Opinión

Abinader y las fronteras nacionales

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Panorama Opinión. Una nación se compone de su territorio, su población, su cultura, su lengua, sus tradiciones y sus organizaciones políticas internas.

El territorio lo compone todo aquello que encierran sus fronteras. Es decir la parte terrestre, sus mares y su espacio aéreo. Y es ese conjunto de cosas exigibles y jurídicamente respetables de donde proviene la palabra Soberanía, que encarna también un derecho colectivo para que la comunidad internacional se comporte respecto a esos bienes jurídicos como un ajeno a lo que nos es propio.

De ahí que podamos exigir que nos soliciten permiso para entrar a nuestra casa grande, la de todos. Y en la organización jurídico-política interna establecemos las reglas de quién y cómo puede usar estas posesiones sagradas.

Desde los también sagrados tiempos de nuestros padres forjadores, y aun desde antes, en las guerras de los imperios europeos por posesiones de ultramar, se establecieron fronteras, puertas muchas veces invisibles pero respetables e infranqueables. Desde siempre la violación a la frontera de un Estado respecto de otro Estado es una declaración de guerra, y la introducción de un individuo en territorio de un Estado sin su permiso se reputa ilegal y sancionable.

Los recuentos históricos hablan de que Trujillo, tenido como tiránico, dictador y sátrapa asesino, fue un cultor del respeto de nuestras fronteras y por ende de la soberanía nacional, claro está, porque entendía que la casa de todos era la casa propia y de nadie más.

En tanto que, Joaquín Balaguer, quizá el último gran gobernante soberanista dominicano, se ocupó de procurar el respeto a la cultura, el idioma, las tradiciones, la historia y las fronteras nacionales. Las fronteras no cayeron en sus gobiernos, en los cuales las fronteras fueron fronteras.

Los gobiernos peledeistas y sus pensamientos, un tanto más modernos, aupadores del libre comercio y de la nefasta globalización, mantuvieron intactas las fronteras como parte de la identidad nacional y la soberanía. Ni sus ideas liberales ni la cosmovisión de un mundo más integracionista movieron al desmonte de las fronteras y la desaparición de la soberanía que ello encarna.

Pero el país estaba destinado a que alguien sin vocación nacionalista, un empresario que prioriza en gananciales y costos y no en esas entelequias espirituales y emotivas, un pragmático con vocación mercurial, procurador de riquezas y heredero de muchas, gobernara esta bodega, y como tal lo hace.

Luego de comprar una reelección, que a poco de producirse convocaba a todos a tributar más y más para pagar su costo, el Presidente que cedió los aeropuertos a una empresa privada, sin licitación internacional, a precio de vaca muerta y por casi diez periodos gubernamentales, luego se sumergió en hacer desaparecer, en favor de intereses foráneos, estatales y particulares, las fronteras aéreas, como dice Alfredo de la Cruz, todo por Arajet, una vaina de unos empresarios como el presidente, que hará a estos cada vez más ricos en detrimento de la soberanía aérea del país.

Y de esa misma forma, el presidente usó todo su poder para conformar un Tribunal Constitucional y hacer ver como constitucionalmente viable, un acuerdo limítrofe marítimo en que el país reduce considerablemente sus fronteras acuíferas y sus intereses en las riquezas pesqueras, en la flora y la fauna marina y la casi segura existencia de petróleo y otras riquezas en el subsuelo marítimo, todo “por unos dólares más”.

Antes, con la mirada perdida de los incautos, reescribió las líneas limítrofes territoriales de las fronteras terrestres con Haití y cedió millones de metros cuadrados del territorio nacional, lo que se camufla con una falsa fortificación de la frontera y la militarización en un acto político usando militares en Dajabón, en la falsa defensa del río Masacre por una presa ilegalmente construida en Haití que nunca dejó de construirse por esas muestras de poder militar. Lo que unido al empobrecimiento sin precedentes en las provincias fronterizas, que obliga a los habitantes a migrar como exiliados económicos, dejando puestos y espacios que son ocupados por inmigrantes ilegales haitianos; horadan y disminuyen fronteras, soberanía, territorio, costumbres, cultura, idioma y el todo nacional.

Y para justificar todo ello y continuar con el lavado de cerebro colectivo, amén de llenar conductas ególatras, se pagan millones para comprar resultados de encuestas nacionales y extranjeras para ubicar en alto grado de valoración al mandatario, claro está, han cedido tanto de lo nuestro que uno debe suponer que no es de gratis, y por ende, pensar que tienen todo el dinero del mundo para comprar opinadores y medios en esta lamentable desdominicanización a la que estamos sometidos. Lo que obliga a preguntarse ¿Cuánto cuesta una valoración positiva presidencial en las encuestas de medición internacional y en las encuestas nacionales?, ¿Quién o quiénes pagan las encuestas y porqué y para qué? Bueno, el para qué es más que obvio, y la triple disminución fronteriza es uno de esos para qué.

Es lamentable tener que afirmar que, Duarte y sus Trinitarios construyeron las fronteras como pared de inicio de la nación y puerta infranqueable que abriga a la dominicanidad, y que Luis Abinader las destruye poco a poco pero de forma sostenida.

Por Valentín Medrano

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