Panorama Opinión. La dinámica política latinoamericana está marcada por una confrontación geopolítica cada vez más activa entre los Estados Unidos de América y la República Popular de China. Esta rivalidad, lejos de ser una simple competencia diplomática, implica importantes aristas económicas, políticas, estratégicas y culturales que se manifiestan de acuerdo con la naturaleza de los intereses en juego por toda nuestra región.
El Caribe: De ruta colonial a epicentro de confrontación global en el siglo 21
El Caribe, históricamente relegado a segundo plano de atención internacional, salvo contadas excepciones, ha sido escenario de sucesos trascendentales para el desarrollo y el intercambio cultural de la humanidad. Desde la llegada de los primeros navíos europeos y la colonización, pasando por el repugnante tráfico de esclavos, hasta convertirse en un punto activo durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, esta región ha visto su destino entrelazado con los vaivenes del poder global.
Hoy en día el mar Caribe es mucho más que un espacio de tránsito marítimo o un destino turístico. Su ubicación estratégica lo convierten en un nodo fundamental para rutas comerciales globales, el tráfico ilícito de drogas y la explotación de recursos naturales como el petróleo, el gas natural y tierras raras, esenciales para la economía mundial.
La operación Lanza del Sur que se desarrolla bajo la Administración de Donald Trump a partir de los eventos recientes que resultaron en la captura y traslado del presidente venezolano, Nicolás Maduro hacia los Estados Unidos, ha confirmado ser un instrumento de presión política y militar cuyo alcance va más allá del simple combate del narcotráfico internacional para convertirse en la huella firme de la presencia determinante de dicha potencia como respuesta al avance que vienen teniendo la República Popular de China y la Federación Rusa, considerados adversarios geopolíticos y amenazas a los intereses estratégicos de Washington en América Latina y el Caribe, y donde Venezuela, además de la gran cantidad de reservas en recursos energéticos, se ha convertido en una plataforma geoestratégica que facilita la proyección de estas dos potencias, al igual que del Estado Islámico de Irán, como ya ha denunciado Israel en varias ocasiones.
El respaldo internacional de China y Rusia a la nación suramericana ha sido crucial para que el régimen chavista se mantenga en el poder. El veto de estas dos potencias ha permitido bloquear las iniciativas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que propugnaban para que el Gobierno venezolano permitiera una verdadera apertura democrática de respeto a los derechos humanos y a la libertad política. En tal sentido, esta acción militar de los Estados Unidos hay que visualizarla en el contexto de la larga e infructuosa gestión desarrollada por sectores de la comunidad internacional en procura de las garantías de estos derechos y que nunca encontraron la receptividad deseada ni las respuestas convincentes, siendo el último de estos esfuerzos, los que pedían el respeto de la voluntad popular expresada durante las pasadas elecciones presidenciales.
Esta presencia militar norteamericana en la región demuestra la supremacía de esta potencia en un teatro de operaciones caribeño que no es totalmente exclusivo pues Francia y los Países Bajos, naciones europeas aliadas en la OTAN, cuentan con importantes intereses estratégicos en varios territorios insulares que justifican la presencia permanente de unidades navales de sus respectivas armadas, al igual que la realización de ejercicios militares de manera periódica. Por lo que de esto se desprende una situación vinculante intrarregional que podría incidir en determinadas circunstancias, reforzando con ello el carácter internacional de interés por la región.
De los recursos naturales hasta la conectividad estratégica
El lecho marino caribeño además de albergar importantes reservas de petróleo y gas natural aumenta el valor estratégico de esta región con la existencia de los cables submarinos que permiten las comunicaciones intercontinentales, junto a infraestructuras críticas como refinerías, bases militares y puertos marítimos que están diseminados por toda la geografía regional. El control sobre estos recursos y las rutas marítimas es fundamental para las grandes potencias enfrentadas, que buscan garantizar su seguridad energética y la conectividad de sus cadenas de suministro. Es por ello que la República Popular de China ha venido realizando cuantiosas inversiones en infraestructura portuaria a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) lo que le ha permitido controlar alrededor de un tercio de los puertos de mayor calado en América Latina y el Caribe, y muestra un especial interés por las instalaciones portuarias relativamente cercanas a las costas continentales norteamericanas.
En tal sentido, la potencia asiática anunció el pasado año el cierre de un acuerdo millonario con el régimen cubano para ampliar y modernizar el puerto de Santiago, ubicado en la segunda ciudad de importancia en la isla. A partir de esta realidad, algunos expertos consideran que China podría utilizar estas instalaciones con fines estratégicos para incrementar la proyección de sus capacidades militares en enclaves cercanos al territorio estadounidense. Está agresiva estrategia ha repercutido en Washington debido a la posibilidad de que el Gobierno panameño firmara un acuerdo con empresas estatales chinas que invertirían en las instalaciones del Canal de Panamá, lo que provocó la rápida intervención de las autoridades norteamericanas quienes persuadieron a las homólogas panameñas para que desistieran en estos aprestos. Esta infraestructura marítima es vital para los fines para los intereses estratégicos hemisféricos de Estados Unidos pues dicho paso intraoceánico (Atlántico- Pacífico) es el único punto de estrangulamiento marítimo continental y una de las cinco rutas principales del comercio mundial, por donde transita algo más del 5% del volumen total de carga marítima anual, incluyendo alrededor del 40% del total anual de contenedores estadounidenses que transita a nivel global.
