Opinión

Educación, al borde de una tragedia

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En nuestras sociedades, la educación debería ser el faro que ilumina el camino hacia un futuro prometedor y lleno de oportunidades. Sin embargo, la realidad que enfrenta nuestro sistema educativo se asemeja más a una nave a la deriva, amenazada por las tormentas del descuido y la negligencia. La ineficacia en la gestión del Ministerio de Educación, encabezado por el ministro Ángel Hernández, ha puesto a la educación al borde de una tragedia.

La mala gestión en el Ministerio de Educación recuerda trágicos episodios como el de OISOE, donde un arquitecto se quitó la vida debido a acorralamientos financieros. Actualmente, aunque no se trata de sobornos, la situación ha empeorado: los pagos a los distritos educativos se retrasan, impidiendo que estos, a su vez, cumplan con los ingenieros contratistas. Esta asfixia económica alarma a los ingenieros que habían visto en el sector educativo una salida ante la falta de empleo.

Los problemas que aquejan a una institución tan vital no siempre son visibles a simple vista, pero sus efectos son devastadores. La frase «Me vi al agua y vi a un gigante en el espejo», atribuida a Hernández, aunque críptica, refleja una dolorosa verdad: la arrogancia y la falta de introspección pueden ser mortales. Señor Hernández, usted ha subestimado la magnitud de su rol, y los resultados están a la vista.

Un ejemplo claro de esta mala gestión se refleja en la dependencia del Ministerio llamada Mantenimiento e Infraestructura Escolar, dirigida por el Ing. Fernando Taveras. Esta entidad debería procurar que las instalaciones escolares estén en óptimas condiciones para ofrecer un ambiente propicio para el aprendizaje. Inicialmente, esta dirección funcionaba con eficacia y normalidad, dando apoyo y soporte a los ingenieros responsables del mantenimiento correctivo de las escuelas. En principio, se trataba de una iniciativa loable, que fomentaba el trabajo de numerosos ingenieros. Sin embargo, en tiempos recientes, esta dirección se ha convertido en un fiasco económico para estos profesionales de la ingeniería.

La gestión actual solo ha servido para evidenciar las profundas fallas administrativas. Los ingenieros contratistas, vitales para el mantenimiento de nuestras escuelas, muy lejos de recibir el pago inicial del 20% de sus contratos y el pago de las cubicaciones por avance de las obras, se ven obligados a financiar ellos mismos el proyecto: desde el inicio, pagando mano de obra, suministros y la pintura inicial y final. Para colmo, deben esperar de 7 a 12 meses para recibir su pago, lo que convierte lo que debería ser un negocio viable en una burla y una pérdida. Hace un año, el régimen de pagos era puntual a 45 o 60 días, pero actualmente algunos ingenieros llevan más de un año sin recibir el pago por su trabajo. Este es un claro ejemplo de cómo una mala administración puede tener repercusiones estremecedoras en el sector educativo.

La falta de cumplimiento en acuerdos financieros no solo estrangula la viabilidad económica de los ingenieros contratistas, sino que también perpetúa el estado de deterioro de las instalaciones escolares. Los docentes y estudiantes terminan siendo las víctimas de esta cadena de negligencia, obligados a trabajar y aprender en entornos que no cumplen con las mínimas condiciones de seguridad y funcionalidad.

Es imperativo que el ministro Ángel Hernández y sus colaboradores comprendan que la educación no es solo una política más dentro de un portafolio gubernamental. La educación es la clave para el desarrollo y el progreso de nuestra nación. La arrogancia y la indiferencia solo conducirán a un deterioro irreparable de nuestras generaciones futuras.

La solución pasa por una gestión comprometida y eficiente que respete los acuerdos financieros y administrativos. Deben implementarse políticas claras y precisas que aseguren el cumplimiento de pagos y la correcta administración de recursos. Solo así podremos evitar que la tragedia que se cierne sobre nuestro sistema educativo se materialice.

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