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El engaño de la felicidad

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Panorama Opinión. La felicidad es el único objetivo que se comporta como un gato: si la persigues, huye; si te ocupas de otra cosa, se te sube encima. Y lo digo no como quien ya venció esa debilidad, sino como alguien que también ha caído en ella. Yo también he pensado: “Seré feliz cuando tenga esto”, “seré feliz cuando logre aquello”. Pero ahí está precisamente el engaño: vivir posponiendo la felicidad para un futuro que nunca termina de llegar.

Nos han vendido la mentira de que la felicidad es un destino final. Que está en la casa nueva, en el vehículo más moderno, en el aumento de salario, en el cargo, en el ascenso, en el reconocimiento o en la próxima conquista. Pero la vida nos demuestra otra cosa. Uno compra un motor y al poco tiempo quiere un carro. Compra el carro y luego quiere una jeepeta. Compra la jeepeta y después quiere una más moderna. Y hay otros que hasta compran una avioneta y después quieren un avión ✈️ jet privado o un Boeing 737-500. Y así pasa con las casas, con el dinero, con los logros y con casi todo lo humano.

Es más, por qué no decirlo: a muchos hombres nos pasa con las mujeres. Consigues una relación y luego buscas otra, creyendo que la próxima será la que te dará esa felicidad definitiva. Y es algo que humanamente no podemos controlar.

Y eso no lo digo yo. La psicología estudió este fenómeno y lo llama la cinta hedónica: esa tendencia del ser humano a acostumbrarse rápidamente a lo que consigue. El placer inicial se desvanece, el cerebro se adapta y pronto exige un nuevo estímulo. Lo que ayer era un sueño, mañana se convierte en rutina.

Napoleón Bonaparte dijo una vez que la mayor conquista que puede lograr un ser humano es conquistarse a sí mismo. Y resulta interesante que esa reflexión viniera de uno de los hombres que más territorios conquistó. Persiguió el poder y la expansión de su imperio, pero terminó derrotado, exiliado y humillado. Quizás su propia vida nos recuerda que es más fácil conquistar territorios que conquistarse a uno mismo.

Pero aquí quiero ser sincero: yo no soy cristiano practicante, aunque creo en Dios. Y el pastor José Cueto, a quien a veces visito en la Iglesia Bautista Vida Eterna del Señor Jesucristo, probablemente me diría que la verdadera felicidad está en Cristo. Quizás ese vacío que describo, ese que me empuja a buscar la próxima meta, para un cristiano tiene otra respuesta. Él me diría que la verdadera paz no viene de las cosas ni de los logros, sino de vivir en la fe y en Dios.

Por eso la felicidad no puede depender solo de poseer cosas. Las cosas pueden dar comodidad, satisfacción momentánea o placer, pero no necesariamente paz. Y ahí es donde muchos nos perdemos: confundimos placer con felicidad, logro con plenitud y acumulación con sentido.

La verdadera felicidad no nace de perseguirla directamente. Nace de crecer, aportar, amar, servir, conocerse a uno mismo y vivir con propósito. Nace de hacer lo que importa, no solo lo que impresiona.

Quizás la solución sea dejar de perseguir al gato. Dejar de obsesionarnos con ser felices y empezar a construir una vida con sentido. Porque cuando uno vive con propósito, la felicidad llega sola, como un regalo, cuando menos la busca.

Y, paradójicamente, mientras menos la necesitas, más aparece.

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