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“El ojo que todo lo ve”

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Por Rolando Espinal, creador de contenido y empresario domínicoamericano

Panorama Nacional. Hay una máxima en el mundo de la inteligencia que pocos conocen, pero que todos los que hemos vivido entre dos naciones aprendemos temprano: el tigueraje de la calle puede esquivar a la policía, puede burlar a los políticos, puede hasta comprar jueces. Pero cuando te descuidas y crees que le ganaste la partida al sistema, cuando te pasas de listo y piensas que el tío Sam está distraído, es justo ahí cuando tocan la puerta. Y no tocan suave. Tocan con la fuerza de treinta años de experiencia, con la paciencia de un depredador que sabe esperar.

Lo que ocurrió la semana pasada en la Embajada de Estados Unidos en Santo Domingo no es un escándalo más en la larga lista de corrupción que asola nuestros países. Es un parteaguas. Es un terremoto silencioso cuyas réplicas sentirán no solo los servicios de inteligencia dominicanos, no solo los funcionarios de la DEA, sino todos los que creen que pueden jugar con las reglas del imperio y salirse con la suya.

Permítanme explicarles por qué este caso me toca tan de cerca, no solo como empresario que ha construido puentes entre República Dominicana y Estados Unidos, sino como alguien que ha visto desde la primera fila cómo operan las agencias cuando huelen sangre.

La caída del ángel

Cuando la embajadora Leah F. Campos ordenó el cierre temporal de la oficina de la DEA dentro de la embajada, muchos pensaron que se trataba de un simple reajuste administrativo. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurrió fue una «poda quirúrgica», como la llaman en los círculos de inteligencia. Se extirpó un tumor que estaba carcomiendo desde adentro uno de los programas más sensibles de la cooperación antinarcóticos: el sistema de visas S-6.

Para el que no lo sepa, las visas S-6 son el premio mayor para un informante. Son la puerta de entrada a Estados Unidos, la posibilidad de empezar una nueva vida a cambio de información que salva vidas y desarticula cárteles. Son, en esencia, un pacto de sangre entre la agencia y su fuente.

Ahora resulta que ese pacto, esa moneda de cambio tan sagrada, estaba siendo utilizada como mercancía de mercado persa. El supervisor Melitón Cordero, un hombre de la casa, un tipo que había jurado proteger esos secretos, está acusado de patrocinar visas para personas que no calificaban, posiblemente a cambio de beneficios personales. Y cuando digo «personas que no calificaban», no hablo de pobres diablos que exageraron su colaboración. Hablo de infiltrados, de gente con vínculos que nunca debió acercarse a una fuente clasificada.

La pregunta que todo dominicano debe hacerse es: ¿cuántos casos se contaminaron? ¿Cuánta información sensible quedó comprometida? ¿Cuántos operativos en territorio dominicano fueron quemados porque el que estaba al otro lado de la mesa resultó ser un mercader?

La ruta de la investigación: así se cazan los listos

Y aquí viene lo que realmente debería helar la sangre de cualquiera que esté leyendo esto y tenga algo que esconder. La investigación no la hizo un novato recién salido de Quantico. La hicieron treinta años de experiencia, la hicieron los mismos mecanismos que el corrupto creyó poder engañar.

El proceso fue de manual. Primero, una alerta silenciosa en el Sistema de Rastreo de Visas del DHS. Demasiadas solicitudes S-6 con un mismo patrocinador. Demasiados perfiles que no cerraban. Luego, la fase de contrainteligencia, donde agentes del Departamento de Seguridad Nacional, no de la DEA para mantener la objetividad, empezaron a tirar del hilo. Movimientos bancarios, comunicaciones, perfiles cruzados. El famoso «follow the money» que tanto hemos visto en las películas, pero que en la vida real toma meses de paciencia monástica.

Y cuando tuvieron el caso armado, cuando cada pieza del rompecabezas encajaba, no fueron con rodeos. No hubo advertencias. No hubo «oportunidad de renunciar discretamente». Hubo una decisión ejecutiva: cerrar la oficina primero, arrestar después. Congelar la operación para que ningún cómplice pudiera destruir evidencia. Cortar la cabeza del dragón antes de que la cola supiera que estaba herida.

Eso, señores, es eficiencia. Eso es el sistema mostrando sus dientes.

El polluelo de Cisne Negro

Ahora, déjenme compartir con ustedes una reflexión que me ronda desde que conocí los detalles del caso. En el mundo de la inteligencia, llamamos «Cisne Negro» a esos eventos imposibles de predecir, de impacto masivo, y que una vez ocurridos, todos dicen que era obvio que pasarían. El 11-S fue un Cisne Negro. La caída de la Unión Soviética, otro.

Lo que tenemos en Santo Domingo es un polluelo de Cisne Negro. Es pequeño, parece insignificante, parece un caso aislado de un tipo que se desvió del camino. Pero cuando un programa de seguridad nacional es violado durante años, cuando los protocolos más sagrados son pisoteados, es muy poco probable que solo una persona lo supiera.

