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El sustento para la corrupción

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Panorama Opinión. El acto corrupto supone una compleja red de actores que se mueven inequívocamente entre dos polos fundamentales de la sociedad: el Estado y el mercado.

El poder y el negocio, la política y la ganancia se asocian en una vinculación delictiva que reúne dos universos de la vida en sociedad, lo público y lo privado.

No es fácil imaginar actos de corrupción en los que no aparezca una cadena, en uno de cuyos extremos está un funcionario público y en el otro, un ciudadano del mundo privado. Esa relación no es asimétrica pues ambos obtienen ventajas, y el provecho deriva de que se produce un intercambio de valores cuya dimensión es difícil e irrisoria.

El caso típico de corrupción sería el del funcionario desleal con sus obligaciones públicas, que traiciona a cambio de dinero. La autoridad es pública y se espera que responda a las expectativas generales y no particulares. Lo que más indigna en la corrupción no es su posible inmoralidad, sino esa ruptura implícita en la falta de lealtad de una persona de quien se espera que debe ser fiel por la posición que ocupa, en la relación en cuyo interior se produce el acto corrupto.

La conducta corrupta, por tener una fuerte motivación íntima, tiende a no ser pública. Más bien dicho, ocurre como un acto clandestino, silencioso, ignorado por todos. En la relación de corrupción entre el que ofrece y el que recibe hay una complicidad. Hay una relación de deslealtad e hipocresía porque el corrupto cobra, traiciona y finge.

Es importante señalar el carácter excepcional de la corrupción, que no lo pierde aun cuando pareciera generalizarse o mantenerse. Siempre tendrá rasgo de la anormalidad culpable. La gravedad de la corrupción no puede establecerse de una vez por todas porque está en función de los criterios que una comunidad tiene acerca de lo que es leal o no.

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