Panorama Opinión. Salíamos desde la provincia de Alajuela, con esa expectativa serena que acompaña a todo viaje bien vivido. El plan era sencillo: un city tour para conocer San José. Lo extraordinario apareció de inmediato, y no figuraba en el itinerario: César, el chofer del autobús que nos haría la conexión con la ciudad.
Desde el primer saludo comprendimos que no solo nos transportaría de un punto a otro. César conducía con calma, hablaba con conocimiento y sonreía con una naturalidad que no se aprende en manuales de servicio. En minutos dejó de ser “el chofer” y pasó a ser parte de la experiencia. Nos orientaba, compartía datos históricos y, sin proponérselo, iba tejiendo confianza y cercanía.
La primera parada fue el Museo de Arte Costarricense, donde la obra de Francisco Zúñiga impone silencio. Cuerpo y permanencia no es solo una exposición; es una reflexión profunda sobre la condición humana. Las figuras sólidas, especialmente femeninas, hablan de dignidad, arraigo y tiempo. Allí uno entiende que el arte no necesita prisa: permanece, como la memoria.
La ciudad siguió abriéndose paso a paso. Visitamos la Catedral Metropolitana de San José, donde el tintineo de sus campanas invita a bajar el ritmo, a agradecer, a recordar que no todo se mide en productividad. Justo al frente, el parque cobra vida con el vuelo constante de cientos de aves, que entonan una sinfonía espontánea, cotidiana, profundamente humana.
Más adelante, el Teatro Nacional nos recibió como un testimonio vivo de la elegancia, la historia y la vocación cultural de Costa Rica. Sus salones, esculturas y detalles dorados hablan de un país que entiende que el progreso también se construye preservando la belleza y el arte.
El recorrido nos llevó luego al Mercado Central, donde la ciudad late sin filtros: voces mezcladas, aromas intensos, pasos cruzados y encuentros breves. En uno de sus restaurantes cenamos un casado, plato típico que resume bien al país: sencillo, completo, honesto.
Al caer la noche regresamos al hotel. César volvió a estar allí, puntual y atento. En su manera de servir había algo más profundo que eficiencia o cortesía: había vocación y sentido. En todas partes del mundo existen personas como él, instrumentos silenciosos a través de los cuales Dios nos recuerda que el bien sigue actuando, que la bondad no es una excepción y que cada encuentro humano puede ser una señal, una forma discreta pero clara de Su presencia entre nosotros.
Porque, al final, somos más parecidos de lo que creemos. En cada cultura hay bondad esperando ser encontrada. Todos somos criaturas del mismo origen. Como dice la Escritura: “Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó” (Génesis 1:27).
Viajar confirma algo esencial: Dios sigue hablándonos a través de las personas correctas, en el momento justo. A veces, incluso, desde el asiento del conductor.