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Adictos al celular: por qué cuesta tanto soltar las redes sociales

Adictos al celular: por qué cuesta tanto desengancharse de las redes sociales
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Panorama Ciencia y Tecnología. Un artículo advierte que no se trata solo de “adicción”, sino de un sistema social, económico y tecnológico que hace casi imposible desconectarse. Cada vez más jóvenes intentan alejarse de las redes sociales. Sin embargo, la mayoría no lo logra por mucho tiempo.

Elvis Martínez

Según un análisis de The Conversation escrito por Francisco Muñoz Romero, profesor de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, cerca de un 30% ha considerado eliminar estas aplicaciones de sus teléfonos, aunque en la práctica el intento suele durar apenas días o semanas.

La explicación, plantea el autor, no está en la falta de voluntad individual. “La ‘culpa’ no es de ellos: es el sistema el que hace muy difícil vivir al margen”, afirma.

En ese sentido, más que hablar de un uso problemático, propone entender el fenómeno como un consumo estructural: “El sistema de medios y redes sociales digitales está diseñado para vivir consumiendo”.

Esta lógica ayuda a explicar por qué desengancharse resulta tan complejo.

Las redes sociales no son solo plataformas de entretenimiento, sino parte integral del funcionamiento cotidiano.

Desde pedir una hora médica hasta coordinar encuentros o realizar compras, gran parte de la vida moderna ocurre dentro de este ecosistema digital.

El impacto, además, va más allá de lo psicológico. Aunque términos como “adicción” o “consumo compulsivo” son comunes, el académico advierte que se quedan cortos.

“El concepto se queda corto para describir su complejidad”, señala, ya que también intervienen factores sociológicos, económicos e incluso políticos.

En su visión, estamos frente a “un nuevo proceso civilizatorio” que está redefiniendo la construcción de la identidad personal y social.

En este contexto, no sorprende que diversos estudios vinculen el uso intensivo de redes sociales con problemas como ansiedad, depresión o baja autoestima, especialmente en adolescentes.

Para los jóvenes, explica el autor, el mundo digital no es un espacio separado, sino una extensión de la realidad.

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Esto se vuelve especialmente relevante durante la adolescencia, etapa en la que se desarrolla el pensamiento abstracto y se forman las creencias.

Niños y adolescentes pasan en promedio cuatro horas diarias en redes sociales, donde pueden recibir hasta 1.750 contenidos distintos, es decir, uno cada diez segundos.

Esta sobrecarga, que mezcla información, entretenimiento, publicidad y contenidos sensibles, puede influir en la manera en que perciben el mundo.

“Si esto es lo que ven y es lo único que ven, es normal que se tome como ‘lo real’”, advierte.

Frente a este escenario, Muñoz plantea que la respuesta no puede limitarse a decisiones individuales.

Se requiere un enfoque más amplio que incluya regulación, educación y responsabilidad de las plataformas.

“La respuesta tiene que ser democrática, global y coordinada”, afirma, destacando el rol de las familias, los Estados y las empresas tecnológicas.

En última instancia, concluye, el desafío no es solo reducir el tiempo frente a la pantalla, sino aprender a convivir con un entorno digital que ya es parte estructural de la vida contemporánea.

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