencio parece más cómodo y las preguntas incomodan.
Pero lo curioso es que, cuando algo ocurre y se quiere que el país lo sepa, la primera llamada siempre es para la prensa.
Cuando un caso necesita atención, cuando una injusticia no debe quedar en la sombra, cuando una denuncia quiere hacerse escuchar… entonces sí, nos buscan.
Nos llaman, nos piden que estemos ahí, que grabemos, que publiquemos, que hagamos ruido.
La prensa, en esencia, es eso: ruido cuando el silencio conviene demasiado. Sin embargo, basta con que ese mismo periodista que fue llamado haga su trabajo: preguntar, insistir, mirar donde otros prefieren no mirar, para que aparezca la etiqueta: “impertinente”.
Impertinente por preguntar. Impertinente por acercarse. Impertinente por intentar entender qué pasó. Y entonces llegan los empujones, las malas palabras, las miradas de desprecio.
A veces vienen de cuerpos de seguridad que olvidan que proteger no significa impedir informar. Otras veces de funcionarios rodeados de barreras humanas que parecen diseñadas no para cuidar, sino para alejar la verdad. Y en ocasiones, incluso de ciudadanos que, en medio del dolor o la tensión, descargan su frustración contra quien simplemente sostiene un micrófono.
Pero el periodista no está ahí por capricho. Está ahí porque alguien tiene que contar lo que pasa. Está ahí porque cuando ocurre una tragedia, un abuso, un accidente o una denuncia, la sociedad necesita ojos que miren y voces que narren. Y esos ojos y esas voces, muchas veces, son los de la prensa.
La paradoja es evidente: somos impertinentes, pero también somos los más solicitados. Se nos pide presencia cuando se necesita visibilidad. Se nos pide cobertura cuando se busca justicia. Se nos pide difusión cuando se quiere presión pública. Pero al mismo tiempo se nos exige silencio cuando la pregunta incomoda.
El periodismo no funciona así. Preguntar no es una falta de respeto. Insistir no es un delito. Informar no es una provocación.
El trabajo del periodista, aunque a veces resulte incómodo, es precisamente ese: incomodar cuando es necesario. Porque muchas verdades importantes solo aparecen cuando alguien decide no quedarse callado.
Ser periodista en la calle no es sencillo. Se trabaja en medio de sirenas, tragedias, tensiones y emociones desbordadas. A veces bajo el sol, a veces bajo la lluvia, muchas veces bajo presión. Pero siempre con la misma responsabilidad: que lo que ocurre no quede oculto.
Por eso sí, quizá seamos impertinentes. Impertinentes porque preguntamos cuando otros callan. Impertinentes porque insistimos cuando otros prefieren pasar la página. Impertinentes porque creemos que la verdad merece espacio. Pero también, y eso es lo que a veces se olvida, somos necesarios.
Porque cuando nadie cuenta lo que pasó, lo que queda no es tranquilidad. Lo que queda es silencio. Y el silencio, en una sociedad, suele ser mucho más peligroso que cualquier pregunta incómoda.