Uncategorized

A volar, que el sol cambea

COMPARTIR

Panorama Opinión. Del jet presidencial a la luna de Hollywood: crónica de un país que no sabe si tiene alas o un par de blocks en los pies.

¡Cuando los muertos del Jet Set estremecen el cielo!

Que el dominicano tenga memoria corta es bien sabido, sin embargo, muchos recuerdan que, en septiembre de 2021, camino a la Asamblea Ordinaria de la ONU, el Primero entre sus iguales, su consorte y altos funcionarios fueron grabados acomodándose en un avión, no en primera clase, sino en la turista. En aquella ocasión se prohibieron los viajes en primera como medida de gasto eficiente. Al parecer la experiencia de viajar con mortales comunes fue horripilante, ya que ahora, en plena Furia Épica, nos enteramos de la compra de un jet de varios millones de dólares para uso presidencial. Seguramente algún pesito se consiguió suspendiendo el desfile del 30 de marzo. La austeridad del Ejecutivo brilla con esplendor.

No se queda atrás el canciller Roberto Álvarez, quien parece haber encontrado su verdadera vocación no en defender los intereses dominicanos sino en tender puentes hacia el otro lado de la frontera. Anunció la reapertura del espacio aéreo con Haití a partir de mayo: cielos abiertos con el país de las pandillas, la inestabilidad crónica y una GSF de estreno que todavía no ha demostrado nada. Todo esto mientras el dominicano de a pie no puede pagar el gas. Hay que ser cara dura.

Y hablando de vuelos, fue uno de bombarderos el que, aquel 28 de febrero, cambió el curso de la historia reciente, inaugurando la Primera Guerra Mundial Híbrida, donde hasta los comunicados de guerra vuelan más rápido que los aviones. Volare —cuyo nombre real es Nel blu, dipinto di blu— cumplió en 1958 la promesa que le hace el cielo azul a quien lo mira: que allá arriba todo es libertad y la gravedad es negociable. Qué ingenua, qué hermosa, qué ilusión tan bien cantada. Porque el tiempo vuela, sí, pero casi siempre hacia el lado que uno no quería.

Pero hay vuelos que nunca aparecen en ningún itinerario oficial. Esta semana se cumplen 42 años de las pobladas de abril de 1984. El gobierno —ayer PRD, hoy PRM— dijo 37 muertos en los primeros dos días. La prensa habló de más de 60. Los investigadores independientes documentaron más de 100 nombres. Algunos estimados llegan a 500. Cuarenta y dos años después, la República Dominicana sigue sin saber cuántos de sus hijos partieron en aquellos tres días. Los muertos del pueblo dominicano tienen esa peculiaridad triste: siempre son menos en el papel que en la realidad. Es una deuda que duele porque nunca prescribe.

Lo acabamos de confirmar una vez más con la inaudita inundación del 8 de abril, donde las lágrimas de la naturaleza exigieron la justicia que ciertos privilegiados están evitando que se les aplique en la tierra. El patrón no cambia: la tragedia siempre le cae más pesado a quien menos tiene.

En el argot popular, el dominicano exclama «cualquiera coge un vuelo y se degarita» ante situaciones sin remedio. El problema es que el mundo se ha complicado tanto que ya no quedan demasiados lugares adonde volar. Trump cierra fronteras, Europa supuestamente levanta muros, y el vecino Caribe arde. La ruta de escape que heredamos de nuestros padres ya no figura en ningún itinerario.

Y mientras tanto Artemis II completó su misión: primer vuelo humano más allá de la órbita terrestre desde 1972, y los conspiranoicos ya aseguraban desde TikTok que era otro montaje del mismo estudio donde grabaron la luna del 69. Porque en este siglo ya no se sabe si algo es verdaderamente real; todo parece ficción.

Preservemos la integridad del Tribunal Constitucional

Nos han quitado la esperanza, nos han matado la ilusión, nos sentimos atrapados entre fariseos y escribas. Entonces no queda más que la tradición popular: A volar, que el sol cambea. Pero cuidado con confundir el vuelo con la huida, la altitud con el progreso, y el jet presidencial con la austeridad.

© 2026 Panorama
To top