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El templo y el poder: cuando las instituciones olvidan para qué existen

Defensor del Pueblo, Pablo Ulloa
Defensor del Pueblo, Pablo Ulloa
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Por: Pablo Ulloa, Defensor del Pueblo

Panorama Opinión. En el siglo I, el templo de Jerusalén no era únicamente el centro espiritual del pueblo judío; era también su eje económico, social y regulador. Allí convergían peregrinos de distintas regiones, se realizaban intercambios de moneda —necesarios para el pago del tributo religioso— y se vendían animales destinados a los sacrificios prescritos por la ley. Todo operaba dentro de una lógica estructurada, aceptada e incluso legitimada. Pero como ocurre en toda construcción humana, el límite entre lo necesario y lo distorsionado podía desdibujarse con el tiempo.

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Es en ese contexto donde ocurre uno de los episodios más contundentes de la vida pública de Jesús. Los evangelios lo registran sin matices: “Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones” (Evangelio de Mateo 21:13). No es un gesto simbólico ni una reacción impulsiva. Jesús expulsa a los mercaderes, vuelca las mesas de los cambistas y confronta directamente un sistema que, aun siendo funcional, había comenzado a perder su sentido.

El hecho de que este episodio aparezca en los cuatro evangelios no es casual. La Iglesia primitiva lo preserva porque reconoce en él una advertencia estructural: incluso las instituciones que nacen con propósito legítimo pueden deformarse cuando se subordinan a lógicas de interés, control o conveniencia.

El problema, por tanto, no era el templo en sí, ni la existencia de un orden organizativo para el culto. El problema era más profundo: la sustitución del sentido por la mecánica, de la devoción por la transacción, de la fe por la funcionalidad. Allí donde el acto religioso se convierte en trámite, pierde su esencia. Allí donde el espacio sagrado se somete a dinámicas de privilegio o lucro, se vacía de contenido.

Santo Tomás de Aquino advertía que el culto externo solo tiene valor cuando está ordenado a la verdad interior. Cuando esa conexión se rompe, la práctica permanece, pero el significado desaparece. Siglos después, Francisco insistirá en la misma línea: la fe no puede reducirse a estructuras que se sostienen a sí mismas sin servir al propósito que les dio origen (Evangelii Gaudium, 2013).

Lo que ocurre en el templo no es un hecho aislado del pasado. Es una constante en la historia de las instituciones. Todo sistema —religioso, político o social— puede conservar su forma mientras pierde su alma. Funciona, opera, se legitima… pero deja de cumplir su propósito. Y cuando eso ocurre, la corrección no nace desde la comodidad, sino desde la confrontación.

¿Qué sucede cuando las estructuras que deberían servir a la verdad comienzan a servirse a sí mismas? ¿Qué ocurre cuando la legitimidad descansa más en la costumbre que en el sentido? La escena del templo plantea estas preguntas con una vigencia que atraviesa el tiempo.

En los recorridos por comunidades, hay una frase que se repite con una naturalidad preocupante: “la institución está, pero no funciona para mí”. No es ausencia total lo que la gente describe, sino una distancia persistente entre lo que debería ser y lo que realmente ocurre. Y en esa brecha —silenciosa pero constante— es donde comienza a erosionarse la confianza.

Hoy, esa distorsión no es ajena a nuestra realidad. Cuando las instituciones se vuelven lentas, inaccesibles o más preocupadas por sostenerse que por servir, lo que está en juego no es solo su eficiencia: es la confianza de la gente. Y cuando esa confianza se debilita, no se afecta únicamente la gestión; se erosiona el vínculo entre el Estado y la ciudadanía.

El gesto de Jesús no es un rechazo a la institución; es una llamada a su purificación. No destruye el templo: lo devuelve a su sentido. Y en ese acto se revela una clave fundamental para comprender el ejercicio del poder: las instituciones no se sostienen por su existencia, sino por su coherencia con el propósito que las justifica.

Porque, al final, la pregunta no es si las estructuras funcionan. La pregunta es si sirven. Y la respuesta no se mide únicamente en eficiencia, sino en verdad, en dignidad y en su capacidad de construir bien común.

Por eso, más que sostener estructuras, el desafío es construir un Estado que funcione para la gente, donde las instituciones no se protejan a sí mismas, sino que sirvan con sentido, y donde el bien común no sea un discurso, sino una práctica cotidiana.

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