La ramificación sudamericana de esta confrontación geopolítica regional
La potencia asiática ha concentrado importantes esfuerzos de su estrategia expansionista en América del Sur enfocándose en la obtención de recursos naturales tales como el litio, entre otros, junto a extensos territorios agrícolas y puertos marítimos claves en el Pacífico, al igual que otras infraestructuras estratégicas y tecnológicas. Siendo estos elementos esenciales para fortalecer el suministro de materia prima alimenticia y energética mediante una cadena de suministros eficiente, al igual que para aumentar las capacidades en el monitoreo y transmisión de señales, lo que convierte en esta región en un socio vital para la seguridad alimentaria y energética, y para toda la economía China.
Este posicionamiento importante encontró un ambiente favorable a partir de la década del 2000, con el surgimiento de una serie de gobiernos progresistas y de izquierda, muchos de los cuales fueron producto de la evolución hacia la democracia de sectores de la vieja izquierda antiimperialista, siendo dicho fenómeno bautizado como la marea rosa, el cual se distinguió por brindar facilidades para que la potencia asiática obtuviera importantes concesiones sin aparentes licitaciones, gracias al uso discrecional de fondos provenientes de las empresas estatales chinas, que se destinaron a establecer relaciones especiales con funcionarios y políticos oficialistas bajo métodos cuestionables que expertos han denominado como la corrupción geoestratégica, que también ha permitido garantizar la gestión prestamista en un ambiente político latinoamericano caracterizado por la corrupción administrativa y la debilidad institucional.
Este esquema propenso a las malas prácticas ha sido además utilizado por China para emplear un modelo implacable de cobro de deuda y a la vez riesgoso para la soberanía de los países endeudados, que consiste en preferir el pago en materia prima o en la concesión para el manejo de infraestructuras críticas portuarias, tecnológicas o de otra naturaleza. Este ambiente de negocios, donde la seguridad jurídica es débil, es muy riesgoso para los inversionistas norteamericanos que se rigen bajo estructuras y exigencias legales muy estrictas.
En los actuales momentos, estos gobiernos progresistas y de izquierda están atravesando por una gran crisis de credibilidad como consecuencia del desgaste en el poder, la corrupción y la propia división interna, permitiendo el ascenso de los sectores políticos conservadores y de derecha más afines a los intereses de Washington; tal y como ha ocurrido en Argentina, Chile, Bolivia y probablemente en el futuro, en Colombia. Al mismo tiempo Estados Unidos bajo la administración Trump ha redefinido la famosa doctrina Monroe, que ha sido la base por largo tiempo de la política exterior norteamericana hacia el continente, dándole un giro más directo y agresivo que prioriza la búsqueda de recursos energéticos y para la industria tecnológica de última generación, a partir de una gestión donde los elementos políticos de expresión y disuasión forman una parte fundamental para frenar el avance de las potencias intrusas en una región que históricamente se ha planteado como parte de la esfera de poder norteamericana.
A pesar de todo esto, las capacidades de los Estados Unidos y su poder negociador serán puestos a prueba ante el gran desafío que representa la enorme cantidad de recursos financieros que puede mover la banca china con una mayor flexibilidad que se convierten en un atractivo para las necesidades de construir nuevas infraestructuras y de modernizar la industria, así como para la creciente diversificación de la economía latinoamericana hacia Asia y otros mercados emergentes que están siendo promocionados a través del mismo país bajo el esquema de la plataforma geopolítica y comercial BRICS. China marcha decidida hacia la meta financiera de que el yuan tenga una mayor presencia internacional para la economía mundial, siendo esto una amenaza contra la supremacía que ha tenido el dólar americano como Reserva Mundial por más de 75 años, al punto de que en la actualidad casi el 60% de las transacciones internacionales y las reservas en divisas de los Bancos Centrales son en esta moneda.
Según el Financial Times, los activos externos en yuanes de los bancos chinos, los préstamos, depósitos y bonos se han cuadruplicado hasta alcanzar los 480,000 millones de dólares en 5 años. El futuro inmediato de América Latina y el Caribe en esta administración Trump presenta un escenario cargado de desafíos para la toma de las decisiones estratégicas que pueden definir el futuro político y económico del continente y el resto del mundo. La tensión entre los intereses conservadores alineados con Washington y la apertura hacia nuevos socios comerciales configuran un panorama complejo y en ocasiones contradictorio, que se mantendrá activo en la medida en cómo marche la dinámica y la intensidad de la política exterior norteamericana bajo esta administración.