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Voltagabbana: el arte universal del acróbata político (Segunda parte)

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Panorama Opinión. Caín y Judas: los Precursores. La deslealtad política es tan antigua como la humanidad. Ya en el Génesis, Caín eliminó a su hermano Abel no por diferencias ideológicas sino porque Dios prefería las ofrendas del otro. El oportunismo fratricida como motor político: con ese origen, poco debería sorprendernos. Judas Iscariote, por su parte, vendió a Jesucristo por treinta monedas. Lo que lo redime mínimamente es que al menos tuvo la dignidad de arrepentirse y ahorcarse. Ningún tránsfuga contemporáneo ha demostrado semejante coherencia final. No se nos ocurra pedirles tanto.

Los Grandes del Viraje: Cuando la Historia Absuelve

No todos los que cambian de bando merecen el mismo veredicto. La historia registra giros que, con el tiempo, resultaron no ser traición sino lucidez. Winston Churchill es quizás el caso más célebre: cruzó el pasillo de los Comunes dos veces, del Partido Conservador al Liberal y de vuelta al Conservador, ganándose el epíteto de ser “el más liberal entre los conservadores y el más conservador entre los liberales”. No lo hundió. Lo inmortalizó. La diferencia, claro está, es que Churchill cambiaba de partido, pero nunca de principios. Sus convicciones lo precediían; el partido venía después.

En Francia, François Mitterrand protagonizó en 1983 el llamado tournant de la rigueur —el viraje de la austeridad—. Elegido en 1981 con una plataforma de expansión socialista, gobernando con ministros comunistas, hizo en dos años exactamente lo contrario: disciplina fiscal, reducción del déficit, orden presupuestario. La izquierda lo llamó traición; los historiadores lo llaman pragmatismo de Estado. El detalle que distingue a estos hombres de nuestros malabaristas locales es uno solo: ellos cambiaron de política cuando la realidad se los exigió. Los nuestros cambian de partido cuando la aritmética se los recomienda. Es la diferencia entre la convicción que evoluciona y el gabán que rota.

Los Partidos Promipymes y sus Campeones

Sin equivalente exacto en el ecosistema italiano: los partidos “promipymes”. Pequeñas empresas políticas —llámense UDC, PNVC, PAL, PDI o cualquier acrónimo que suene a código postal— cuya única actividad es alinearse con quien gane. Su ecuación: el poder cambia, nosotros cambiamos con él. Entre sus principales exponentes, citados con frecuencia en la prensa nacional y en programas de debate, tenemos a Luis Acosta Moreta (el Gallo), al General (r) Zorrilla Ozuna, a Modesto Guzmán y a Maritza López, que giran siempre alrededor del astro más brillante en cada ciclo.  Mérito aparte merece Justicia Social: un partido que irrumpió en el firmamento político cual cometa, enarbolando los principios más nobles del vocabulario progresista, para concurrir a las elecciones de 2024 aliado a otros veintiún partidos, apoyando la reelección de Abinader. Un giro de 180 grados que marea a cualquiera. El nombre sigue siendo hermoso. La (sorprendente) militancia fundadora en franca desbandada y regresando a sus antiguas casas.

En honor a la justicia —virtud que el análisis político también reclama— conviene aclarar que, si de un mercado persa se trata, nadie compra a quien no se vende. El transfuguismo es siempre una transacción de dos partes. La responsabilidad es compartida. Es innegable además que la naturaleza ha sido generosa con los dominicanos, dotándolos de agilidad, destreza y fortaleza, de ahí que el salto con garrocha sea un deporte muy popular en la política vernácula.

El Panteón Dominicano

El difunto Amable Aristy Castro, cuatro veces presidente del Senado, fue un maestro del arte de la adaptación: referencia histórica del PRSC, supo navegar los vientos cambiantes con destreza envidiable y sobrevivir a varios ciclos de poder. El mismo Partido Reformista ha sabido adaptarse a los vaivenes electorales con una maleabilidad digna de un premio Guiness; a pesar de ello hoy día se encuentra reducido a partido minoritario.

Luego está Guillermo Moreno, varias veces candidato presidencial por Alianza País, que en 2024 se postuló al Senado bajo el paraguas del PRM —partido con el que no siempre había coincidido—. No obtuvo la senaduría. Declaró que el acuerdo era “exclusivamente electoral”. El gabán prestado, devuelto en buen estado.

Los Más Nocivos: los que Juegan en Dos Bandos

Hay, sin embargo, una categoría que hace palidecer al simple tránsfuga: aquellos que no se van, sino que se quedan. El espía dentro del castillo. La quinta columna. El que brinda con usted en la cena y filtra la información al adversario antes del postre. En la República Dominicana esta figura es abundante y raramente llamada por su nombre: los que permanecen en un partido mientras cultivan relaciones paralelas con otro, por si acaso; los que asesoran a dos candidatos simultáneamente con la discrección que les da la experiencia; los que filtran documentos internos y coordinan agendas cruzadas hasta producir la traición perfecta: no la que se ve venir, sino la que nadie esperaba porque siempre estuvo adentro.

La cereza en nuestro delicioso pastel sería entender la magnitud de los pactos secretos entre cúpulas partidarias, de los llamados acuerdos de aposento. Éstos nunca aparecen en la prensa pero que explican muchas cosas que sí aparecen. Repartos de candidaturas, silencios comprados, colocaciones arregladas en los organismos del Estado. La cúpula del partido A acuerda con la cúpula del partido B entregar cierto territorio electoral a cambio de cierta cuota del presupuesto público. Si el tránsfuga que cruza el pasillo tiene al menos el mérito de la visibilidad —se le puede ver, señalar y juzgar—, el que opera desde adentro gozaría de la impunidad perfecta. ¿Acaso ya están entre nosotros?

Moraleja:  el Gabán Siempre Listo

Italia y República Dominicana son mundos distantes. Pero en el arte de voltear el gabán han desarrollado una hermandad que ningún tratado bilateral ha formalizado. El voltagabbana italiano y el tránsfuga y malabarista dominicano comparten un mismo credo: la ideología es una moda pasajera, el poder es una necesidad permanente. La diferencia es puramente estética: el italiano voltea su casaca con discursos sobre el “centrismo” o la “tercera vía”. El dominicano es más directo: el poder está allá, y yo voy allá. Menos poesía, igual resultado. En estos treinta años entre mis dos patrias, he llegado a una conclusión modesta: la clase política no tiene fronteras. Tiene, eso sí, distintos acentos. Y el gabán permanece siempre a mano, bien doblado, listo para ser volteado.  Pronto all’uso.

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