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“Te amo demasiado, mi hijo”

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Por Jeffrin G. Pacheco Reyes

Panorama Opinión. Como de costumbre, yo llegaba a la casa de mi madre a llevarle comida. Ese día recuerdo que era sábado y acababa de terminar los 10K de la carrera que hace Claro cada año. Mami estaba sentada en la marquesina, “Sion mami”… y ella se queda igual. Mi esposa la saluda: “Hola, doña Grecia”, y se queda, no responde, y en fracción de segundo se desploma hacia atrás y empieza a asfixiarse.

Ya en otra ocasión, en Casa España, había pasado ese mismo episodio, y mi amigo y hermano Gilberto Parras rápidamente le abrió la boca a mi madre y le sujetó la lengua, llevándola hacia fuera para que no se asfixiara. La llevamos al dispensario médico de CE y se creyó que había sido una intoxicación por unos camarones que se había comido.

Ese sábado exclamé: “¡Llama la ambulancia!”, mientras luchaba con mi madre, que se me estaba asfixiando en los brazos. Fue una lucha entre ella y yo de 1:34 minutos, que quedó registrada en video, pues mami tiene cámaras por todos lados. Al final logré agarrarle la lengua, incluso la corté con mis uñas, que salieron ensangrentadas, pero gracias a Dios logré estabilizarla. Para mí, ya las alertas se disparaban. Llega la ambulancia y vamos al Hospital Central de las Fuerzas Armadas, hospital al cual aprovecho para darle las gracias, en nombre mío y de mi familia, a su director general, el Dr. Tomás R. Brache Ovalles, coronel del ERD, y a todo su personal, por la humildad, disposición y el trato humano que, hasta este momento, nos han brindado.

A través del baile, el público honró la memoria de quienes ya no están y abrazó a las que hoy siguen luchando por romper el silencio. Cada paso fue un grito de amor, resiliencia y fe en que un nuevo comienzo siempre es posible.

Aunque mi madre, por su testarudez, nunca fue a chequearse al hospital, aprovechamos que estaba hospitalizada para hacerle todos los análisis. Y cuando digo todos, créanme, fueron todos. Como dije, ese segundo evento disparó las alarmas indicando que las cosas no estaban bien y ahora teníamos que actuar categóricamente.

Salieron algunos resultados y, muy lamentablemente, indicaron que mi madre, producto de haber fumado por más de 47 años, tenía un tumor en el pulmón de 5 centímetros. Otros exámenes se hicieron fuera y nos dieron el alta.

Sin perder tiempo, nos fuimos al Instituto Nacional del Cáncer (Incart), donde nos dieron un excelente trato. Quiero también aprovechar la ocasión para darle las gracias al doctor Mario Antonio Furcal Aybar, a su esposa, la doctora Anny Montás (nutricionista), y al doctor Samuel Montero García, ambos cirujanos oncólogos.

En el Incart, de inmediato fuimos a la Clínica del Dolor. Mi madre se quejaba de un dolor inmenso, resultado del cáncer asesino que se la está comiendo por dentro. Nos indicaron morfina, que es una droga que solo venden con receta de uso controlado. También nos indicaron nuevos estudios fuera del país, y uno de los más importantes fue el Pet Scan, un procedimiento muy profundo de imágenes que diagnostica trastornos cerebrales como tumores, Alzheimer y convulsiones. Fue el estudio que pudo determinar con precisión el cuadro real de mi madre.

Llegaron los resultados y convocaron una junta médica con la familia, donde nos dieron la muy triste noticia: mi madre tenía un cáncer etapa 4 con metástasis en los huesos y en su cerebro. La peor noticia de mi vida, comparable solo con aquella llamada en la que me informaron que mi padre amado había muerto.

Nos informaron que, lamentablemente, no había nada que hacer. Nos recomendaron darle calidad de vida y medicina paliativa. Mi madre, en todo momento, no quiso que le dieran quimio ni nada por el estilo. Decía que Dios la iba a sanar y que le iba a demostrar a los médicos que ella no tenía nada.

A todo esto, mi madre no sabía realmente su gravedad y se quejaba de mucho dolor. En una ocasión le dijo a una amiga, delante de mí: “Yo no me he caído ni nada, y ahora no puedo caminar. Tengo un dolor inmenso”. Me preguntaba: “Mi hijo, ¿cuándo es que van a salir esos resultados?”, y yo, con el corazón destrozado, sin poder decirle nada, le respondía: “Todavía, mami. Cuando lleguen me harán saber y desde que me informen, te digo”. No quise decirle la realidad, pues sabía que, si lo hacía, sus fuerzas para seguir luchando y vivir se desvanecerían más rápido.

El enfermero en la casa le daba morfina y ya llevaba más de 48 horas dormida. Respiraba con dificultad y en esos respiros su cuerpo como que se estremecía. No respondía, abría los ojos a medias y los volvía a cerrar. Ya yo había hablado con unos amigos médicos y me dijeron que no le diera más nada y que dejara que pasaran los efectos del medicamento. Pero seguía igual. Llamé a la doctora Martha Landa, anestesióloga, y me dijo: “Lo que procede es llevarla de emergencia, porque tiene varios días durmiendo y podría tratarse de un trastorno de electrolitos o deshidratación por no ingerir alimentos ni agua. Sea lo que sea, amerita hacerle analíticas, porque tres días después ya no queda morfina en su cuerpo”.

De inmediato llamamos la ambulancia y mi hermanita Greily, junto con la amiga y vecina de mi madre, Milly, y su trabajadora doméstica, se pusieron en acción. Les dije que me la llevaran al Hospital Central de las Fuerzas Armadas, que yo estaría haciendo las diligencias para que cuando llegaran ya la estuvieran esperando. Así lo hicimos. Llegó la ambulancia y la bajaron con una mascarilla puesta y un pequeño cilindro de oxígeno. Yo estaba justamente en la entrada de emergencias donde se parquean cuando llegan. Pregunté por qué el oxígeno y me informaron que era para que pudiera respirar. “Sus riñones no están funcionando”, me dijeron. Ella no sabía dónde estaba ni quién era nadie.

Los médicos la ingresaron y me dijeron: “Su estado es más que crítico”. Le pusieron sueros y comenzaron a hacerle análisis. Cuarenta minutos después la llevaron a la habitación. Al entrar, me acerqué a su cama y le agarré su mano derecha. La acaricié para que ella supiera que yo estaba ahí con ella, que no estaba sola. En un momento que yo diría que fue como de despedida, en su lecho, abrió los ojos, los cuales se veían muy brillantes. En su mirada profunda vi ese amor que solo los padres pueden tener hacia sus hijos. Un amor verdadero. Me dijo, casi sin poder hablar: “Mi hijo, yo te amo, yo te amo demasiado, mi hijo”.

Uff… al escuchar esas palabras me estremecí. Noté cómo el aire se sentía denso, como si el tiempo mismo entre mi madre y yo se hubiera detenido, y que solo ella y yo sabíamos el gran amor tan lindo y verdadero que nos teníamos. Entonces, no sé por qué, me reí al escuchar ese “te amo, mi hijo, demasiado”. Fue una risa genuina provocada por el amor que sentíamos mi madre y yo. Apreté su mano, la besé y le dije: “Mami, yo también te amo”. Y lloré.

Hoy, mi madre amada sigue en el hospital, librando la batalla más difícil de su vida: la vida.

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