Panorama Opinión. -Debo confesar algo: no soy de ver series en Netflix. Lo mío siempre han sido los documentales y las películas basadas en hechos reales. Y cuando quiero desconectarme, me refugio en la buena música: esas baladas de los años 80 que, a mi juicio, marcaron una época de oro, no solo en lo artístico, sino también en lo social.
Sin embargo, una persona muy cercana me insistió en que le diera una oportunidad a “Bon appétit, majestad”, una serie surcoreana que mezcla amor, drama, fantasía y, de manera encantadora, el arte culinario y la buena comida. Cedí… y, créanme, valió la pena.
Me atrapó desde el primer capítulo. Quise verla completa en una sola noche, pero Netflix iba subiendo los episodios por semana. Hoy ya están todos disponibles, y si algo puedo asegurar es que vale cada minuto.
Más allá de su historia, la serie nos muestra algo que ocurre en todos los niveles sociales, en cualquier época: la maldad humana. Intrigas, envidias, manipulaciones… pero también la redención. Porque, como le dice el protagonista a la maldad hecha persona en una escena memorable:
“Quien rige mientras sostiene un cuchillo, acaba siendo cortado con el mismo filo.”
Esa frase se queda grabada. Resume perfectamente el mensaje central de esta historia: la maldad puede avanzar, hacer ruido, parecer que domina… pero nunca triunfa.
Al final, el amor repito, el amor y el bien prevalecen.
En la trama, la protagonista una chef de nuestro tiempo viaja al pasado (1494–1506) y se convierte en cocinera del rey Yi Heon, personaje inspirado en Yeonsangun, uno de los monarcas más polémicos de la dinastía Joseon. A través de su oficio, la joven logra cambiar el corazón de un hombre endurecido por el poder, recordándole que hasta en los palacios más fríos puede encenderse la ternura… y que un simple plato bien preparado puede unir a dos almas separadas por quinientos años.
La serie, basada en la novela web Surviving as Yeonsangun’s Chef, se adentra con elegancia en esa mezcla entre historia, romance y cocina.
Y no es solo mi opinión: “Bon appétit, majestad” se ha colocado entre las diez series surcoreanas más vistas de Netflix en 2024, alcanzando millones de reproducciones y una recepción crítica muy positiva. Eso confirma que su éxito no fue casualidad, sino el resultado de una historia bien contada y una producción de gran nivel.
Después de terminarla, me puse a investigar más sobre su realización y descubrí un detalle interesante: el actor principal, Lee Chae-min, fue elegido de último momento tras la salida del actor original. Sin embargo, su interpretación fue tan precisa que el propio director confesó sentirse “120 % satisfecho” con el cambio.
Así es la vida: los giros inesperados terminan dándonos lo mejor.
Lo mismo ocurrió con Gladiator: Russell Crowe no era la primera opción para interpretar a Máximo Décimo Meridio. Los productores querían a Mel Gibson, pero él rechazó el papel… y el resto es historia. A veces, los caminos que no estaban previstos resultan ser los verdaderos destinos.
Como espectador, terminé con una sensación agridulce: satisfacción y, al mismo tiempo, ganas de más. Por eso, mi llamado a Netflix es claro: creo que no solo mi amiga y yo pensamos igual… muchos quedamos con hambre de historia. Hay personajes y emociones que merecen seguir cocinándose a fuego lento.
Y al sumergirnos en las actuaciones y la narrativa de la trama, uno se da cuenta de que no se trata simplemente de una serie romántica ni de un drama de época.
En el fondo, es un espejo de nuestros tiempos: esa maldad de hace quinientos años sigue viva hoy, disfrazada de poder, ambición o vanidad.
Pero, igual que en la serie, puede reinar… aunque nunca para siempre.
Porque la vida, como una buena receta, premia al final a quienes eligen el amor y el bien, incluso cuando todo parece perdido.
Es como el fuego: puede arder, la traición puede herir y la maldad parecer invencible… pero nada detiene lo que está hecho con pureza y con amor.
Al final, el tiempo pone todo en su sitio: los falsos se apagan, los mezquinos se hunden y los que amaron de verdad siguen de pie, con el alma limpia y la conciencia en paz.
LA VIDA