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Vidas en la ribera del Ozama, entre la supervivencia y la resignación

Vidas en la ribera del Ozama, entre la supervivencia y la resignación
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Pararse y contemplar su ribera, con sus pequeñas casuchas de madera y zinc apiladas a orillas del afluente, viendo personas cruzar de un lado a otro en pequeños botes, parece sacado de un cuento. Pero esta es la realidad de miles de familias que viven junto al Ozama, aun esperando el desalojo que les prometió una oportunidad de mejorar su calidad de vida.

El río Ozama, uno de los más importantes de la República Dominicana, fluye con historia, vida y contradicciones. Nace en la provincia de Monte Plata en la Loma Siete Cabezas, en la Sierra de Yamasá, recorre 148 kilómetros y abarca 2,686 kilómetros cuadrados hasta desembocar en el mar Caribe, en Santo Domingo. A lo largo de su curso, es testigo de la vida urbana, atravesando varias zonas pobladas.

Panorama se adentró en estas áreas para conocer a su gente, sus problemas y su realidad, especialmente durante la temporada ciclónica, que va del 1 de junio al 30 de noviembre, cuando son más propensos a inundaciones y a perder todo lo que han luchado por conseguir.

El Ozama representa la vida para quienes viven en barrios humildes de Santo Domingo, como La Ciénaga, Los Guandules, Gualey, Las Cañitas, Simón Bolívar, La Zurza y otros, donde el río es tanto el horizonte cotidiano como el reflejo de sus dificultades. Alrededor de sus orillas, en casas construidas precariamente, la gente lucha por sobrevivir. Cuando llueve, el Ozama crece y arrasa con lo poco que tienen, dejando sus viviendas inundadas y arrastrando camas, muebles y ropa. Aun así, siguen resistiendo, aferrados a un lugar que, aunque problemático, es lo único que conocen.

Así vive el señor Juan Hernández, quien ha pasado 50 años en el sector Los Barrancones de Las Enfermeras. Relató que cada vez que llueve, el agua entra en su hogar, afectando sus pertenencias: la nevera, el radio, la estufa y la ropa. Ante el aviso de lluvias, debe recoger todo y ponerlo en alto para no perderlo. Aun así, se queda en casa por temor a que los delincuentes se lleven sus cosas.

«Yo no salgo de mi casa, me quedo aquí, porque salir es dejársela a los delincuentes para que se lleven todo. Esto está lleno de bandidos, delincuentes», dijo.

También expresó su deseo de que el Gobierno ayude a mejorar la zona.

«A veces dicen que van a reubicar, desalojan y lo que dan son dos o tres pesitos. No encuentras dónde ir con eso; no te resuelven. Ellos no van a hacer edificios o apartamentos para dárselos a la gente. Es muy difícil, no estamos en los tiempos de Balaguer, que lo hacía por los pobres. Ahora, 500 mil o un millón de pesos no alcanza para una casita o un solar. Entonces, es mejor quedarse aquí».

Las comunidades en las orillas del río, en su mayoría de bajos ingresos, enfrentan constantes inundaciones, especialmente en temporada de lluvias, lo que agrava su situación. Proyectos como el «Nuevo Domingo Savio» consistió en reubicar a parte de estas familias, pero en el lugar, persisten desafíos en vivienda, empleo y saneamiento.

Entre los afectados, se encuentra la señora Amparo, quien explica que cada temporada ciclónica sabe lo que le espera: su casa se inunda y queda expuesta a enfermedades y a perder sus bienes.

«Es algo terrible. Cuando vemos el cielo nublado, nos ponemos nerviosos porque todo esto se llena de agua. Ahora es peor, porque tras desalojar una parte y hacer el Nuevo Domingo Savio, este lado ha quedado más bajo, y el agua corre hacia aquí», señaló.

También dijo que, cuando el agua entra en su casa, amarra sus enseres y los apila uno sobre otro para que no se dañen, pero cuando la inundación es mayor, lo deja todo y se resguarda en casa de un vecino cercano. Explicó que las autoridades están ausentes ante sus necesidades, a pesar del peligro que representa el lugar cada vez que llueve.

Iniciativas de solución

El proyecto «Nuevo Domingo Savio», que inicio en 2017, es una de las iniciativas más grandes realizadas por el gobierno dominicano, orientada a transformar barrios marginales cercanos al río. Incluye la reubicación de familias y la creación de espacios públicos y áreas verdes. Sin embargo, el proceso de reubicación con el que se pretendía impactar unas 43,000 vidas de dominicanos, según informó el presidente Luis Abinader en 2023, ha enfrentado críticas por su lento avance y la falta de soluciones permanentes.

