Panorama Opinión._ Venía manejando, sin prisa, con la mente en silencio, cuando de repente la radio hizo lo suyo. Y no en cualquier emisora, sino, para mí, la mejor del país, la 88.1 FM, la de siempre, la que nunca cambió y la que vive de música romántica. Sonó Selena. Como la flor… con tanto amor… Y uno, casi sin querer, empieza a tararear. Hay canciones que no solo se escuchan, se recuerdan. Y hay recuerdos que no solo vuelven, duelen.
Mientras conducía, pensé en ella. En su éxito, en su alegría, en su futuro que parecía infinito. Pensé también en su historia personal, en la relación que tuvo con uno de sus músicos, en ese amor que su padre no quería y que tantos conflictos le trajo. Recordé la película y cómo, después de su muerte, muchos nos sumergimos en su vida, en su lucha, en sus sacrificios, en todo lo que tuvo que vencer para llegar a donde llegó. Y entonces, como un golpe seco en la conciencia, me volvió la misma pregunta de siempre: ¿cómo es posible que alguien se crea con el derecho de quitarle la vida a otro ser humano?
¿Quién le dio esa potestad a esa mujer para apagar de un tiro todos los sueños de Selena? Sus planes, sus esperanzas, su lucha, su esfuerzo, su historia de amor, su carrera construida a pulso, todo se desvaneció en un instante. Como una flor arrancada antes de tiempo.
Y aquí pido perdón a Dios, y a quien se sienta incómodo con lo que voy a decir, pero no puedo aceptar la idea de que esto sea simplemente “parte de la vida”. No lo es. No debería serlo. Porque el problema no es la muerte. El problema es que otro decida por ti cuándo te toca.
Y yo pregunto: ¿por qué Dios le dio al ser humano ese poder? No el poder de decidir sobre su propia vida, eso es asunto suyo, sino el poder de decidir sobre la vida del otro. ¿Y qué culpa tengo yo del pensamiento maligno de alguien más? ¿Por qué mis sueños, mis proyectos, mi historia tienen que depender del dedo nervioso o de la rabia de otro?
En momentos así recuerdo a grandes pensadores que también han reflexionado sobre el misterio de Dios y de la vida. Albert Einstein decía, con la humildad de quien escudriña el universo: “Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se ocupa del destino y de las acciones de los seres humanos”. Esta frase no es rechazo, sino reconocimiento de que hay preguntas que nos superan, de que la vida y el cosmos tienen una profundidad más grande que nuestra comprensión.
Y recuerdo también aquella estrofa de José Luis Perales cuando canta:
“Dímelo, Dios, quiero saber
dónde se encuentra toda la verdad.
Aún queda alguien que tal vez… lo sabrá,
pero yo nooo…”.
Y repito que no quiero que ahora digan que yo no creo en Dios o que soy ateo. Mi escrito no es un desafío a la fe, es el grito humano del que ve tanto dolor y no encuentra respuestas fáciles.
Entonces caigo en algo más profundo todavía. El caso de Selena es famoso, sí, pero no es único. Pasa todos los días. Le pasa a la madre que sale a trabajar y no vuelve porque alguien quería un celular. Le pasa al padre que ahorró peso a peso para comprarle algo mejor a sus hijos y termina tirado en una acera. Le pasa al joven que tenía planes, estudios, sueños. Le pasa a gente común, invisible, que nadie recuerda, pero que deja hijos esperando en una casa, una silla vacía en la mesa y un silencio que no se vuelve a llenar.
Estos ejemplos me confirman que no es un problema de fe, religión o de incredulidad, sino de humanidad. La pregunta no es si Dios existe o no. La verdadera pregunta es cómo convivimos con el mal, con el dolor y con el absurdo sin resignarnos a creer que todo eso es “normal”.
La canción sigue sonando mientras manejo. Como la flor… Y pienso que así mismo se van muchas vidas. Se marchitan no por el tiempo, no por la enfermedad, no por el destino, sino por la mano de otro ser humano que decidió jugar a ser, no Dios, sino Satanás, diría yo.
Creo que en la creación del mundo nada de esto debió ser. Eso no debió existir. No es normal. No es aceptable. No es “lo que toca”. Es un fracaso moral, humano y social. Es la prueba de que algo estamos haciendo muy mal cuando hemos aprendido a convivir con la muerte ajena como si fuera parte del paisaje.
Hoy fue Selena la que me vino a la cabeza por una canción y por una historia que el cine nos recordó después de su muerte. Mañana será cualquier nombre anónimo en un titular pequeño. Pero detrás de cada ser humano hay una historia, una familia y unos sueños que alguien se tomó el atrevimiento de borrar.
Y eso, Dios, tú me disculpas, pero simplemente es inaceptable.
LA VIDA