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Haití siempre tiene quien le defienda

Haití siempre tiene quien le defienda.
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Panorama Opinión. Las personas de fe decimos que Dios aprieta pero no ahorca. En el caso de Haití, el dios de los vecinos lleva décadas apretando con saña ese tercio occidental de La Española, pero siempre aparece alguien para aliviar la presión —no sobre Haití, sino sobre quienes lo rodean— logrando que la crisis siga siendo exportable antes que resoluble. La paradoja haitiana no es la de un pueblo sin defensores. Es la de un pueblo cuyos defensores jamás defienden nada que tenga que ver con Haití: no ofrecen soluciones, ofrecen el lado oriental.

Nueva York tiene alcalde nuevo. Los dominicanos, un escaño menos.

El 25 de junio, la Corte Suprema de los Estados Unidos autorizó a la administración Trump a eliminar el Estatus de Protección Temporal para 350,000 haitianos, exponiéndolos a deportación. Dos días antes, en las primarias demócratas del Distrito 13 de Nueva York, Darializa Ávila Chevalier —de 32 años, quien asegura ser hija de padres dominicanos, aunque persisten dudas al respecto dado que su biografía pública ha sufrido modificaciones notorias— derrotó al congresista Adriano Espaillat, primer dominicano-americano en el Congreso, con cinco mandatos y la presidencia del Caucus Hispano. El asiento que ocupaba un dominicano pasó a manos de una candidata que había publicado que el nacionalismo dominicano le parecía “violento” y que lamentaba que la isla no fuera “una Quisqueya libre, negra y unificada”. Al ser interrogada en radio sobre esas posiciones, abandonó la entrevista. El impulso decisivo en su campaña lo dio el alcalde Zohran Mamdani —quien días después prometió proteger a esos mismos 350,000 haitianos que Trump quiere deportar.

La secuencia geográfica es instructiva: lo que Trump rechaza en sus fronteras, Mamdani lo protege en su ciudad, y la candidata que ambos sustentan le explica a la diáspora dominicana que el orgullo nacional de sus abuelos es un defecto de carácter. La solución nunca es Haití. La solución siempre somos los demás.

La pléyade

Existe una arquitectura internacional de buen nombre y presupuesto generoso dedicada a señalar a la República Dominicana como el problema central del drama haitiano: Human Rights Watch, Amnistía Internacional, la CIDH, una constelación de ONG’s con sede en capitales donde jamás ha llegado una migración irregular masiva, multilaterales que llevan décadas produciendo informes sobre La Española sin haber logrado que Puerto Príncipe tenga agua potable o que Cité Soleil deje de ser un feudo de pandillas. La lógica es siempre la misma: cuanto más se presione a Santo Domingo para que absorba lo que Puerto Príncipe no puede contener, menos urgente resulta resolver lo que ocurre en Puerto Príncipe. El nuevo Código Penal dominicano, vigente desde agosto de 2026, sanciona a directores de centros educativos que excluyan a menores haitianos con matrícula activa. Es decir: el sistema legal dominicano penaliza a sus propios funcionarios si priorizan a niños dominicanos sobre niños haitianos ya inscritos. Esos mismos estándares no han generado condena internacional comparable contra las pandillas que hoy controlan más territorio haitiano que el propio Estado.

El paralelo que no se puede ignorar

En un artículo anterior escribíamos sobre el fuñío dominicano, ese ciudadano aplastado por la carestía, la inseguridad y la ineficiencia estatal, al que nadie escribe cartas de buenas noticias. El fuñío dominicano tampoco recibe defensores internacionales. Nadie en Ginebra redacta informes sobre las víctimas del Jet Set esperando justicia, ni sobre los dominicanos con estatus migratorio vulnerable en otros países. La asimetría no es casual: es funcional. Haití como estado fallido es, para muchos de sus defensores, más útil que Haití como estado funcional.


A los dominicanos no nos llegan misivas de buenas nuevas. Y de malas, nos llegan dobles: las propias y las ajenas que nos asignan por decreto.

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