Uno de los que espera ser reubicado es el señor Lorenzo Peguero, quien vive en La Ciénaga desde 1978. El río es su patio trasero, y nos contó que llegó a ese lugar y construyó su casa porque no tenía dónde vivir.

“El pobre tiene que vivir donde pueda, porque cuando vienen las lluvias y los ciclones, la gente dice: ‘¿por qué no salen de ahí? ¿Para qué te metiste? ¡Se van a ahogar!’. Pero si no tienen dónde vivir, ¿qué van a hacer? Pues hacer su casita donde puedan”, expresó.

Asimismo, comentó que, cuando su casa se inunda, deja todo y se refugia en otros lugares. En muchas ocasiones, el río Ozama ha destruido su vivienda, pero él, junto a su familia, la ha reconstruido. “Tres veces el río se ha llevado esta casa, y yo mismo la he vuelto a construir porque solo me ha dejado el terreno”.

También señaló que las autoridades no acuden en su auxilio cuando las grandes inundaciones los afectan. Añadió que hace 20 años, tanto él como otros residentes de la zona fueron censados para ser desalojados.

La primera etapa del proyecto Domingo Savio ya fue inaugurada, pero aún hay residentes que no han sido reubicados y sufren las peores inundaciones cuando el río se desborda.

“Estamos en la etapa de desalojos, y nos censaron hace 20 años; después pasaron unos años y nos volvieron a censar. Cuando construyeron la calle, nos censaron, y cuando hicieron la avenida, también. Y míranos aquí todavía”, resaltó.

Las Lilas y el cruce de los barcos

La contaminación en el río Ozama ha impulsado el crecimiento excesivo de lilas y otras hierbas acuáticas, que se expanden rápidamente en aguas contaminadas al absorber nutrientes de desechos orgánicos y químicos, lo cual afecta el ecosistema local.

La proliferación de estas plantas dificulta la navegación, especialmente en ciertas temporadas cuando el crecimiento de lilas y otras hierbas se intensifica. Estos problemas requieren limpiezas constantes y vigilancia para asegurar un tránsito seguro y eficiente en el río.

Santiago Amparo, quien vive de trasladar personas de un extremo a otro del río en su pequeña embarcación, ve su trabajo afectado debido al crecimiento desmedido de lilas y hierbas que dificulta el tránsito regular en el afluente. “La Marina nos tiene abandonados. Ellos saneaban toda esta zona, pero hace aproximadamente un año que no resuelven aquí”, expresó.

También explicó que en épocas anteriores el traslado de pasajeros era más activo, pues estaban en operación varias fábricas que, al desaparecer, la demanda de cruce se redujo, y ahora apenas atiende a unas 30 personas diario. El pasaje cuesta RD$30.00 ida y vuelta.

“El flujo de pasajeros se ha reducido porque antes había mucha actividad por las fábricas, pero ahora esas empresas fueron cerradas o trasladadas a otro lugar”, señaló.

Una de las residentes en la zona, María Isabel Hernández, quien llegó desde Cotuí en 1979, considera al río y las lilas como parte de su paisaje natural, ya que su casa está al borde del río, separada solo por un pequeño muro en el patio trasero de su humilde vivienda.

“Cada vez que llueve, entra el agua. Esta es de las primeras casas que se inunda, porque como puedes ver estoy muy cerca del río. Yo no tenía dónde vivir, y este pedazo de tierra me lo vendieron, así que construí mi casita aquí. Cada vez que el río sube, hay que dejarle el paso y subir todo lo que se pueda; me voy a casa de una hija que vive cerca, y hasta cuatro días he pasado fuera esperando que todo pase”, añadió.

Además, dijo que siempre los censan para un posible desalojo por parte del Gobierno, pero no se ha concretado nada.

“Nosotros queremos que el Gobierno nos ayude a salir de aquí. Que nos brinde un solar donde podamos construir nuestra casa”, expresó.

El Ozama es una mezcla de supervivencia y resignación. Sus habitantes sueñan con verlo limpio, mientras tanto, lo observan como una constante en sus vidas, una corriente que refleja la dureza de su día a día y la esperanza de un cambio que, aunque lejano, nunca dejan de esperar.

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