La pregunta que nadie quiere hacer en voz alta es: ¿y si este tipo es solo el primero que atrapamos? ¿Y si esto es una «bandada» de esa «rara avis» que resulta no ser tan rara? Porque cuando un método funciona, cuando un oficial descubre que puede traficar con visas sin ser detectado, lo más probable es que se lo cuente a su amigo en la oficina de Bogotá, o al colega en la embajada de México, o al compadre que trabaja en Honduras.

Y si eso es cierto, lo que estamos viendo no es el final de una historia, sino el principio de una purga que puede sacudir los cimientos de la cooperación antinarcóticos en todo el hemisferio.

El mensaje para los listos

Y aquí quiero detenerme, porque esto va dedicado a todos los que están leyendo y creen que pueden jugar con fuego.

A los funcionarios dominicanos que reciben «colaboraciones» y cierran los ojos: miren lo que pasó. La DEA, la agencia más poderosa en la lucha contra el narcotráfico, no dudó en investigar a los suyos, en cerrar su propia oficina, en arrestar a su propia gente. ¿Creen ustedes que van a dudar en investigarlos a ustedes?

A los empresarios que han construido fortunas sobre favores mal habidos: el sistema tiene memoria. No se olvida. Puede que hoy estén tranquilos, pero cuando menos lo esperen, cuando crean que ya pasó el peligro, tocarán la puerta.

A los políticos que negocian con la inteligencia extranjera como quien negocia en un mercado: esto no es un juego. La información que manejan estas agencias no es para presumirla en cócteles ni para usarla en chantajes baratos. Cuando traicionan esa confianza, cuando creen que pueden engañar al tío Sam, el despertar es brutal.

Lo hermoso del sistema estadounidense, lo que lo hace diferente a todo lo que conocemos en nuestros países, es que tiene mecanismos de autocorrección implacables. Puede haber un corrupto, puede haber diez, pero el sistema mismo está diseñado para cazarlos. No importa que sea un agente con veinte años de servicio. No importa que sea un supervisor. No importa que tenga contactos en Washington. Cuando la evidencia está sobre la mesa, cae.

El precedente que no podemos ignorar

Y no es la primera vez. Recordarán el caso del exagente de la CIA condenado en enero pasado a cinco años de prisión por usar su placa para proteger a amigos narcotraficantes. Aquello fue en Miami, en territorio americano, y aún así cayó. ¿Qué les hace pensar que en Santo Domingo, en Bogotá o en Ciudad de México la cosa será diferente?

El mensaje es claro: la misión está por encima del hombre. Los principios están por encima de las lealtades personales. Y cuando alguien olvida eso, cuando alguien confunde el poder con impunidad, el sistema se encarga de recordarle quién manda.

Lo que viene para República Dominicana

Ahora, hablemos de nosotros. De lo que esto significa para el país que nos vio nacer.

El gobierno de Luis Abinader ha sido un aliado firme de Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico. Ha cedido espacios en bases militares, ha cooperado en operativos, ha puesto soldados en la línea de fuego. Esta crisis, lejos de debilitar esa alianza, la fortalece, porque demuestra que cuando hay corrupción, se actúa.

Pero ojo, también es una advertencia. Si la DEA fue capaz de investigar a los suyos con esta crudeza, si fueron capaces de cerrar una oficina que operaba desde finales de los 80, imaginen hasta dónde están dispuestos a llegar si encuentran corrupción del otro lado de la mesa.

Los funcionarios dominicanos que trabajan con estas agencias deben entender algo: la confianza es el único activo que importa. Y cuando se pierde, no se recupera. Un programa violado queda en cuarentena para siempre. Cada informe firmado por un oficial corrupto se convierte en papel mojado. Cada caso que tocó queda manchado de por vida.

La moraleja final

Termino con esto, y que me perdonen los sensibles.

En treinta años de ver cómo opera este mundo, he aprendido que las redes más difíciles de romper no son las de los cárteles. Esas, al final, siempre caen. Las más peligrosas, las más difíciles de desarticular, son las que se tejen dentro de las propias trincheras, usando nuestros códigos, nuestra confianza, nuestras propias armas en nuestra contra.

El caso del supervisor Cordero es un recordatorio brutal de que el precio de la libertad es la vigilancia perpetua. Pero también es un recordatorio de que, por más listo que te creas, por más cuidado que tengas, por más protegido que te sientas, el sistema siempre, siempre, siempre te termina encontrando.

Así que ya saben, mis amigos. Si están pensando en jugar vivo, si están considerando cruzar esa línea, si creen que pueden engañar al que todo lo ve, recuerden esto: cuando menos lo esperen, cuando ya se hayan olvidado de este artículo, cuando estén durmiendo tranquilos en su cama, van a escuchar ese golpe en la puerta.

Y no será el cartero.

Rolando Espinal es creador de contenido y empresario domínicoamericano con más de dos décadas de experiencia en negocios entre República Dominicana y Estados Unidos. Las opiniones expresadas en este artículo son de su exclusiva responsabilidad y no representan la posición de ningún organismo oficial.

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